Ashleigh Barty, el último ejemplo de la presión insoportable de la WTA

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Ashleigh Barty se retira del tenis a los 25 años. Foto: Andy Cheung/Getty Images
Ashleigh Barty se retira del tenis a los 25 años. Foto: Andy Cheung/Getty Images

La australiana Ashleigh Barty, vigente campeona en Wimbledon y en Melbourne, número uno sin discusión del ranking WTA, anunció este miércoles su retirada de las pistas. No fue una decisión precipitada, obligada o que le causara un profundo dilema. No. Según su entrenador, Barty ya le preguntó si podía retirarse después de haber ganado en Londres el año pasado. Decidió esperar a ganar el torneo más prestigioso de su país y, una vez conseguido, se va porque no aguanta más. Tiene 25 años.

Lo de Barty lo podemos entender todos: has conseguido muchísimo dinero, eres joven, has ganado lo que tenías que ganar, ¿para qué seguir sacrificándote? Ahora bien, convengamos en que no es lo habitual en el deporte profesional. Ayer mismo, hablábamos del caso de Rafa Nadal y su adicción al tenis, su incapacidad de rendirse ni con una costilla rota y una fractura en el pie. Los deportistas de élite suelen serlo porque saben lidiar con esas presiones, con esas incomodidades, con esa exigencia constante... y llegan a apreciarlas, con serios problemas para vivir sin ellas. Ahí está, por ejemplo, el caso de Tom Brady, el mejor jugador de la historia de la NFL, que se retiró a los 44 años en febrero y ha anunciado su regreso a los campos menos de un par de meses después.

Hay algo raro en la WTA. Algo que ni siquiera es de esta época -Justine Henin ya se retiró en su momento como número uno del mundo, Flavia Pennetta anunció su adiós justo después de ganar el US Open de 2015, Kim Clijsters ha ido retirándose y volviendo varias veces en las últimas dos décadas...- pero que es muy chocante. Si Barty, la tranquila Barty, la poco mediática Barty, estaba deseando marcharse de ahí cuanto antes, ¿qué clase de presión ha sentido durante todos estos años?

Vivimos un momento complejo en el tenis femenino. Al no haber una dominadora clara como lo ha sido durante años Serena Williams, hay muchas jugadoras de alto nivel capaces de ganar un grand slam. De hecho, esta misma semana, Paula Badosa podría llegar al número uno del mundo si gana en Miami y se dan varias casualidades. La profundidad de talento es enorme y con esa profundidad llegan las dudas, las exigencias, las ansiedades, el querer llegar antes que las demás, la inseguridad de si podrás mantenerte. En definitiva, más que un circuito, aquello parece una trituradora.

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Naomi Osaka, la llamada a ser sucesora de Serena Williams, se derrumbó ante un mal comentario desde las gradas y se echó a llorar en plena pista de Indian Wells, incapaz de dominar la situación. Lleva ya un año largo en esa situación. No hace tanto que Aryna Sabalenka, por entonces la número dos del mundo, repetía llanto en plena pista por su incapacidad para evitar las dobles faltas en un torneo de segunda fila. Emma Raducanu, la gran sensación británica que arrasó en el pasado US Open, ganando desde la previa sin ceder un solo set, acaba de manifestar que su objetivo es "acabar la temporada, aunque pierda todos los torneos en primera ronda". Estamos en marzo.

Esto parece un "sálvese quien pueda" y no es de extrañar que la mayoría de las reacciones de las compañeras de Barty a su retirada transmitan el mismo alivio que desprende el comunicado de la australiana. Como si no quisieran estar ahí. La propia Paula Badosa hablaba a principios de año de la presión de tener que ganar determinados partidos e incidía en ello hace poco diciendo "la gente cree que ahora voy a llegar a semifinales de todos los torneos". Badosa ha tenido serios problemas para gestionar las expectativas en el pasado y ha trabajado en ello. Parece preparada. Pero ¿y el resto?

Pongamos el ejemplo de otra española: Garbiñe Muguruza. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de su irregularidad o de la sensación de que no lo daba todo por ganar? ¿Cuántas veces la hemos visto superada en la cancha, gritándole a su entrenador, también al borde de las lágrimas? Hablamos de los tiempos anteriores al Covid, a la guerra... tiempos estresantes, por supuesto, pero sin tantos traumas. No se entiende que las tenistas actuales vivan su profesión con esta agonía, que ninguna parezca estar disfrutando de lo que hace. Algo pasa ahí y es muy difícil averiguar el qué.

Si hemos dicho muchas veces que hay algo de "generación de cristal" en los nuevos tenistas que llenan el circuito masculino, con sus continuas quejas por cualquier cosa; en el femenino, lo que se percibe no es ya fragilidad, sino verdadera desesperación. Como si estuvieran patinando sobre hielo y temieran constantemente una caída. Alguien debería hacer algo porque no es normal. Y, desde luego, la solución no es culparlas a ellas, que son las que están sufriendo, sino intentar ver por qué sufren y ayudarlas. El deporte profesional no es divertido, lo sabemos, pero tampoco debería ser un infierno del que escapar en cuanto una pueda.

Vídeo | Adiós a los 25, Ash Barty se retira por la puerta grande

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