Opinión: Atlético de Madrid, la crisis que se veía venir

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Antoine Griezmann (derecha) durante el Atlético – Qarabag. Foto: REUTERS/Susana Vera.
Antoine Griezmann (derecha) durante el Atlético – Qarabag. Foto: REUTERS/Susana Vera.

El Qarabag es, objetivamente, un rival muy inferior. Por valor de plantilla, por calidad de los jugadores, por ranking UEFA, por historia y palmarés, por cualquier criterio que se quiera utilizar, el equipo de Azerbaiyán está varios niveles por debajo de todo un Atlético de Madrid. No ser capaces de ganarles ni en Baku ni en el Wanda Metropolitano es un fracaso que para algunos roza el ridículo, para otros lo toca de lleno, y que supondrá muy probablemente la eliminación de la Champions League, con todo lo que eso supone.

Hay quien ve claro el “fin de ciclo”, esa expresión que queda tan bien en los titulares pero que generalmente aporta poco y explica menos. No falta el que, en la más honda tradición neoatlética, reprocha a los futbolistas la falta de compromiso y acusa de “no sentir la camiseta” a profesionales contratados de todo el mundo que trabajan a cambio de un sueldo, exactamente igual que en cualquier otro club de élite. Algún iluminado incluso se atreve a lanzar dardos contra Simeone, el mismo entrenador que, con la base que aún permanece, transformó, de un día para otro, un fantasma que veía el descenso más cerca de la cuenta en el campeón de (casi) todo lo campeonable.

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Semejantes actitudes, por supuesto, tienen su origen. La afición atlética presume a menudo de ser “la mejor del mundo”, pero un hecho es suficiente para desmontar la teoría (que, por otra parte, tanto daño hizo en las épocas oscuras de Manzanos, Ferrandos y Aguirres donde esa alfombra escondía debajo la mediocridad absoluta del césped). Y es que los seguidores rojiblancos, entendidos como bloque y con las excepciones habituales, son una masa muy influenciable. Hay máximas de Simeone, como el “partido a partido” o el “si se cree y se trabaja, se puede”, que han calado, pero otras, como el “no consuman”, no han tenido éxito. La hinchada colchonera consume, y se lo cree, y le basta para no mirar más allá.

Un ejemplo: la prensa sostiene que el Atleti “juega feo”. En el reglamento del fútbol no hay ningún apartado referido a la estética, pero lo dicen y se quedan tan anchos. Está bien que protesten los rivales, porque a fin de cuentas la defensa impenetrable rojiblanca no les convenía, pero lo raro es que la grada atlética se lo crea. Y se lo creyó, lo vimos el año pasado por estas fechas, y aunque el equipo gane, se indignó porque “no lo hace bonito” a pesar de “tener jugadores” para “jugar mejor”. Se les hizo caso, el Atleti cambió su estilo por una opción “más alegre” y llegaron los malos resultados, puntos perdidos que le impidieron luchar hasta el último momento por el título de liga, como en campañas anteriores.

Enrique Cerezo, presidente del Atlético. Foto: Goal.
Enrique Cerezo, presidente del Atlético. Foto: Goal.

Otro ejemplo, que quizás sea la clave: la tolerancia absoluta con todo lo que se hace, o más bien se perpetra, desde la directiva. Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo son delincuentes condenados, uno por estafar al Atlético de Madrid, otro por ser cooperador necesario en el crimen. Sin embargo, 30 años de lavado de cerebro en los medios hacen que en las tribunas apenas se oiga una voz más alta que otra contra ellos. Y eso que últimamente se están luciendo incluso más de lo habitual y han enrarecido el ambiente hasta un límite insospechado que, sin duda, está afectando al rendimiento deportivo.

Porque es de los dirigentes, y solo de los dirigentes, la culpa de que el Atlético haya sido sancionado y lleve desde el verano de 2016 sin poder incorporar un solo jugador. Es frecuente, y con razón, que se aluda al castigo como una de las causas de la caída en rendimiento de una plantilla que necesita refuerzos, sobre todo en delantera, pero se olvida de forma sistemática (¿e interesada?) que el que cometió irregularidades a la hora de fichar niños extranjeros, y el que no se molestó en pedir la suspensión cautelar que solicitó el vecino blanco, no fue ni Simeone ni Fernando Torres.

