Amenazas y oportunismos de la idea de Trump de declarar terroristas a los cárteles mexicanos del narco

Donald Trump dijo en una entrevista radial reciente con el comentarista conservador Bill O’Reilly que designará a los carteles de la droga que operan en México como organizaciones terroristas, una medida que el presidente estadounidense dio estar justificada en las miles de vidas estadounidenses al año que se pierden por causa de la adicción a las drogas.

El drama humano causado por el consumo de drogas es severo y ha de ser atendido a fondo. Y lo mismo al respecto de la terrible violencia que los carteles imponen en amplias zonas de México.

Donald Trump frente a una sección del muro fronterizo con México, en Otay Mesa, California, (Reuters)
Donald Trump frente a una sección del muro fronterizo con México, en Otay Mesa, California, (Reuters)
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Pero Trump erra si considera que eso se logrará solo con considerar terroristas a los carteles mexicanos del narcotráfico, que son ciertamente peligrosos y crudamente violentos y han de ser contenidos y sometidos a la ley.

En realidad, lo que Trump pretendería es ampliar la noción de guerra contra el terrorismo a México y con ello dar impulso a la retórica del miedo y a varios de sus más ominosos planteamientos xenófobos y estigmatizantes, que le fueron muy útiles en las elecciones de 2016 y, al parecer, requiere dinamizar con miras a las de 2020. Y también crear una ventana, fundada en la idea de que el terrorismo ha de ser combatido donde quiera que se encuentre, para intervenir en México, o al menos dejar entrever la posibilidad de hacerlo, y presionar con ello al gobierno mexicano.

Todo ello es una amenaza a la soberanía mexicana. Y no considera los estragos para las comunidades en ambos lados de la frontera que una escalada de esa clase produciría.

Difundir la noción de que México es una fuente de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos parece uno de los objetivos del presidente, noción que le serviría para su repertorio electoralista aunque, en realidad, en nada ayude para mejorar la cooperación binacional necesaria para enfrentar de modo efectivo el narcotráfico.

Eso es claro porque, ante un tema tan grave y complejo como el del narcotráfico, su poder y sus efectos, Trump ha aludido meramente a medidas de fuerza bruta, sin incluir las múltiples causas y efectos del problema ni asumir la responsabilidad estadounidense en ello.

Por ejemplo, más útil sería para abatir el poder de los cárteles que la Casa Blanca actuara de modo sustantivo para frenar el flujo de armas que cruzan desde Estados Unidos a México, arsenales que proveen inmenso poder a los cárteles y con los que ha cometido cruda violencia.

Abatir el consumo de drogas en Estados Unidos, mediante acciones de atención efectiva a los adictos, reduciría también significativamente el poder de los narcotraficantes, y no solo de los mexicanos pues las drogas se producen también en enorme escala en Estados Unidos.

Trump, con todo, al parecer tiene especial interés en el impacto propagandístico interno y en la presión hacia México al asociar a los cárteles con el terrorismo, y no necesariamente ha planteado una estrategia integral y respetuosa, algo que ciertamente es necesario y urgente, para abatir el poder y acción de los cárteles mexicanos de la droga y para atender a sus víctimas.

Además, designar a un grupo como terrorista requiere de ciertos pasos. La Ley de Inmigración y Nacionalidad de Estados Unidos señala que tal declaración del presidente ha de ser comunicada a los líderes del Congreso y que la designación de un grupo como terrorista por parte del Ejecutivo dejará de tener efecto si es desaprobada por una resolución del Congreso.

Y antes que eso se necesita un análisis por parte de varias agencias del Ejecutivo federal, que sería lo que Trump dijo a O’Reilly que ya se estaría realizando.

En este sentido, y dada la actual polarización política en Estados Unidos, no es improbable que la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, desaprobara tal declaración de Trump y que el Senado, pese a su mayoría republicana, también lo hiciere, pues basta con que cuatro senadores republicanos y todos los demócratas votaran en contra de esa resolución para truncarla.

Algo que ya ha sucedido, por ejemplo, cuando ambas cámaras rechazaron la pretensión de Trump de declarar una emergencia nacional para financiar su plan de muro fronterizo.

Eso no significa necesariamente que el Congreso frenaría la designación como terroristas de los cárteles del narcotráfico, pero sí que ese tema –de suyo punzante- entraría en la agenda legislativa en Washington y en la arena público-mediática en momentos en que el proceso de impeachment contra Trump avanza, se calientan las campañas rumbo a 2020 y existen otros temas clave en la palestra.

Pero, desde la óptica de Trump, luce tentador para el presidente poner a los demócratas en la Cámara en el predicamento de rechazar su designación de los cárteles como terroristas, y con ello darle al presidente munición para criticarlos severamente como contrarios a la defensa de la nación en la campaña electoral, o de aprobar esa declaración para darle una victoria política-propagandística a Trump a sabiendas que eso, por añadidura, deterioraría las relaciones con México y no sería especialmente útil para abatir al narcotráfico y sus lacras.

Otro ángulo es que, con base en la Orden Ejecutiva 13224, expedida por George W. Bush tras los atentados de 2001, la administración federal puede calificar como  terroristas a grupos y atacar sus finanzas y operaciones sin que, al parecer y en ciertos supuestos, pueda el Congreso frenarlo directamente.

En todo caso, la designación como terrorista permite mayormente congelar los activos financieros del grupo en cuestión, sancionar a quienes lo ayuden e impedir la entrada a Estados Unidos de sus miembros y asociados. No autoriza enviar fuerzas militares a México para combatir a los cárteles. Aunque eso sea, como el propio Trump ha declarado, una posibilidad de su agrado, sin importarle que viole la soberanía mexicana.

El gobierno de México ha rechazado toda acción que vulnere su soberanía y si bien es cierto que enfrenta un inmenso problema para abatir las operaciones y las lacras del narcotráfico, el enfoque del presidente Andrés Manuel López Obrador se ha apartado de la estrategia de “guerra contra las drogas” de sus predecesores y ha optado, no sin obstáculos y reveses, por una esquema que más que la aniquilación por la fuerza atienda el problema del narcotráfico y el consumo de drogas mediante opciones de desarrollo, justicia social y combate a la impunidad y la corrupción.

Eso no significa, se ha afirmado, renunciar a la aplicación de la ley y a la persecución de los criminales, y en contraparte varias voces han impugnado la validez de ese esquema. Pero definitivamente se aparta del esquema bélico que imperó en administraciones mexicanas pasadas y que, al parecer, Trump querría potenciar de modo ominoso.

El gobierno mexicano ha dicho, adicionalmente, que para ampliar la cooperación con Estados Unidos en contra del narcotráfico no es necesario declarar terroristas a los cárteles. Y analistas han señalado que esa medida en realidad deterioraría la relación bilateral, podría incrementar la tensión en la frontera común.

Pero a Trump la retórica al respecto –como ha sido el caso del muro y la estigmatización de los migrantes– le ha dado dividendos electoralistas y por ello, como en otros temas punzantes, la elige sistemáticamente.

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