El día que los vándalos tiraron una moto en llamas por la grada

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Hinchas del Inter tirando gradas abajo una motocicleta. Foto: Twitter @Mau_Romeo
Hinchas del Inter tirando gradas abajo una motocicleta. Foto: Twitter @Mau_Romeo

En líneas generales, simplificando mucho y asumiendo lo injusto de toda generalización, se puede distinguir entre dos grandes grupos de aficionados al fútbol dentro de la hinchada de cualquier club. Por un lado están los "normales", póngase esta palabra entre tantas comillas como se quiera: seguidores de un equipo que se alegran con sus triunfos y se entristecen con sus derrotas, pero para quienes el deporte solo es un entretenimiento más que no llega a condicionarles las vidas. Y luego están los más apasionados, los que organizan su existencia en torno al balompié y tienen un nivel de compromiso con sus colores que otros no estarían dispuestos a asumir.

No es de por sí una actitud criticable: allá cada uno con su forma de sentir y de establecer sus prioridades. El problema es cuando se va de las manos. Cuando estos ultras se exaltan más de la cuenta y cometen locuras irracionales. Y aunque ha habido casos mucho peores, con pérdidas de vidas y todo, esta misma semana ha sido el aniversario de uno de los momentos más icónicos de barbarie y salvajismo en las gradas.

Nos remontamos al 6 de mayo, pero del año 2001. Aquel domingo se enfrentaban en la liga italiana los dos equipos negriazules del campeonato: el Inter de Milán y la Atalanta. El partido quedará para el recuerdo no por el marcador ni por ninguna jugada memorable, sino por el episodio lamentable que protagonizaron los tifosi milaneses, quienes consiguieron meter en la grada un ciclomotor y arrojarlo a los asientos.

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Afortunadamente, más allá de lo aparatoso de la acción y de los daños materiales en la propia moto y en las instalaciones del estadio, no tuvo consecuencias personales: faltó poco, pero el vehículo no llego a golpear a nadie. Tras incendiarse a consecuencia del golpe, los bomberos pudieron apagar el fuego rápidamente sin que ningún espectador resultara herido. Pero en el imaginario público las imágenes han quedado grabadas como el mayor ejemplo de gamberrada que se ha cometido en un campo de fútbol. 

Es preciso un poco de contexto para entender cómo se pudo llegar a vivir una escena como esta. Italia es uno de los países pioneros en el fenómeno de los ultras, entendidos como grupos organizados y jerárquicos de aficionados radicales a un equipo de fútbol. Los primeros antecedentes pueden encontrarse incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, aunque su época de esplendor se puede situar en los años '60 y, sobre todo, los '70, más o menos coincidiendo con el auge de los hooligans ingleses. En los primeros años del presente siglo quizás no eran tan potentes como antaño, el fútbol moderno mercantilizado hasta el extremo empezaba a enseñar sus garras, pero aún conservaban buena parte de su fuerza.

Por supuesto, el Inter de Milán, uno de los equipos más poderosos del país y de toda Europa, tiene sus ultras. Existían, y existen, varios grupos más o menos potentes; de forma conjunta se les conoce como Curva Nord, por situarse habitualmente detrás de la portería del estadio Giuseppe Meazza que da al norte. Algo que puede sorprender a quienes no están metidos en este mundillo es que los colectivos, aunque se centran en su equipo, no están aislados del resto, sino que tienen relaciones de afinidad y animadversión con ultras de otros clubes.

Hinchas del Inter formando un mosaico con la cifra 1964 el 'biscione' símbolo de la ciudad de Milán, y enseñando una pancarta negra y azul con el texto
'Tifo' de la Curva Nord del Inter en un derbi contra el Milan en el estadio Giuseppe Meazza. Foto: Andrea Staccioli/LightRocket via Getty Images.

En el caso del Inter, los enemigos habituales son los del Milan, por razones obvias de vecindad mal tolerada, y los de la Juventus, por rivalidad deportiva. Pero también hay mucho pique con otros equipos como, precisamente, la Atalanta. Esta entidad procede de Bérgamo, a 50 kilómetros de distancia, y aunque en los últimos años está teniendo mucho éxito, siempre ha sido un equipo relativamente menor, con tan solo un trofeo de Copa en su palmarés, que habitualmente ha luchado por mantenerse en la máxima categoría, así que en principio no tendría que haber demasiado odio entre ambos.

