OPINIÓN | El año que el Atlético de Madrid perdió su identidad

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Aunque el título de “la mejor del mundo” probablemente sea exagerado, si por algo se caracteriza la afición del Atlético de Madrid es por su pasión. Claro que desean ganar, como todo el mundo, y cuanto más mejor, pero el sentimiento de los devotos rojiblancos va más allá de lo que ocurra o deje de ocurrir en el césped. Un fanático colchonero presume de amar a su equipo en cualquier circunstancia y desarrolla un espíritu de pertenencia no limitado al fútbol que, quizás, en otras latitudes no es tan común.

Para una hinchada tan apegada a lo emocional, los símbolos cobran tanta o más importancia que los resultados deportivos. De ahí que, en este sentido, 2017 haya sido un año especialmente tumultuoso para el Atlético. No uno, sino hasta dos golpes, violentísimos, dolorosísimos y absolutamente innecesarios, ha recibido el ya de por sí sufrido público durante el año que está próximo a terminar. Lo más sangrante es que estas agresiones no proceden de fuera, sino que han sido perpetradas por la directiva, la misma banda de delincuentes que lleva expoliando el club desde hace ya 30 larguísimos años.

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Alineación del Atlético que jugó en Londres contra el Chelsea en el último partido de la temporada en Champions League. En las camisetas se puede ver el nuevo escudo. Foto: EFE/ANDY RAIN
Alineación del Atlético que jugó en Londres contra el Chelsea en el último partido de la temporada en Champions League. En las camisetas se puede ver el nuevo escudo. Foto: EFE/ANDY RAIN

El primero, y posiblemente más grave, se ve desde el 1 de julio cada vez que el Atleti juegue, ya sea local o visitante, o simplemente cada vez que el seguidor vaya a una tienda a comprar algún producto de su equipo. Desde ese momento encontrará que a la izquierda de la camiseta, en el lado del corazón, ya no está el escudo, combinación del emblema de la villa de Madrid con las rayas rojiblancas, que permanecía inalterado desde 1947 (y con cambios menores desde varias décadas antes). En su lugar hay un extraño logotipo de silueta redondeada en el que, contraviniendo las normas heráldicas con siglos de vigencia, destaca un oso azul a la izquierda (pero sin tocarlo, levitando a su alrededor) de algo que no queda claro si es un árbol o el hongo de una explosión nuclear.

Más allá de consideraciones estéticas y de lo acertado o no del rediseño, que queda al gusto de cada cual, lo único cierto es que el cambio ha sido una decisión unilateral de la dirigencia que no respondía a una demanda social real, puesto que toda la afición, de forma unánime, se sentía representada con el escudo histórico. De hecho,  ha surgido incluso una campaña, activa en redes sociales, que tras el lema “el escudo no se toca” reclama la vuelta al que consideran único icono legítimo del club. Pocos son los que han acogido con alegría la extraña novedad y se han creído las excusas oficiales de “modernización” y “simplicidad” que alegan sus creadores (y que, curiosamente, los mayores rivales del Atlético no parecen necesitar). La mayoría, como de costumbre, ha tragado con desganada resignación.

Adiós Don Vicente, hola Jianlin

La misma apatía, con las excepciones habituales, ha mostrado la hinchada ante el otro gran cambio radical que ha sufrido el Atleti. En 2017 se ha consolidado lo que llevaba años preparándose: los millares que gustan del fútbol de emoción, tal como dice el himno, desde septiembre ya no van al Manzanares, al estadio Vicente Calderón, sino que les toca desplazarse al Wanda Metropolitano. Una mudanza, o más bien un desahucio forzoso y no consensuado, que saca a los colchoneros del que ha sido su barrio en los últimos 50 años, en pleno centro de Madrid, y les lleva a 12 kilómetros al este, a un páramo desolado al borde del término municipal de la capital.

La nueva casa, que todavía no hogar, es más grande (no mucho: 68.000 localidades frente a las 55.000 del Calderón), más moderna (faltaría más) y más cómoda, aunque las prisas (inexplicables, pues el estadio antiguo permanecerá en pie al menos hasta el verano de 2018) han llevado a inaugurarla con las obras sin concluir y hay fallos inexplicables para un estadio del siglo XXI, por ejemplo la ausencia de calefacción en una zona en la que, a partir de noviembre, no es raro que el termómetro baje de cero grados. Pero sobre todo, muchísimo más cara. El presidente (y cooperador necesario en la estafa) Enrique Cerezo, el mismo que, con el consejero delegado (y estafador) Miguel Ángel Gil, aseguró que el cambio iba a servir para sanear la deuda que él mismo ha generado, ahora reconoce un déficit de ni más ni menos que 310 millones de euros. Una cuarta parte de ese dinero habría bastado para sanear el Manzanares, que aun con su medio siglo de vida y sus numerosos desperfectos, en parte debidos a la falta de mantenimiento, está catalogado como Categoría 4 UEFA, la máxima que otorga la federación europea.

