Hay equipos que juegan de memoria, y otros que juegan “con memoria”

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El recuerdo de los jugadores de Villa Española a los desaparecidos durante la dictadura uruguaya
Juan Manuel Ramos

Santiago “Bigote” López me cuenta que casi cae preso el último domingo. Se enojó porque la policía no quería que los familiares de desaparecidos entraran a la cancha. Villa Española, su club (segunda división), los había invitado en vísperas de la “Marcha del Silencio”, que se cumplirá este viernes, como todos los 20 de mayo en Uruguay. Eran mujeres de 90 años, pero “el problema” eran los palos de los carteles con los rostros de las víctimas. Bigote López lidió con la policía afuera y volvió rápido a la cancha porque comenzaba el partido con La Luz (1-1). A los 40 años todavía sigue aportando goles. Villa Española no es la mítica Democracia Corintiana de Sócrates. Ni el legendario St Pauli alemán. Pero, como ellos, cree que los clubes son un capital social. Por eso, el equipo salió el domingo a la cancha con camisetas con los nombres de los desaparecidos. Obligados por la policía, los familiares debieron quedarse en la tribuna. Cada uno con su cartel. Era la mejor hinchada del mundo.

Leo mensajes en las redes. Enojados porque Villa Española, dicen, hace “política”. En mayo de 2021, en el debut de Villa Española en su vuelta a Primera, en la tribuna se instaló el cartel de “Nunca más”. Y los jugadores con camisetas de desaparecidos. La Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) estableció que la defensa de los derechos humanos es un valor universal, y no política partidaria. “El dilema de Villa Española”, tituló sin embargo el mes pasado el diario El País, y se preguntó: “¿Hasta dónde puede llegar un club social y deportivo con la política?”. El artículo contó que el club sufrió robos de trofeos que aparecieron en un volquete vecino y también alguna pintada agresiva. Y citó a dirigentes opositores que denunciaron supuestas irregularidades ante el Ministerio de Educación. Algunos lectores también expresaron enojo. Que el Bigote López “se cree dueño del club”, decía uno. O que “se cree [Antonio] Gramsci”, apuntaba otro. “Zurdos fascistas”, escribió uno más. Otro se refería al ex presidente Pepe Mujica. “El mugroso Mujica”, decía.

El sábado, un día antes del empate contra La Luz, Bigote colocó juegos de madera dentro del campo. Es parte de una nueva actividad para los pibes del barrio Zitarrosa. Cultura de Barrio, la comisión del club, puso una biblioteca en la sede y en el vestuario, huerta que trabajan jugadores, vecinos y alumnos de la Escuela 382, entregó canastas durante la pandemia, organizó talleres de economía familiar y, entre otros, de violencia de género (a veces, no hacen falta “protocolos” para decir basta, aunque el abusador haga goles y ayude a ganar títulos).

Villa Española sufrió dos desafiliaciones, un descenso administrativo y tampoco pudo jugar de 2005 a 2007. Se ordenó económicamente y pagó una deuda de casi cien mil dólares con Tenfield, la poderosa productora de TV de Paco Casal, el poder paralelo en el fútbol de Uruguay, siempre a la caza de los votos de los clubes (Villa Española incluido) para firmar acuerdos. El presupuesto magro provocó un fuerte recambio de plantel. El juego es irregular. El DT Julio Pozzo sorprendió al renunciar el domingo por la noche, apenas después del empate contra La Luz.

Ilustración
Sebastián Domenech


Ilustración (Sebastián Domenech/)

Mayo, mes de la memoria, incluyó para Villa Española el rostro en las camisetas de Luisa Cuesta, golpeada, vendada, encapuchada y detenida en el golpe de Estado de 1973, y fallecida en 2018, a los 98 años, tras buscar cuarenta años a su hijo Nebio, desaparecido en 1976 en Buenos Aires. Exiliada en Europa, Luisa, “la Madre de todos”, militante política, volvió a Montevideo en 1985 para trabajar en Comedores Populares, en 1996 participó de la Primera Marcha del Silencio, fue declarada Ciudadana Ilustre de Montevideo, Doctor Honoris Causa en la Universidad de la República y hasta ingresó a cuarteles militares buscando a su hijo. “Que nos digan toda la verdad, somos capaces de soportarla”. La Marcha de este viernes se cumplirá mientras en el Parlamento nacional hay un proyecto de ley para que sean enviados a sus domicilios los poquísimos militares encarcelados por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura (1973-1985).

El domingo, el empate de Villa Española fue anotado por Maxi Castilla, jugador y poeta. Su camiseta recordaba a Josefina Kleim, ciudadana paraguaya-uruguaya, médica del Hospital Rawson, desaparecida en Buenos Aires en 1976. Plan Cóndor a full. Tras el partido, los jugadores de Villa Española entregaron las camisetas a los familiares que fueron a la cancha. “Cada uno es una historia en sí mismo”, me cuenta Bigote (fana del Indio Solari, su contrato lo autorizaba a faltar cuando tocaban los Redondos). Es lunes por la noche y Bigote tiene que irse a un curso de Gestor Cultural. Conocía desde hacía tiempo sus historias, las de Villa Española y Agustín Lucas, otro pilar del club, ex jugador, escritor y uno de los coordinadores actuales del plantel. Pero el acto del domingo, que sucedió en un estadio que lleva el nombre de Obdulio Varela, me llegó gracias al colega William Puente, periodista admirable. La crónica de William en Ansalatina comienza diciendo: “Algunos equipos suelen jugar al fútbol ‘de memoria’, pero en Uruguay otros decidieron hacerlo ‘con memoria’”.

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