El aro de Antonio: ni olímpico ni deporte por culpa de la Guerra Civil

Antonio tiene toda una pared de su salón repleta de fotografías en sepia y amarillentos recortes de periódicos enmarcados. Solo con sentarse frente a ese muro podría diseccionarse, casi año a año, la vida de este carpintero jubilado que pasará a la historia de Coria del Río, en Sevilla, por ser el hombre que tardó once días en completar la distancia que separa su pueblo de Madrid dentro de un aro. “La prensa dijo que yo era el campeón del mundo —recuerda entre risas—, claro, era el único”.

Antonio Palma, conocido en Coria del Rí­o como 'El Hombre Aro' / Fernando Ruso
Antonio Palma, conocido en Coria del Rí­o como 'El Hombre Aro' / Fernando Ruso

La familia Palma está ligada a un aro desde hace varias generaciones. Y todo tiene una explicación que tiene como protagonista a José Palma, Joselito ‘el gitano’ para los periódicos de la época. “Nos hemos criado en un taller en el que se arreglaban barcos y carros —narra Antonio Palma—, y cuando mi padre mandaba a mi tío a recoger las ruedas éste venía dentro de ellas andando como si tal cosa”.

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Lo que empezó siendo una forma moverse por las calles de su Coria natal, o del resto de pueblos de la comarca, acabó convirtiéndose en un viaje épico en aro desde Sevilla hasta Madrid con motivo del anuncio de las Olimpiadas Populares que habían de celebrarse en Barcelona entre el 19 y el 26 de julio de 1936 y que nunca se inauguraron por el estallido de la Guerra Civil.

19 días tardó José Palma desde Coria hasta Madrid, un punto de descanso que acabó siendo definitivo. Allí vivía el pintor Andrés Martínez de León, célebre pintor natural de Coria del Río y primo alejado de los Palma, que dio acomodo al primer hombre del aro que conoció la historia.

En la capital, José se echó novia, empezó a cumplir con el servicio militar y se ganaba unas perrillas participando con su aro en las charlotadas que un empresario taurino organizaba en los ruedos madrileños. Pero la Guerra Civil frustró su viaje a Barcelona y el de Coria se vio de recadero de un importante capitán al servicio del bando republicano. “Le tocó donde le tocó, en los rojos, ¿no son esos los rojos?”, apunta Antonio, su sobrino, a sus 76 años.

Fusilado en el penal de Usera

A José lo apresaron y acabó sus días en el penal de Usera, en Madrid, donde acabaron fusilándolo. A día de hoy nadie en la familia Palma sabe el paradero de los restos. Los únicos recuerdos que quedan de él es su nombre en un monolito erigido en recuerdo de los fallecidos en la guerra naturales de Coria, la maleta con sus objetos personajes que su novia entregó a la familia, los recortes y fotografías que la prensa le dedicó y los aros, una afición que sigue viva gracias al ahínco de su sobrino Antonio.

José Palma León, tío de Antonio, era herrero de profesión y transportaba las ruedas de los carros que arreglaba de un pueblo a otro, andando por el interior de ellas. Foto: Archivo Familiar
José Palma León, tío de Antonio, era herrero de profesión y transportaba las ruedas de los carros que arreglaba de un pueblo a otro, andando por el interior de ellas. Foto: Archivo Familiar

“A mí me llamaba muchísimo la atención ver todos esos artículos, conocer la historia de mi tío, al que no pude conocer”, explica Antonio. “Y a eso de los 16 años empecé a andar con el aro”. Y, siguiendo la estela de su tío José, repitió el viaje de Coria a Madrid. “¡Pero yo lo hice en once días!”, presume. Del 8 al 19 de abril de 1965.

“La gente dice que, claro, yo tardé menos que mi tío porque había mejores carreteras, pero lo que no dice la gente es que mi tío iba solo y a mí me pasaban los camiones rozándome por la N-IV”, explica Antonio. “Incluso me hicieron un NODO que se proyectaba en el cine de Coria con mucho éxito”, apunta orgulloso el carpintero jubilado.

Como José, Antonio también quiso llegar a Barcelona; pero si a uno lo detuvo la guerra, al otro lo paró la falta de medios económicos. “Íbamos pasando la gorra por los pueblos, pero la gente nos decía que nos pusiéramos a trabajar”, recuerda riéndose. Cuenta que a su regreso, los mayores de aquel entonces comentaron que jamás antes en la historia de Coria tanta gente se había concentrado para darle la bienvenida a uno de sus vecinos. “Estaban las calles abarrotadas y fueron acompañándome desde la entrada del pueblo hasta mi casa”, apunta Antonio.

“Esta afición me ha costado el dinero”

La risa de Antonio es contagiosa. No para de enseñar los dientes durante toda la entrevista. Encoje los ojos y mueve hasta su prominente barriga con cada carcajada. Mucho más serio se pone cuando habla de la falta de apoyos por parte de instituciones de todo tipo. “He llegado a escribirle hasta al rey Juan Carlos, pero nada —lamenta el coriano—; y hasta al Dios que está en el cielo, pero lo he dejado por imposible”.