Es también de los dirigentes la ocurrencia de cambiar de estadio, una mudanza innecesaria (apenas se han ganado 15.000 asientos con respecto a un campo como el Calderón, Categoría 4 UEFA, que raramente colgaba el cartel de “no hay billetes”), costosísima para las ya de por sí maltrechas arcas del club, y que de momento lo que está causando es perjuicios a los seguidores, obligados a exiliarse a 16 kilómetros de su casa. El traslado, además, se está gestionando de forma lamentable, con episodios bochornosos como el de la placa de Hugo Sánchez o, en un páramo en medio de la nada, el desmantelamiento de las carpas en las que se reunían los hinchas; por este motivo el Frente Atlético, principal y casi único motor de animación en la “mejor afición del mundo”, se declaró en huelga contra el Villarreal. Y se notó, vaya si se notó.

Parece, de hecho, que todo lo que hacen está orientado a enfurecer al hincha atlético. No contentos con el desalojo, en el campo nuevo han hecho tragar con un nombre comercial chino a una masa social tan apegada a sus tradiciones como la colchonera. Y peor aún, se han sacado de la manga un cambio de escudo que, más allá de consideraciones de diseño gráfico y de utilidad de cara a las imprentas y a los community managers, hasta ahora solo ha servido para crear un cisma difícil de salvar a corto plazo entre compañeros de grada.

Con un ambiente tan enrarecido en lo social lo extraño no es que el equipo se haya visto afectado, sino que la repercusión haya sido tan relativamente pequeña: de 13 partidos jugados se han empatado muchos, pero únicamente se ha perdido uno. Dirá el lector que todo esto está muy bien, pero que también habrá causas puramente deportivas en las que el cuerpo técnico tendrá su cuota de responsabilidad. No le falta razón, es justo reconocerlo.

Diego Pablo Simeone, entrenador del Atlético de Madrid. Foto: Goal.
Diego Pablo Simeone, entrenador del Atlético de Madrid. Foto: Goal.

El Cholo no está sabiendo dar con la tecla para que encajen las piezas, las mismas que el año pasado llegaron a semifinales y el anterior se plantaron en la final. La defensa da más sensación de fragilidad (aunque los números lo desmienten: con solo 6 goles encajados en Liga en 10 jornadas, a este ritmo acabaría el campeonato con 23, que sería el segundo mejor registro de la era Simeone). El centro del campo ya no impone tanto como antaño y sigue dependiendo de la garra del capitán Gabi y sus 34 años. Pero sobre todo el problema está arriba: aunque se generan infinidad de ocasiones, cuesta horrores transformarlas en gol.

A esto se le suma el ínfimo rendimiento de varios jugadores. De algunos (Gaitán, Vietto) era de esperar vistas sus temporadas anteriores, en cierta sección de la tropa se comprende el bajón por su edad cada vez más avanzada, mientras que la decadencia de otros es muy sorprendente. En particular, es sangrante el caso de Antoine Griezmann, gran estrella mundial, Balón de Bronce en 2016, que esta temporada ha caído en la irrelevancia. Sus dos goles en ocho partidos distan mucho de lo que es capaz de hacer. ¿Puede haber una causa extradeportiva derivada de sus, dicen, ganas frustradas de haberse largado en verano? No deja de ser una especulación en la que no procede profundizar.

En condiciones normales Simeone les sentaría en el banquillo y buscaría alternativas. Pero volvemos a lo mismo: no estamos en condiciones normales. Como no ha podido fichar y además Tiago se ha retirado, el Atlético cuenta ahora mismo con una plantilla corta, de 22 jugadores, de los que tres son porteros y al menos dos (Vrsaljko y Augusto) han pasado más tiempo en la enfermería que en los entrenamientos. No se llega al mínimo deseable de dos por puesto. Vitolo y Costa llegarán en enero (la tardanza en la incorporación del hispanobrasileño es sangrante, puesto que es el único hombre que el entrenador lleva pidiendo dos años), pero hasta entonces hay que sobrevivir como se pueda.

¿Tirar del filial? No parece prudente buscar salvadores en un recién ascendido a 2ª B que deambula por mitad de la tabla en su grupo. El juvenil, tres cuartos de lo mismo: su ridículo fue todavía mayor en la Youth League, la versión de la Champions para categorías inferiores, ya que mientras que el primer equipo al menos logró rescatar un triste punto, los chavales de Manolo Cano perdieron en casa contra su homólogo azerí. De hecho, la situación de la cantera, en términos generales, es muy convulsa, aunque eso, más que para un artículo, daría para una enciclopedia.

Dadas las circunstancias, en definitiva, demasiado bien está aguantando un barco que, con otro patrón que no fuera don Diego Pablo, hace tiempo que habría naufragado. La incompetencia, o mala fe, de la cúpula del club ha abierto vías de agua que no podrán parchearse hasta enero. Hasta entonces, lo más sensato parece seguir apoyando al líder que ya ha demostrado en varias ocasiones que es capaz de hacer milagros… y desconfiar de todos los demás.

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