España: semántica, mérito e inmovilismo

Rubén Uría

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A la hora de sacar el bisturí para diseccionar la lista de España en la Eurocopa, conviene contextualizar y precisar situaciones que envuelven la complicada tarea de selección de sus recursos humanos: en primer lugar, aparece el factor social, formado por los millones de seleccionadores en potencia que llevamos dentro, aficionados y periodistas;  en segundo lugar conviene resaltar el crédito ilimitado que se ha ganado el seleccionador, cuya bonhomía y honestidad deben estar fuera de toda sospecha; y en tercer lugar, hay que destacar que la opinión pública coincide, por consenso, en un amplio porcentaje de la lista elaborada por el seleccionador, atendiendo al respeto y las garantías que ofrece la apuesta por la continuidad del núcleo duro del equipo nacional . Conclusión: Del Bosque, que administró con coherencia y aplomo la herencia de Luis, vuelve a apostar por la estabilidad de los jugadores que se han ganado su credibilidad en el pasado.  Entonces ¿qué reproche puntual se le puede hacer a Vicente Del Bosque?

Convengamos en que la lista del seleccionador no acaba de entusiasmar en cuanto a asuntos periféricos, siempre matizables y fundados en el gusto particular de cada aficionado.  Es aquí, en este terreno, donde a Del Bosque sí se le pueden poner, desde el máximo respeto y la mayor de las admiraciones, algunas objeciones.  El seleccionador, siempre cordial y afectuoso, ha zanjado su elección con un mensaje tan típico como tópico: 'Todos los que están en la lista para ir a la Eurocopa se lo han ganado por méritos propios'. De entrada, la cuestión semántica desmiente el aforismo.  Sí, es una frase hecha, repetida como un mantra por los técnicos cuando quieren justificar el peso de sus decisiones, nada digno de ser censurado, pero sí de ser precisado. A esta selección no van muchos que se lo han ganado por méritos propios. No estará Adrián López, el delantero más en forma del fútbol español, el único punta que, tras la lesión de Villa, resulta ideal para clonar todas las múltiples posibilidades que ofrecía el asturiano. Nadie entiende la no inclusión de Adrián. Sí, el chico jugará con la olímpica y optará a reivindicarse ganando una medalla, ojalá así sea. Pero ningún delantero del grupo ha hecho más méritos que él para estar en Ucrania y Polonia.

La semántica de los méritos nos lleva a otro punto de vista. Resulta desagradable poner nombre y apellidos a los méritos, pero quien esto escribe aún está buscando los de Raúl Albiol, un gran central, que esta temporada ha sido un jarrón Ming en el Real Madrid, un simple elemento decorativo. O los de Pepe Reina, un excelente portero, que este año ha vivido una de sus peores y más ingratas temporadas en Liverpool. O los de Fernando Torres, un delantero espectacular, en forma el mejor de España, que ha vivido un calvario donde él mismo ha confesado que llegó a convertirse en el jugador que él mismo habría odiado.  Los aficionados y el periodismo sentimos profunda devoción por el Del Bosque persona y un reverencial respeto por el seleccionador, pero el mantra de los 'méritos propios' es un discurso vacío. Es una frase hecha  desprovista de verdad. Nadie habría podido reprochar a Del Bosque que hubiese comparecido ante la prensa y que hubiera sostenido algunas de sus controvertidas decisiones con un alegato mucho más justo, reconocible y veraz.

Podría haber dicho que confía más en unos que en otros, algo que habría sido polémico pero real; o que lleva a los que, para su gusto, son los mejores para el equipo, algo indiscutible porque es a Vicente al que pagan por esa labor y no al periodismo o a los aficionados; o simplemente, podía haber dicho que, en algunas de sus elecciones, ha pesado más el currículum del futbolista que sus prestaciones actuales. Podría haber dicho todo eso y haber apartado de su discurso el asunto de los méritos propios, pero no lo hizo. Y esa cuestión semántica, tenue para unos y relevante para otros, abre un debate necesario sobre algunas cuestiones secundarias del orden de la selección. No sobre su juego, sino sobre su núcleo. No sobre su calidad, sino sobre su criterio. No sobre su capacidad, sino sobre su escala de valores.  Bien está que lo que funciona no se toque, pero empieza a ser inquietante que la selección se comprenda como un ente rígido, como un equipo inmovilista.

Posdata: Ocurra lo que ocurra, la credibilidad de Vicente Del Bosque y de esta selección están fuera de toda duda. Tendrán el apoyo que merece, más allá del resultado. Quien esto escribe no fue de los que se subieron al carro de la crítica de gatillo fácil después del debut ante Suiza, ni pretende ser un agitador de épocas pretéritas, donde el entorno fue un lastre para la salud de la selección, pero una lectura desapasionada de la lista de la selección me impulsa a hacer público un deseo, que no se repitan semánticas absurdas que activen una sensación de injusticia e inmovilismo. Dicho esto, es el turno de disfrutar con esta selección. Se puede y se debe.

Rubén Uría / Eurosport

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