Vuelve el milagro del Deportivo

Rubén Uría

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Después de dos décadas entre la elite, de haber enamorado a Europa con exhibiciones en Villa Park o en Old Trafford, después de haber llorado el penalti maldito de Djukic y de haber festejado ante el Madrid galáctico una Copa del Rey gloriosa, Riazor derramó lágrimas de frustración cuando su Deportivo perdió la categoría. Fue un mazazo brutal para una generación que había sido feliz con las gestas de la pegada de colibrí de Bebeto, con el motor diesel de Mauro Silva, con la zurda de oro de Fran o con las acrobacias de Djalminha, el chispeante genio extravagante e impredecible. Fue un castigo para aquellos aficionados dichosos de haber compartido la sapiencia del Zorro de Arteixo, Arsenio iglesias, o de los que se habían hecho adictos a la gabardina fetiche de Jabo Irureta. Aquello fue un palo considerable, un golpe inesperado del destino para una ciudad de apenas 300.000 habitantes. De ese pozo, con espíritu renovado, con la cultura del esfuerzo liderado por Oltra y con un grupo de jugadores que ha cumplido en una categoría que es un campo de minas, el Deportivo ha regresado a su hábitat natural, la Primera División.

Ha vuelto, con tanto trabajo como buen hacer, al escenario que jamás debió abandonar, al primer plano de los focos, con la esperanza de asentarse para reverdecer viejos laureles y volver a ser alternativa de los grandes del país. Del infierno de Segunda les han rescatado ilustres como Juan Carlos Valerón, sempiterno pie de seda, Colotto, un zaguero con alma de delantero, Lassad, que marchará a Las Galias, y compañía. A todos ellos se debe una segunda oportunidad para un equipo histórico que buscará anclar en Primera la temporada que viene. En ese viaje será clave el papel del presidente Lendoiro, dispuesto a llevar a cabo la reinvención de las estructuras del club. El Deportivo de La Coruña se encomienda a su futuro al caladero de Abegondo, su forzoso semillero de grandes talentos. A falta de cartera solvente, apuesta por una cantera emergente.

No obstante, el presente inmediato del club, a la espera de forjar los futuros herederos del fútbol de seda de Juan Carlos Valerón, pasa por contratar  futbolistas que, mezclados con algunos de los héroes del ascenso, sean capaces de garantizar una permanencia, para ir edificando una época más próspera. Para esa tarea, en plena economía de guerra, Lendoiro busca financistas. Ahí es donde aparece Jorge Mendes, el tipo que comenzó con un videoclub doméstico y que ahora es el dueño de un imperio que extiende sus tentáculos de influencia en el fútbol mundial. Lendoiro, mentor de Mendes en el pasado, aún le tiene en sus oraciones. Ambos están condenados a entenderse. El presidente necesita recursos humanos a precio razonable y el agente, el enésimo escaparate donde lucir sus productos.

Sin liquidez, lastrado por la deuda, ausente de peso específico en el mercadeo o en los derechos televisivos que acaparan los grandes, asfixiando a los pequeños, el Deportivo buscará ampliar su milagro en la cuadra Mendes, mientras estructura una cantera que le permita volver a inventarse productos de la tierra, Galicia Calidade, que, mezclados con extranjeros de buen pie, devuelvan a la institución a su condición de uno de los clubes más queridos de España. Ayer, el Deportivo, el de Arsenio Iglesias y Jabo Irureta, fue el primer equipo de la mitad de Galicia y también el segundo equipo de España. Hoy vuelve otro Depor, no aquel, pero regresa. Con otros cariños y menos dineros, pero con la misma ilusión de esa gente que vibró con su leyenda y espera volver a vivir el sueño de un equipo modesto que conquistó el corazón de Europa y el de la afición española. Vuelve el Dépor. Un equipo que jamás ha sido un ascensor, sino un milagro.

Rubén Uría / Eurosport

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