Puesto de productos del club (muchos aún con el escudo antiguo) frente a la fachada del estadio el día del partido contra el Real Madrid, el pasado 19 de noviembre. Foto: REUTERS/Paul Hanna.
Puesto de productos del club (muchos aún con el escudo antiguo) frente a la fachada del estadio el día del partido contra el Real Madrid, el pasado 19 de noviembre. Foto: REUTERS/Paul Hanna.

No hace falta rascar mucho para darse cuenta de que el interés de la operación no era dotar a los atléticos de un lugar más agradable donde ver el fútbol, puesto que jamás en sus tres décadas de mandato los directivos han tenido esa entre sus prioridades. Antes bien al contrario, el objetivo no era otro que el lucro personal mediante la recalificación, venta y edificación de los terrenos del Calderón, situados en una zona muy cotizada de Madrid. El plan tenía el beneplácito de la anterior corporación municipal, no siempre amante de la legalidad y la honradez, pero la crisis económica, un par de reveses judiciales y la actitud del nuevo gobierno en el Ayuntamiento, más rigurosa con la legislación vigente, descuadraron los números, ya no negros sino tan rojos como las rayas de la camiseta.

Este despropósito financiero viene a sumarse a la deuda que ya se arrastraba, fruto de años y años de gestión calamitosa, y obliga a sacar dinero de debajo de las piedras para que el club sobreviva. Por eso, para poder afrontar las obras del Metropolitano se pidió un crédito de 163 millones al banco Inbursa, propiedad del multimillonario mexicano Carlos Slim, quien es también dueño de la constructora FCC (la misma que ha erigido el campo nuevo… y que iba a encargarse del futuro desarrollo urbanístico del área del Calderón hasta que renunció por la viabilidad incierta de la operación), y que ya se verá cuándo y cómo se paga, puesto que los beneficios estimados ascienden a solo 120 millones. Por eso también se está abriendo el capital social del club a nuevos (y muy controvertidos) inversores: en 2016 ya entró el chino Wang Jianlin de la mano de su grupo Wanda, y más recientemente, el pasado noviembre, se hizo con el 15% el israelí Idan Ofer, líder de un grupo empresarial de su país… e investigado por supuesta evasión de impuestos y por aparecer en los papeles de Panamá como propietario de una compañía en las Islas Vírgenes Británicas, un paraíso fiscal.

San Diego Pablo apóstol

Ante lo convulso del panorama institucional, lo raro, lo milagroso, es que la parte deportiva funcione. Eppur si muove. La pelota sigue rodando y el equipo marcha más o menos bien, aunque con altibajos, gracias a quien es, indiscutiblemente, el hombre más importante de la historia reciente del Atlético de Madrid. Tras años de miseria, la hinchada nunca le estará suficientemente agradecida a Diego Pablo Simeone por haber devuelto al equipo al lugar que le corresponde en la élite del fútbol mundial y, sobre todo, por haberlo mantenido durante cada vez más tiempo.

Diego Simeone dirigiendo un partido del Atlético de Madrid. Foto: REUTERS/Toby Melville.
Diego Simeone dirigiendo un partido del Atlético de Madrid. Foto: REUTERS/Toby Melville.

Y eso que incluso desde dentro, como cabía esperar, le ponen palos en las ruedas. Mientras que otros pueden gastar cantidades obscenas en jugadores de altísimo nivel, el Cholo no es que tenga que conformarse con rebajas y saldos. En 2017, ni eso. Una negligencia, otra más, de la directiva a la hora de tramitar la contratación de jugadores extranjeros menores de edad para los equipos de la cantera, sumada a la renuncia (porque son así de estupendos) a solicitar la suspensión cautelar como sí hizo el Real Madrid, hizo que la FIFA impusiera, y el TAS ratificara, una sanción de dos mercados sin poder inscribir nuevos jugadores, que se cumplió en las dos ventanas del año que agoniza. Eso sí, entrar no entran nuevos, pero alguno sí que sale: aún escuece el fichaje de Theo Hernández, uno de los laterales más prometedores de Europa, ni más ni menos que por el Real Madrid.

Sin refuerzos, el Atleti hizo, está haciendo, todo lo posible. Diego Costa, el delantero que nunca debía haberse ido, el delantero que debía haber vuelto al menos en 2016, cerró su fichaje el pasado verano, pero aunque ya se entrena con el grupo, no podrá competir hasta enero. De su mano vendrá Vitolo, procedente del Sevilla tras un fichaje un tanto esperpéntico por todas las partes implicadas, que se ha mantenido en forma jugando a préstamo (y lesionándose) en Las Palmas.

