Andy Murray y lo duro que es "desengancharse" de sentirse especial

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ROTTERDAM, NETHERLANDS - MARCH 3: Andy Murray of Great Britain during his match against Andrey Rublev of Russia at the 48th ABN Amro Tennis World Tournament at Rotterdam Ahoy on March 3, 2021 in Rotterdam, Netherlands (Photo by Henk Seppen/BSR Agency/Getty Images)
Photo by Henk Seppen/BSR Agency/Getty Images

Andy Murray empezó la temporada 2017 como número uno del mundo. En su palmarés podíamos encontrar tres torneos del Grand Slam, las ATP FInals, varios Masters 1000, dos medallas de oro olímpicas y una Copa Davis que ganó prácticamente él solo para Gran Bretaña. A punto de cumplir los 30 años, el escocés lo tenía todo. Había llegado a lo más alto, había superado tras once años de lucha a Novak Djokovic, Rafa Nadal y Roger Federer. Incluso a día de hoy sigue siendo el único tenista aparte de ellos que ha conseguido llegar al número uno de la clasificación ATP en los últimos 17 años. ¿Qué le quedaba por demostrar? Nada. Venía de una carrera agotadora entre el verano y el otoño de 2016 por acumular puntos y puntos que le permitieran pasar a la historia y una vez conseguido, su cuerpo se vino abajo y dijo basta. Desde entonces, no se ha acercado a su nivel anterior.

La historia de Murray es paradigmática de hasta qué punto el deporte profesional es insano y hasta qué punto los deportistas necesitan de la adrenalina de la competición como si fuera una droga de la que no pueden prescindir. En estos cuatro años, Andy Murray ha pasado por quirófano varias veces, ha intentado volver otras tantas sin demasiado éxito. Ha anunciado su retirada (dos veces) y se ha echado atrás. Ha ganado algún partido inesperado pero sobre todo ha perdido varios que se podía haber evitado. Ni siquiera se ha acercado a los cuartos de final de ningún torneo de Grand Slam y, lo que es peor, se ha acostumbrado al dolor. El dolor de la derrota y el dolor, físico, punzante, que inhabilita a cualquiera, aunque al menos el quirófano parece haber aliviado esta parte.

En recientes declaraciones, Andy aseguraba: "Con una sola cadera, puedo competir con los mejores". Fueron unas declaraciones muy aplaudidas por lo que mostraban de coraje, pundonor, aguante... pero a mí me parecieron muy tristes. Porque todo lo que rodea a Murray es triste ahora mismo. Hablamos del mejor tenista británico en casi un siglo, de uno de los cuatro mejores de los últimos quince años. Un hombre que está casado, que tiene tres hijos, que lo ha ganado (casi) todo y que tiene dinero para vivir varias vidas. Y, sin embargo, no consigue relajarse y rendirse. No consigue decir "hasta aquí, puedo hacer otra cosa". No, en su cabeza, sigue la competición y sigue incluyéndose a sí mismo en un grupo al que no pertenece: Murray ya no puede competir con los mejores, salvo que ampliemos mucho el concepto de "competir" e incluso el de "mejores".

Veamos, ¿puede Andy Murray ganar un partido a un top ten? Claro, derrotó a Alexander Zverev en el Open de Cincinnati, celebrado justo antes del US Open en el que el alemán llegó a la final. Ahora bien, en el siguiente partido solo le ganó cuatro juegos a Raonic cojeando visiblemente. Si "competir" es ganar de vez en cuando, entonces, de acuerdo, puede competir. Si "los mejores" incluye a la legión de jugadores que se toman los torneos preparatorios a un grand slam a otro ritmo, está claro que de vez en cuando les puede ganar. Ahora bien, si lo que insinúa Murray es que puede ganar en un grand slam, consistentemente, a varios top tens, la afirmación provoca una cierta tristeza porque siempre es triste ver a alguien que cree de verdad en algo que no va a conseguir.

"Con una cadera" no solo no es posible competir con los mejores, es muy complicado competir con nadie. Y aquí llega la pregunta inicial, ¿qué sentido tiene pasar por esto? ¿Qué sentido tiene a los 34 años casi entrar en la cancha para jugar contra Gerasimov sabiendo que vas a sufrir físicamente, que no vas a poder jugar como tú sabes y que vas a acabar perdiendo? ¿Qué sentido tiene presumir de ello luego en las entrevistas? La adrenalina es una droga peligrosa, ya digo. Desconectarse de esa tensión constante del siguiente viaje, el siguiente torneo, el siguiente rival... es casi imposible. No solo eso: convencerse a uno mismo de que ha dejado de ser especial, de que ya no hará nunca más aquello que ha hecho toda la vida. El palo psicológico es tremendo, hay que reinventarse por completo y pasar de ser el número uno del mundo en tu profesión a ser un cualquiera, al menos de inicio, en la que elijas a continuación.

Habrá quien diga que Murray se ha ganado el derecho a elegir cuándo y dónde se retira. Por supuesto, ese no es el debate. Si no fuera Andy Murray, el dos veces campeón de Wimbledon, no recibiría invitaciones de ningún torneo. A lo que me refiero es a la dependencia emocional. A la incapacidad de dejarse llevar y echarse a un lado y disfrutar de tu vida al margen de tu oficio una vez ya has demostrado que en tu oficio eres una leyenda. Alguien tendría que darle a Andy un buen abrazo y decirle "no tengas miedo" y llevárselo a casa antes de que tras tanta operación le queden secuelas de por vida. Porque es un campeón. Porque nos ha hecho felices. Porque no le espera ningún "último baile" por delante. No a su altura, desde luego. Puede descansar y puede descansar tranquilo.

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