El falso deber de amar a los padres: no es una obligación si ellos criaron bajo el yugo del maltrato y abuso

Berna Iskandar
·Colaboradora
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(Getty Creative)
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La psicóloga española Olga Pujadas experta en terapia psicodinámica, basada en su experiencia terapéutica, cierta vez advertía en sus redes sociales (palabras más, palabras menos): “Sé de madres que juegan a hacerse las muertas para que sus hijos se asusten y las quieran… madres que amenazan con matarse si sus hijos no se portan bien... madres que enloquecidas gritan mientras blanden cuchillos o tijeras a pocos centímetros de sus pequeñas gargantas... padres que miran iracundos a sus hijos amenazándolos con sus gigantescos puños... padres que se burlan sádicamente de sus hijos y que ahora incluso lo suben a las redes sociales... algunos padres que amenazan a sus hijos, desde muy pequeños, con matarlos si salen (prostitutas o gays)... padres que gritan, pelean, se reprochan, se insultan, se golpean ante la mirada aterrorizada de unos pobres niños...”. Sin contar con los padres y madres que dejan a sus hijos llorar solos para no malcriarlos, les dan palizas para disciplinar, los dejan sin comer o amarran para que dejen de molestar, abusan sexualmente o permiten el abuso sexual... Exigirle a una persona que ame a su padre o a su madre por encima de cualquier cosa, es contra natura.

Los límites circulan en dos direcciones. Los hijos también tenemos el derecho y el deber de poner límites a los padres. No estamos en la obligación de amar a nuestros progenitores cuando nos han maltratado y abusado repetitivamente. No deberíamos sentirnos como si fuéramos criminales porque no los amamos o porque no surge en nosotros el perdón genuino hacia nuestros progenitores.

Una cosa es llegar a comprender que nuestros padres también han tenido infancias difíciles, reconocer que quizás han hecho lo mejor que han podido, y sobre esa comprensión encontrar formas o territorios para establecer una relación más sana si fuera posible, o alejarnos si fuera necesario, pero en ningún caso puede decretase que debemos amarlos y perdonarlos por dogma, por obligación moral o terapéutica como requisito para recuperarnos de la herida infantil.

Lo más importante es hacernos conscientes de esa herida en su justa dimensión desde nuestra vivencia como niño o niña, que nadie nombró ni validó. La falta de capacidad de reconocimiento subjetivo de los abusos en la propia infancia se ceba con el mandato social, religioso o “terapéutico” de lealtad incondicional hacia los progenitores.

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Es verdad que la mayoría de los padres y las madres, como he dicho cientos de veces, hacemos lo mejor que podemos con la carga de nuestras propias historias de malos tratos, y que casi nunca dañamos a nuestros hijos con intención. Somos parte de un sistema organizado para administrar infinitas dosis de violencia, explícitas e implícitas, a los niños.

Por tanto, casi ningún ser humano se libra de haber sido víctima en distintos grados y formas del desamparo, las sobre exigencias, las vivencias repetitivas de miedo y soledad, la negación por parte de nuestros cuidadores a atender nuestras necesidades incuestionables, los golpes, la violencia psicológica y física, las amenazas, el abuso sexual. En resumen, casi nadie se libra del trauma que han supuesto las experiencias violentas vividas repetitivamente en la infancia, pero como adultos tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de no heredarlas a las nuevas generaciones.

Cuando éramos pequeños no teníamos defensas psicológicas ni autonomía suficiente para salir del maltrato. Para sobrevivir, tuvimos que naturalizar los abusos recibidos, incluso llegar a creer que había algo malo en nosotros, antes que culpar a nuestros victimarios: los progenitores o adultos a nuestro cargo. Necesitábamos amar a nuestra madre o padre, necesitábamos creer en ellos a pesar de que destrozaban nuestros corazones, y lo hemos hecho pagando precios altos de por vida (adicciones, fobias, neurosis, ansiedad, depresión, violencia hacia otros…).

Sobre el abuso infantil y sus estragos han estudiado y publicado profusamente autores como la gran Alice Miller, quien describe el modo en que se instala y opera el mecanismo de negación. Tendemos a minimizar o negar los abusos maternos y paternos porque desmontar la lealtad hacia nuestros criadores resulta devastador.

