Rafa Nadal, la fuerza del cariño

Rubén Uría

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Dicen los números que Rafa Nadal es el terrícola más épico de la historia del tenis, ese deporte que explora los límites mentales de quien empuña una raqueta. Dicen que el indio navajo encarna el mito de Sísifo, empujando una mole de roca para ascender, sin descanso, por el monte más escarpado, el de la memoria de los hombres. Dicen que el de Manacor es un niño que no tuvo infancia porque tuvo la determinación de no perseguir sus sueños, sino vivirlos. Dicen que el zurdo que nació diestro patina sobre polvo de arcilla, que riega la hierba con su sudor y que es el sol que agarra cuando la pista es dura y los nervios tienen que ser de acero. Dicen que es la humildad que gana el corazón, la voluntad de hierro, la existencia de un de superhéroe de carne y hueso, inmune a la kryptonita del ego. Dicen que su instinto animal, fusionado con su cabeza privilegiada, han conformado una personalidad extrema, que le catapulta a jugar más allá del umbral del dolor, rozando sus propios límites, los que redescubre, una y otra vez.

Dicen que Rafa tiene el don de reinventarse sobre la pista, de reeducarse ante la adversidad, de desarmar al destino, de rebelarse ante la derrota, de perseguir cada pelota como si fuera la última de su vida. Dicen que ha ingresado en el selecto club de dioses del tenis, donde el sueco de hielo, Björn Borg, le cederá el trono de hierro. Dicen que su mente es su mejor golpe, porque  ni su revés a dos manos, ni su derecha endiablada,  son tan devastadores como esa cabeza que procesa y asume cualquier desafío, del tamaño que sea, afrontando las dificultades para superarlas. Dicen que su estatura tenística sólo es una miniatura comparada con su grandeza cuando demuestra que, cuando pierde, siempre da la mano, lo que seduce aún más a quien sufre con él, entregado desde el primer punto, pegado a la pequeña pantalla del televisor. Dicen que ha humanizado a sus rivales, que él y Federer, némesis en la pista y almas gemelas fuera de ella, han elevado el tenis hasta una dimensión que el fútbol jamás alcanzará, porque en sus partidos no hay sospechas, ni actitudes cainitas, sólo dos hombres y un destino.

Yo digo que el gran mérito de Rafa, el hombre para el que nada es imposible, el tipo que ha convertido París en Nadal Garros, es haberse ganado un lugar de privilegio en nuestros corazones, colándose en la sobremesa de nuestros hogares a golpe de agonía y gesta. Yo digo que el gran éxito de Rafa es aquel que el resto de mortales, sin cinta en el pelo, sin  antebrazo de Apolo y sin piel cobriza del diablo, perseguimos durante nuestra existencia. Yo digo que, en su penúltima carrera hacia la inmortalidad, en su odisea particular de sangre y arena, Rafa ya ha ganado. Ha logrado aquello que los hombres olvidan con frecuencia, el Grand Slam de su conciencia. Él ha conquistado el mayor éxito al que todo hombre puede aspirar en esta vida: ser querido por todos. Yo digo que Nadal es el número uno del cariño de la gente. Nada ni nadie puede competir con eso.

Rubén Uría / Eurosport

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