Y sin embargo, las secciones más calientes de ambas aficiones no se pueden ni ver. Influye, por un lado, el orgullo localista bergamasco de la ciudad más bien pequeña (apenas 120.000 habitantes) pero con una identidad histórica y cultural propia que se resiste a ser absorbida por la gigantesca metrópoli cercana, y que por tanto en principio se muestra hostil a casi todo lo que viene de Milán. Para los de la capital, claro, Bérgamo es poco más que un pueblecito y sus habitantes, unos paletos que no merecen mucho respeto.

Por otra parte, desde los años '70 se venían registrando enfrentamientos violentos puntuales entre seguidores de ambos bandos. El desencadenante fue una visita del Inter a Bérgamo en 1972 en la que los atalantinos atacaron los vehículos particulares de los jugadores milaneses, lo que derivó en una batalla campal en el aparcamiento con futbolistas ilustres como Roberto Boninsegna (titular de la selección nacional en aquella época) entre los implicados.

Desde entonces, la policía marca siempre en el calendario las fechas de los enfrentamientos entre ambos negriazules como uno de los días que más trabajo tienen. Sin embargo, en aquella primavera de 2001 se ve que las autoridades se relajaron. Los ánimos ya venían caldeados porque, en el partido de ida en Bérgamo, el autobús del Inter había acabado en llamas.

Como de costumbre, una cantidad importante de bergamascos (se estima en unos 500) completaron la poca distancia por carretera que hay de una ciudad a la otra a bordo de sus vehículos habituales: ciclomotores, o como se les conoce en italiano, motorini. Las fuerzas de orden público les acompañaron en todo momento, pero, pendientes como estaban de que la cosa no se desmadrara y acabara a navajazos (no habría sido la primera vez), no pudieron evitar que un centenar se descontrolara y acabara demasiado cerca de los ultras del Inter. 

Christian Vieri corre y grita celebrando un gol mientras un jugador de la Atalanta se lamenta detrás
Christian Vieri, entonces delantero del Inter, celebra uno de los goles que le metió en aquel partido de 2001 a la Atalanta. Foto: Grazia Neri/ALLSPORT/Getty Images.

Estos vieron el episodio como una afrenta, y más cuando el centenar de atalantinos llegó a hostigar de nuevo el autobús oficial del Inter. Por eso, cuando la policía cargó para sacarles de allí y se desencadenó el caos, los locales no desaprovecharon la oportunidad para robarles a los visitantes hasta tres de sus motos. Una de ellas desapareció definitivamente, otra se pudo recuperar. 

Lo que todavía no se sabe con certeza es cómo hizo el ultra identificado después como Matteo Saronni para meter la tercera, una Yamaha Booster de color negro, en el estadio y subirla hasta el segundo anillo del graderío sin que ningún vigilante le detectara ni le intentara frenar. Se sospecha que pudo aprovechar la apertura de puertas que se hace siempre en los últimos minutos para permitir la salida a los aficionados que, por cualquier motivo, se marchan antes de que acabe el encuentro. El caso es que, cerca del pitido final, el motorino acabó cayendo tribuna abajo; el depósito de gasolina reventó y ardió como consecuencia de los golpes.

A Saronni, interista pero que curiosamente residía en un pueblo de la provincia de Bérgamo, le cayó una sentencia de 14 meses de cárcel que no llegó a cumplir, y años más tarde se metería en nuevos líos por su radicalismo. El Inter fue castigado a jugar los dos últimos partidos de la temporada lejos de su casa (escogió como sede alternativa el San Nicola, en Bari). Además, tuvo que pagar una multa de 30 millones de liras, algo más de 15.000 euros. 

Casi nadie se acuerda ya de que el partido acabó con victoria local por 3-0, con dos goles de Vieri y otro de Álvaro Recoba. Aquella plantilla, en la que había nombres ilustres como Ronaldo, Seedorf, Laurent Blanc o el español Farinós, no fue más allá del quinto lugar en la tabla y se quedó fuera de la Champions. Por su parte, aquella Atalanta sin grandes figuras (lo más parecido era el delantero Nicola Ventola, precisamente cedido por el Inter) venía completando una buena campaña, pero esa derrota le hizo caer al séptimo puesto, fuera de competiciones europeas, del que no pudo pasar.

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