Esto explica el hecho de que relatemos las palizas que nos daban como si fueran anécdotas chistosas olvidando la humillación, el miedo y el dolor que sentimos (evasión) o acatemos con obediencia las etiquetas construidas desde la mirada o discurso de nuestra madre o padre cuando nos calificaban de “niño o niña terrible, llorón, obediente, fastidioso, grosero, hiperactivo, tonto, miedoso o perezoso”.

La lealtad ciega hacia nuestros progenitores es el mecanismo de protección para no enfrentar conscientemente la desgarradora realidad de abandono, miedo, abuso y soledad que vivimos. Quizás una de las cosas más terribles y complejas de ordenar en el campo emocional es la evidencia de que quienes más amamos y deberían protegernos, nos han abusado.

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Alice Miller, pionera en el estudio sobre el abuso infantil y sus estragos, afirma que el abuso y el trauma infantil tienen efectos de por vida. Explica que se perpetúa favorecido por una sociedad adultocentrista que defiende al adulto y culpabiliza al niño de lo que el adulto ha hecho con él.

Advierte que el abuso y la violencia infantil se han negado históricamente cada día, desestimando los efectos devastadores que provocan. Es decir, que los niños son repetitivamente traicionados por la sociedad, quedando sin personas que les den voz, que se pongan de su parte, sin figuras adultas a las cuales recurrir para que validen sus necesidades, y reconozcan sus heridas, con lo cual no hay más opción que reprimir el trauma e idealizar al abusador (nuestros padres, maestros, adultos cuidadores, etc.).

Para desmontar los estragos del abuso infantil, Alice Miller y otros especialistas coinciden en que el proceso terapéutico debe basarse en descubrir la verdad sobre al infancia del paciente que difícilmente será capaz de recordar, registrar y nombrar tal y como la percibió o la sintió, debido a que se encuentra acorazada tras un discurso engañado y la lealtad hacia sus progenitores.

Alice Miller subraya que el trauma no se supera dirigiendo esfuerzos a perdonar al autor del abuso (nuestros padres, etc.) pero podemos prevenir la generación de nuevos abusos y nuevos traumas, cuando la víctima (el niño o niña que fuimos) comienza a registrar y a hacerse consciente de lo que hicieron con ella. Es fundamental sentir conscientemente a nuestro niño herido para poder sentir y no herir a nuestros propios hijos.

Amar a tu madre o a tu padre no es un deber. El amor filial lo construyen o destruyen los progenitores a partir de la calidad del vínculo que son capaces de establecer con sus hijos.

El vínculo basado en el respeto y la aceptación incondicional hacia nuestro ser esencial por parte de nuestros progenitores, desde la primera infancia y a lo largo de la vida, favorece la dinámica del amor y de la empatía.

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El vínculo basado en el irrespeto, la negación y el rechazo repetitivo a nuestro ser esencial, nuestra forma de ser, de pensar, nuestros gustos, valores, necesidades por parte de nuestros progenitores, desde la primera infancia y a lo largo de la vida, dinamita la capacidad innata de amar.

Necesitamos registrar y sentir con claridad la propia vivencia infantil desde nuestro punto de vista de niño o niña y no a partir de lo que recordamos basándonos en el relato materno, paterno o de la sociedad. Necesitamos conocer fehacientemente la vivencia real de abuso emocional y físico, la distancia afectiva, la represión, los malos tratos recibidos por parte de nuestra madre o de nuestro padre y verificar si aún en la adultez seguimos siendo maltratados, desestimados, invalidados, manipulados, no tomados en cuenta por ellos.

LEER | Pedir perdón a los hijos o cómo sanar las heridas del maltrato, sin importar su edad

Es imprescindible si queremos sentir y no herir a nuestros propios hijos con la repetición automática e inconsciente de los mismos patrones insanos de interacción.

Es necesario si queremos libertad para elegir derroteros sanos en nuestras vidas y nuestros vínculos actuales con la pareja, demás personas y relaciones.

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