—Porque del aro no se vive, ¿no?

—No [con todo lánguido y solemne, uno de los pocos momentos en los que para de reírse]. ¡Del aro cómo se va a vivir! Esta ha sido mi afición, y me ha costado el dinero.

Antonio ha sido carpintero. Todavía hay serrín en su pequeño taller, situado a espaldas del salón de su casa y en la avenida principal de Coria del Río. Sobre la puerta se lee ‘El honbre-aro’ (sic). Y bajo el cartel, sentado en una butaca de madera, se sienta el jubilado a ver pasar a sus vecinos, que le saludan con un ‘¡Míster!’ que se remonta a cuando dirigía la Escuela de Aro de Coria del Río. “Habré enseñado a 200 chavales y unas diez chavalas”, presume.

José Palma, el tío de Antonio que aparece en el cuadro con el fusil, se desplazaba en aro hasta el cuartel siendo militar. Foto Fernando Ruso
José Palma, el tío de Antonio que aparece en el cuadro con el fusil, se desplazaba en aro hasta el cuartel siendo militar. Foto Fernando Ruso

De vez en cuando alguno de sus discípulos le toma prestado alguno de los tres aros que Antonio tiene aparcados amarrados bajo candado a uno de los naranjos que flanquean la avenida a la que da su casa. “He llegado a tener cinco aros, el número de los aros olímpicos, pero alguno se cayó al río, otro acabó vendiéndose como chatarra y del resto… yo qué sé”, narra el coriano.

A Antonio le gusta subirse a ellos para pasear por el paseo que discurre paralelo a la orilla del Guadalquivir a su paso por Coria. Hay aros de distinta talla, pero el que él usa mide 1,72 metros de diámetro interior y pesa 55 kilos. “Tiene que haber cuatro dedos entre la cabeza y el aro, esa es la clave”, revela. Ahora quiere que el ayuntamiento de su pueblo satisfaga la fabricación de otros tres aros más, habida cuenta de la demanda que hay, pero las arcas municipales están muy vacías como para soportar los 400 euros de coste por unidad. “Para esto nunca ha dinero”, se lamenta.

¿Y está patentado?

—Casi. [Ríe]. Un empresario, Antonio Ortega, me dijo que lo íbamos a patentar. Los dueños de la patente, a la que se unió un jefe de taller, seríamos tres. Yo no me lo creí. Era un aro de aluminio fundido, que no servía porque se abollaba con los baches. Sería el año 88. Tiempo después, vino a mi casa un hombre de Puerto Rico, que quería que yo me fuese con él a promocionar el aro. Y fuimos a hablar con el, en teoría, dueño de la patente, que le pidió diez millones de pesetas. Y el de Puerto Rico se fue de vuelta. Aun con esas, no sé si está patentado.

De Coria a la televisión de Rumanía con Valerio Lazarov

El aro de Antonio nunca llegó a Puerto Rico, pero sí lo ha llevado hasta Rumanía por mediación de Valerio Lazarov, el famoso realizador y productor de la televisión española de los años setenta. “Él me vio participar en el programa ‘El show de los records’ y me propuso hacer un número en el ‘Sorpresa, sorpresa’ de Rumanía —recuerda—; y allá que fui bajo la promesa de que cobraría 20.000 duros, pero cuando fui a su oficina para cobrar me encontré que no había nada para mí; solo estaba Juan y Medio, con el que estuve hablando, pero no había nada de dinero”.

Antonio ha participado en casi una veintena de programas de televisión y también en varias pruebas deportivas: desde la maratón de Madrid a la de Sevilla. “Hasta 20 kilómetros por hora he llegado a coger con el aro”, comenta con gallardía.

Antonio lleva toda su vida tratando de popularizar la práctica de este deporte al que denomina "pedrestrarismo". Foto Fernando Ruso
Antonio lleva toda su vida tratando de popularizar la práctica de este deporte al que denomina "pedrestrarismo". Foto Fernando Ruso

El carpintero habla con pasión de los aros. “Para mí son lo más grande del mundo, yo hasta sueño con ellos”, confiesa. Asegura que manejarlos es fácil, y que con un día de práctica se puede llegar a caminar sobre ellos. Ya a sus 76 años ha conseguido manejarlos solo con los pies, aunque a veces se ayuda con las manos.

Y por el aro han pasado sus hijas y algunos de sus cinco nietos.

¿Y quién va a heredar el aro?

—Tengo una nieta que tiene 17 años que anda fenómena con el aro, se llama Rocío, pero se ha echado novio y me la echado a perder. Entrenaba conmigo y todo, pero… se ha echado a perder. Pero a ella sí le gusta. Tengo cuatro nietos más, pero las madres no los obligan a entrenar con su abuelo. Uno de ellos me ha salido futbolista…

—¿Le daría pena que se perdiera?

Esto no se pierde. Hay muchos chavales que tienen aprendida la técnica. Es muy complicado que esto se abandone. Y no está nada escrito, ni las reglas ni nada, todo se aprende del boca a boca. Solo hay que saber que el aro es redondo.

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