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EFE  

Herreros, el héroe merecido

lun 27 jun, 9:07 AM

Alberto Herreros Ros ha encontrado la recompensa a una trayectoria ejemplar en lo deportivo y en lo personal en el ocaso de una larga carrera repartida entre el Estudiantes, su primer equipo profesional, el Real Madrid, al que acaba de hacer campeón ACB con un triple 'marca de la casa', y la selección española.

Herreros, capitán en la selección española y capitán en el Real Madrid, siempre ha sido un hombre modesto. A los 36 años (Madrid; 20-04-69), un triple le ha devuelto parte de lo que él ha dado al baloncesto.

El único tiro que intentó en el Buesa Arena significó el título. No pisó el parqué hasta que el estadounidense Louis Bullock cometió la quinta falta. Restaban 2:44 minutos. Salió del banco, cometió una antideportiva sobre el lituano Arvidas Macijauskas y, a falta de cincuenta segundos, se encontró con ocho puntos de ventaja para el Tay y el fantasma de la decepción a la vuelta de la esquina.

Pero el Madrid lo siguió intentando. El francés Mickael Gelabale anotó tres puntos; el estadounidense Justin Hamilton convirtió una penetración y el galo Moustapha Sonko acertó con un tiro libre. El Tau todavía dominaba (69-67).

Ahí apareció Herreros. Observó que Macijauskas le dejaba un metro para intentar ayudar y taponar una penetración de Hamilton, recibió el balón, cargó el brazo y soltó la muñeca. Triple, título y recompensa, la recompensa a la carrera de uno de los deportistas con mayúsculas que ha dado España en toda la historia.

Dice la leyenda que los comienzos de uno de los mejores jugadores españoles fueron atípicos y su progresión meteórica. Empezó tarde a mirar a una canasta, a los diecisiete años, en la cantera del Colegio Menesianos de Madrid, donde jugaba de pívot, y meses después ingresó en el Canoe.

No había cumplido los diecinueve años cuando Miguel Angel Martín, entonces entrenador del Estudiantes júnior, le llevó al club colegial a cambio de seis balones de baloncesto. Un curso después ya estaba en el primer equipo del Ramiro y poco después debutaba con España.

En pocas temporadas se convirtió en el líder del conjunto estudiantil, al que condujo al título de campeón de la Copa del Rey en la temporada 1991-92 y a las semifinales de la Liga Europea en Estambul en 1992.

La ambición deportiva y la necesidad de enriquecer con títulos su destacado palmarés le llevaron al Real Madrid en 1996 tras protagonizar uno de los más polémicos fichajes de la historia del baloncesto español, al acogerse al Real Decreto 1.006 para conseguir la rescisión unilateral de su contrato con el Estudiantes.

La situación se resolvió finalmente con una negociación entre ambos clubes que cifró la operación en 290 millones de pesetas, la más cuantiosa hasta ese momento.

Herreros, que logró su primer título como madridista con la Recopa de la temporada 1996-97, apenas participó en el Liga que los blancos ganaron al Barcelona en la campaña 99-2000, en el quinto partido y a domicilio. Era uno de los trofeos más ansiados por el alero, que también acumula una interminable lista de reconocimientos individuales

En esta ocasión, la Liga ha vuelto a las vitrinas del Bernábeu, pero él ha sido decisivo. El estadounidense Louis Bullock ha sido el MVP de la final, pero el hombre que ha decidido el título ha sido Herreros pese a jugar pocos minutos. Su talante, sin embargo, le ha hecho útil al equipo en el banco, en los entrenamientos y en la cancha.

El capitán madridista ha defendido la camiseta de la selección española en más de 160 ocasiones. Vivió su peor momento con la selección a los 23 años, en los Juegos de Barcelona, donde sufrió el tristemente famoso partido ante Angola que propició el final de una época en la canasta hispana.

Después de tantos partidos con el equipo sénior -cinco más con el sub'22-, cinco Campeonatos de Europa (Múnich'93, Atenas'95, Barcelona'97, París'99 y Suecia 2003), dos Juegos Olímpicos (Barcelona'92 y Sydney'2000), tres Campeonatos del Mundo absolutos (Argentina'90, Toronto'94 y Atenas'98), y unos Juegos de la Amistad (Seattle'90), el alero madridista anunció su marcha del equipo nacional después de los Juegos australianos.

Sumergido en uno de los mejores momentos de su carrera, el madrileño suspiraba por hacerse un hueco entre los mitos olímpicos después alcanzar el quinto puesto en el Mundial'98 y la medalla de plata en el Europeo'99 y, además, proclamarse máximo anotador y miembro del quinteto ideal de ambos torneos.

Sin embargo, Sydney supuso una enorme decepción para el baloncesto español, sobre todo para los protagonistas directos y, en especial, para Herreros, en cuya mente ya rondaba la idea de dejar la selección cuando hizo las maletas para viajar a Australia.

Era el final de una apasionante historia que había empezado diez años antes, el 1 de junio de 1990, en un partido amistoso frente a Checoslovaquia disputado en Algeciras que España ganó por 84-77 con once puntos obra del alero.

La irrupción de Herreros en la selección partió de una destacada personalidad deportiva que le señalaba como el hombre idóneo para recoger el testigo de los más grandes.

Talento, calidad, velocidad, descaro, responsabilidad, ambición y, más que otra cosa, una privilegiada muñeca, le hicieron destacar sobre el resto. Herreros empezó a marcar diferencias sobre la cancha muy pronto y no tardó en ser designado como el heredero del cetro que hasta entonces ostentaban hombres como Juan Antonio San Epifanio "Epi" y Jordi Villacampa.

En realidad, nunca ha aceptado el papel de líder, aunque, a su manera, jamás lo ha abandonado. En 1999, mientras la fiesta inundaba el vestuario de la selección por el pasaporte olímpico obtenido tras derrotar a Lituania en los cuartos de final del Europeo, un hombre soltaba todo lo que llevaba dentro sentado en el extremo de un banco.

Emocionado, con el rostro escondido por las palmas de las manos. Herreros, el veterano, lloraba como un crío. "Es el triunfo más importante de mi carrera. He esperado esto mucho tiempo", dijo el madrileño, que dos días después lograba la clasificación para la final por el título continental.

Esa imagen rota y desconsolada escondía el desahogo de un ganador. La permanente lucha de un jugador reconocido pero ansioso por conseguir unos títulos que no llegaban y que, a partir de ese momento, comenzó a reunir.

La selección volvió a llamarle para el Europeo de Suecia 2003 y Herreros aceptó el reto. Salió de Estocolmo con una medalla de plata y, ahora, se ha colgado la Liga con todos los honores. Lo merecía. Más que nadie.

 

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