La historia de Alberto Díaz merece una película de Netflix

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Basketball - EuroBasket Championship - Final - Spain v France - Mercedes-Benz Arena, Berlin, Germany - September 18, 2022  Spain's Alberto Diaz REUTERS/Annegret Hilse
Alberto Díaz se tira a por un balón suelto en la final contra Francia (REUTERS/Annegret Hilse)

La película podría comenzar por el final. Podría empezar con la penetración de Lorenzo Brown, la ayuda absurda de Thomas Heurtel y el balón doblado a la esquina, donde espera Alberto Díaz. Esa sería una buena presentación del personaje: el chico que sabía estar en el lugar adecuado. Díaz recibe, con el marcador 82-70 y un minuto y medio en el cronómetro. El partido está ganado desde hace un buen tiempo, probablemente desde que España decidió que ni siquiera los fallos arbitrales iban a torcerle el rumbo. Aun así, sería tan bonito que aquel chico pelirrojo metiera el tiro...

Díaz se levanta, nadie en el horizonte, con todo el tiempo del mundo, y el balón entra limpio en la canasta. Es su segundo triple en dos minutos para un total de ocho puntos. En principio, él no debería estar ahí, sino en casa. En principio, él no debería estar ejecutando a la Francia de Fournier, de Gobert, de Yabusele, de Heurtel... la subcampeona olímpica, la medalla de bronce mundialista. Él debería estar apretando en defensa, sacando faltas y robando balones. No se espera que el chico pelirrojo, el improbable protagonista, sentencie también las finales con sus canastas.

Y sin embargo lo hace. Díaz culmina así una obra maestra coral que empieza por un entrenador de otra galaxia -cuarto Eurobasket para Sergio Scariolo, el nexo de unión entre la generación del 80 y este grupo de aguerridos luchadores, hombres de fortuna incapaces de rendirse ante nada ni nadie-, sigue con la historia dos hermanos acostumbrados a vivir al margen del reconocimiento -Willy, MVP del torneo; Juancho, tras sus siete triples, MVP de la final-, y se sostiene gracias a un reparto por el que nadie habría dado un duro: el sosegado Brown, el aseado López-Aróstegui, los "fontaneros" Parra, Pradilla, Saiz, Fernández, Díaz...

Hay algo poético en la sucesión de apellidos de oficinistas de nuestra selección. Algo muy español, si se quiere, muy de andar por casa. Tengo la sensación de que parte de la simpatía que ha generado este grupo está precisamente en la identificación con el espectador. A un Pau Gasol o a un Juan Carlos Navarro, uno los admira, pero es imposible identificarse con ellos. Son superestrellas, son genios, son elegidos. Uno se puede identificar con Alberto Díaz haciéndole la vida imposible a Schroeder, con Rudy Fernández lanzándose a las gradas para recuperar un balón, con Darío Brizuela buscándose las habichuelas contra los mejores defensores de Europa...

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Tal vez, precisamente para reforzar esta empatía, la película podría empezar por el principio. El base del Unicaja, donde ha competido por un puesto de titular precisamente con Jaime Fernández, recoge sus cosas y abandona el Polideportivo Antonio Magariños, un buen lugar para ambientar esta historia porque no es solo donde entrenó la selección durante el mes de agosto para preparar el torneo, sino que es donde jugó durante un par de años el padre de los Hernangómez, donde entrenó día y noche el propio Juancho, donde se formaron Sebas Saiz, Darío Brizuela y el propio Jaime Fernández cuando aún eran unos adolescentes prometedores. El baloncesto antes de que el Estudiantes se hundiera.

Lo dicho: plano medio de Alberto Díaz recogiendo sus cosas junto a Jonathan Barreiro, Héctor Alderete y Miquel Salvó. Díaz viene de una temporada horrible con el Unicaja de Málaga, incapaz de clasificarse para la Copa del Rey ni para los Playoffs, acostumbrado al malestar de una ciudad exigente y de una afición entendidísima. Díaz viene, además, tocado. El propio Scariolo lo dice en rueda de prensa para justificar que esté en el grupo de los cuatro primeros descartados: "Díaz no está muy bien físicamente", insiste, pero nadie repara en ello, porque, bueno, es Díaz.

Solo que Scariolo matiza: "Alberto ha estado aquí muchas veces y estará muchas más". Así que nuestro protagonista se viene abajo, pero solo en parte. Entiende que es algo coyuntural, que nadie le ha cerrado la puerta, y sigue entrenando con su club, cada vez mejor, cada vez más rápido, cada vez más ágil, cada vez más dispuesto a demostrar que tiene un sitio en las siguientes ventanas para el Mundial, en esos apasionantes partidos contra las Ucranias del mundo en los que prácticamente todos estos nuevos campeones de Europa han descubierto el juego de selecciones, la tensión competitiva de representar a su país.

Díaz piensa en los próximos meses y, de repente, tiene que estar listo en un día. Sergio Llull se ha lesionado, Juan Núñez aún no tiene el nivel de un primer base suplente a este nivel. Scariolo decide volver a llamar a Díaz y Díaz vuelve como un toro, que diría Jesulín. Empeñado en recuperar el tiempo perdido. Díaz es todo manos y es todo piernas, siempre un paso por delante de su rival en defensa, siempre oculto en la esquina donde nadie le busca en ataque. Díaz se gana la confianza de sus compañeros, de su entrenador y, al final de la película, del país entero, que llena las redes sociales de elogios y de "memes".

Díaz, 28 años, ha dejado atrás hace tiempo todo sueño de convertirse en una estrella. Pero España no quiere estrellas. Ya, no. Ya lo ha probado y ha estado bien, pero forma parte del pasado. España quiere curritos, España quiere gente que le deje con la boca abierta mientras piensa "no puede ser, no hemos podido ganarles a Valanciunas, Markkanen, Schroeder y Wagner y estar ahora doce arriba contra Gobert y Fournier". No, no puede ser, pero ya saben: Lorenzo Brown amaga con la penetración, Heurtel se come la ayuda y el balón llega a la esquina donde Alberto se levanta, todos clavamos la mirada en el televisor y, juntos, celebramos la canasta. Fin.

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