Odio: cosas que pensamos y no decimos

Rubén Uría

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Odio que se desprestigie reiteradamente a Vicente Del Bosque, que quizá no sea el mejor estratega del mundo ni el técnico más sofisticado, pero que ha instalado la estabilidad y la naturalidad en una selección donde antes, cuando no éramos tan buenos, imperaba la cultura del búnker y el guerracivilismo. Odio que antes de cada partido, ante la falta de noticia, nos condenen a escuchar a falsos periodistas con falsos debates sobre falsos nueves. Odio a los españoles que se pasan el día odiando a Messi para defender a Cristiano y viceversa, porque si canalizasen esa manía persecutoria en alabar a Andrés Iniesta, el mundo reconocería la verdadera estatura universal de nuestro pequeño gran hombre.

Odio a los que ningunean los méritos de Casillas o Ramos porque visten de blanco, por su negación de una realidad palpable: que el estilo de la selección le debe mucho al Barça, pero no le pertenecen en exclusividad. Odio a los que defienden a muerte a Xavi o Piqué sólo cuando van de rojo, porque si visten de azulgrana y el dedo les señala el camino, tienen la hipocresía de acusarles de separatistas, dopados y falsos humildes. Odio a los que odian a Fernando Torres porque son frágiles de memoria y desagradecidos, aunque a muchos siempre nos seguirá quedando el Prater de Viena.  Odio que el país de Bankia y de los cinco millones de parados no tenga paciencia con una generación de oro que juega como nunca y gana casi siempre.

Odio ver los partidos de la selección sin ti, que Croacia me dispare el corazón y que no me agarres del brazo en cada carrera de Jordi Alba. Odio que leas mi pensamiento,  ser capaz de descolocarte y que una noche, sin previo aviso, me cuentes que ha subido la marea. Odio que nada signifique nada y que, como en la canción de Los Piratas, haya aire que me sobre alrededor y  todo sea energía nunca liberada. Odio que me digas que escribo con el corazón sabiendo que el único que tenía aún no me lo has devuelto, ni siquiera pedacito a pedacito.  Odio ser el payaso de tu sonrisa, ser el multiplicador de tu paz interior, ser goleador goleado y ser un equilibrista que no te aporta el suficiente equilibrio.

Odio que marque Navas tras sufrir una agonía croata y encontrar una silla vacía. Odio mezclar el blanco y el negro, odio que la química de los besos no se compre en las farmacias y que tu promesa de hablar después se convierta en nunca. Odio que no hayas visto Jerry Maguire, porque uno de estos días nuestra pequeña empresa vivirá una gran noche, pero no será completa, porque no podré escuchar tu voz o reírme de ello contigo, ni estarás en casa cuando regrese para decirme eso de ya me tenías con el hola. Odio que cuando España gane esta Eurocopa, cuando sea verdad que no hay dos sin tres, descubras que puedes compartir un pedazo de cielo. Y odio no poder odiarte. Ni siquiera un poquito.

Rubén Uría / Eurosport [Para Pato, un hombre feliz]

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