Estos dos hombres de ataque hacen falta como el comer, ya que, esperemos, solucionarán el principal problema que sufren los de Simeone: la falta de gol. Griezmann, uno de los mejores futbolistas del mundo, jamás ha sido ni será un ariete rompedor: necesita a su lado un 9 que le abra huecos y le ayude a mostrar su potencial. Algo parecido ocurre con Carrasco, Correa y Vietto, lo que, en el caso del tercero, se agrava por una increíble mezcla de mala suerte e ineficacia que le ha llevado a no ver portería en todo el curso pese a no escatimar en esfuerzos. Quien estaba llamado a ocupar esa posición era Gameiro, también voluntarioso pero muy irregular, en ocasiones superado por el peso del escudo (o el logotipo), y muy lejos del crack que parecía ser cuando, en 2016, se pagaron más de 30 millones por su traspaso. Al final queda Torres, el eterno Torres, hoy más mito que jugador de élite, incapaz de marcar las diferencias como hacía en sus años mozos, pero siempre cumplidor cuando se le necesita.

De este gravísimo inconveniente, sumado a ciertos titubeos en defensa a los que los hinchas no estaban acostumbrados pero que son producto de la edad creciente de la vieja guardia (uno de ellos, Tiago, incluso colgó las botas), vino algún que otro fallo en momentos puntuales que acabó condicionando el año. En líneas generales, el 2017 del Atlético de Madrid no fue malo. No se ganó ningún título, pero se luchó y se llegó lejos, que es lo que se debe exigir en un club que, por potencial, por economía y por historia, está algún escalón por detrás de los grandes transatlánticos.

La campaña 2016/17 lo ejemplificó a la perfección. En Liga el equipo acabó, un año más, tercero, con 78 puntos, una cifra más que notable, pero 12 unidades inferior que el segundo clasificado. Y en las competiciones de eliminatorias cayó en semifinales, tanto en Copa del Rey, contra el Barcelona (por un solo gol en el marcador global), como en Champions, de nuevo a manos del Real Madrid. Este enfrentamiento estuvo a punto de convertirse en una remontada de las que marcan épocas: en la ida en el Bernabéu un flojísimo Atlético cayó 3-0… pero en la vuelta, bajo el diluvio del Calderón, los rojiblancos llegaron a ponerse 2-0 al cuarto de hora. Una filigrana de Benzema culminada por Isco puso el 2-1 definitivo que ahogaba las aspiraciones del Atlético, pero no el orgullo de sus hinchas.

Jugadores del Atlético de Madrid lamentándose de la eliminación en semifinales de Champions a manos del Real Madrid, el día 10 de mayo. Foto: Reuters / Juan Medina (Livepic).
Jugadores del Atlético de Madrid lamentándose de la eliminación en semifinales de Champions a manos del Real Madrid, el día 10 de mayo. Foto: Reuters / Juan Medina (Livepic).

No le sale ser normal

En lo que va de 2017/18 la situación solo puede clasificarse de extraña. El Atleti defiende de maravilla, salvo errores puntuales, y Oblak se está consolidando como el mejor portero del mundo, pero al centro del campo le cuesta horrores crear juego y la delantera, con Griezmann a la cabeza, ha presentado su dimisión. Como consecuencia, con 14 jornadas disputadas el Atleti en Liga está imbatido, pero lleva casi tantos empates como victorias, lo que por ahora no le permite pasar del tercer puesto. En Copa solo ha tenido que jugar una eliminatoria, contra el Elche de 2ª B, que superó con los suplentes.

Pero en Champions se ha consumado el desastre: cuatro empates, dos de ellos contra el Qarabag, una derrota y una sola victoria le han hecho quedar tercero en la fase de grupos, y por tanto, eliminado de la máxima competición continental. El Atleti llegó con opciones a la última jornada, pero, aunque faltó poco, ni ganó al Chelsea en Londres ni vio al equipo de Azerbayán imponerse en Roma, las dos condiciones necesarias para seguir con vida. Cinco años después toca volver a la Europa League, que se antoja imprescindible ganar no solo por prestigio, sino para compensar en parte el desastre económico que supone para una entidad al borde de la ruina no contar con los ingresos que da el torneo recién abandonado.

¿Qué pasará en 2018? Los seguidores colchoneros pueden permitirse ser razonablemente optimistas. Poco a poco el equipo va acostumbrándose al Wanda Metropolitano, en el que aún se siente extraño. La racha de empates de octubre y primeros de noviembre parece superada, incluso se juega razonablemente bien a ratos. Griezmann, que llegó a ser abucheado por su propia afición (y de quien los rumores de salida nunca han llegado a cesar), da muestras de estar recuperando su mejor versión en los últimos partidos. Oblak sigue siendo Oblak. Y con Diego Costa motivadísimo por volver a casa y por la posibilidad de ganarse un hueco en la selección española de cara al Mundial, el problema de la escasez goleadora podría convertirse en un mal recuerdo.

Hoy por hoy el Atleti es el equipo más fuerte de la Europa League, en Copa cualquier cosa puede pasar y en Liga la tendencia es positiva y se puede competir de tú a tú incluso con el aparentemente imparable Barcelona. Que nadie se sorprenda si en mayo Gabi aparece por la fuente de Neptuno con algún trofeo en sus manos. Todo esto, claro, siempre que desde arriba no surja algún nuevo esperpento para perjudicar al club. No sería raro, Cerezo y Gil Marín lo llevan haciendo desde 1987 y se les da especialmente bien.

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