Zaragoza, 19 may (EFE).- El Real Zaragoza con mayor presupuesto de su historia, el sexto de Primera División, acaba en Segunda en la temporada en que celebra su 75 aniversario, lo que lo ha convertido en algo más doloroso todavía.
La segunda temporada del proyecto del máximo accionista del equipo maño, Agapito Iglesias, y del presidente, Eduardo Bandrés, fracasó de la manera que ni los más pesimistas hubieran imaginado en la peor de sus pesadillas, en la pérdida de categoría.
El director deportivo, Miguel Pardeza, el secretario técnico, Pedro Herrera, y el primer entrenador de los cuatro que han pasado por el banquillo zaragocista esta temporada, Víctor Fernández, construyeron un equipo desequilibrado tácticamente, con muchas carencias en determinadas zonas y con jugadores con más pasado que presente y con más nombre que rendimiento.
Además, el técnico no dio nunca con la fórmula para sacarle partido y tampoco supo manejar un vestuario que se convirtió en una bomba de relojería y que le acabó explotando en la cara.
Los fichajes generaron unas expectativas desmedidas en el propio club al inicio de la temporada, en la que los propios jugadores se cegaron por el resplandor que creían irradiar, que interiorizaron una grandeza no demostrada y que pensaban que estar entre los mejores era su posición natural, pero que se olvidaron de que en el deporte la complacencia es un compañero peligroso de viaje, lo que acabó por no dejarles ver que sin trabajo y esfuerzo es muy difícil triunfar.
Durante una gran parte de la temporada en la que los resultados no fueron los esperados el equipo no supo ver que sólo con el nombre y con unas estrellas en declive no iba a ser suficiente, y que cualquier conjunto que oponía orden táctico y entrega era capaz de superarle.
Así, el equipo navegó por una zona que no era la suya pero no aprendió la lección y fue descendiendo lenta, pero progresivamente, hasta colocarse cerca de la zona de descenso para acabar metiéndose en ella.
Sólo en ese momento en que comenzaron a sonar todas las alarmas se tomó conciencia de la situación, pero entonces se pasó del exceso de confianza al miedo a no saber responder a la situación.
La plantilla quedó atenazada y paralizada por el miedo, lo que acabó por devorarla internamente y le impidió responder al hecho de tener que jugar en una zona para la que nadie estaba mentalizado y que ha acabado por consumar el desastre.
De todos los estamentos del club tan solo se salvan los seguidores zaragocistas, si así se puede considerar a una afición que ha demostrado ser el mejor patrimonio moral y sin cuyo apoyo y aliento muy posiblemente el equipo habría estado descendido bastante antes de la última jornada.
Los seguidores del Real Zaragoza, cuando la plantilla ya había dado muestras claras de descomposición y de estar como un boxeador sonámbulo sobre el cuadrilátero, le insuflaron vida y le hicieron creer en que la salvación era posible.
El equipo reaccionó en casa pero siguió dando una lamentable imagen fuera y al final no se pudo lograr el milagro.
Entre medio, y fuera de los terrenos de juego, el club vivió muchos momentos convulsos y tensos.
El jugador argentino Andrés D'Alessandro se convirtió en una bomba dentro del vestuario. Se enfrentó a Pablo Aimar, la estrella sin brillo del equipo, y acusó a Víctor Fernández de darle privilegios.
Mientras tanto el equipo seguía cayendo y desde la cúpula directiva se opta por cesar al técnico, que había sido la bandera de enganche del proyecto de Agapito Iglesias la temporada anterior, tras nueve jornadas sin ganar.
Se apostó por la solución de emergencia del entrenador del equipo juvenil, un Ander Garitano que no tenía ninguna experiencia pero que fue bien acogido por la plantilla por su pasado reciente como jugador pero que fue como el Guadiana.
Tras dirigir un partido de liga y otro de Copa alegó razones personales para presentar la dimisión y siempre quedó en el aire, y todavía no se ha desvelado, qué fue lo que realmente ocurrió para que optara por dicha determinación.
La inesperada decisión del preparador vasco cogió por sorpresa al club que buscó en la experiencia de Javier Irureta, tanto en el plano futbolístico como en el de manejar vestuarios difíciles, la solución para intentar solventar la papeleta.
Sin embargo, después de seis partidos el veterano técnico vio que era incapaz de enderezar el rumbo de una nave a la deriva porque los jugadores seguían sin apreciar el peligro real que había y optó por marcharse.
La última papeleta del banquillo le tocó a Manolo Villanova, técnico que se encontraba dirigiendo al Huesca, en Segunda B, que había sido ex-jugador y ex-entrenador del conjunto maño y que como zaragocista de pro respondió a la llamada de auxilio de un equipo moribundo y de las mismas personas que, años antes, le habían despedido del equipo filial por no dar el perfil de entrenador.
Los jugadores adquirieron un mayor compromiso para intentar evitar lo que se atisbaba como la crónica de una muerte anunciada, pero la presión acabó devorándoles y eso provocó graves errores defensivos y ofensivos que acabaron de ponerle los clavos al ataúd.
Se consumó así un nuevo descenso después de seis años y con un claro parecido a aquella ocasión en la que se produjo también la mayor inversión en fichajes hasta ese momento y el paso de tres entrenadores por el banquillo ("Txetxu" Rojo, Luis Costa y Marcos Alonso).



