El mayor experto en atletismo de Twitter en español es un indigente que vive en un parque de Madrid

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El tuitero de atletismo Joaquín Carmona. Foto: Twitter @AlfredoVaronaA
El tuitero de atletismo Joaquín Carmona. Foto: Twitter @AlfredoVaronaA

Si eres aficionado al deporte de las carreras, los saltos y los lanzamientos, y además usas las redes sociales, probablemente te hayas encontrado con alguna que otra publicación suya. Porque, con más de 17.000 seguidores, Joaquín Carmona es uno de los tuiteros especializados en atletismo más conocidos de España. Sin embargo, pese a que firma con nombre y apellido y a que en su perfil aparece su foto, su identidad es muy misteriosa: muchos le han leído, pero pocos son los que le han visto alguna vez.

Lo que también era un enigma es por qué Carmona lleva sin publicar ningún mensaje desde el pasado 15 de marzo. Sus tres meses de silencio han dado pie a todo tipo de especulaciones, incluso la posibilidad de que hubiera caído víctima de la pandemia de coronavirus que ha paralizado el mundo. Pero una investigación de Alfredo Varona para el diario Sport ha disipado todas las dudas... aunque de una manera que, si bien no es tan trágica, tampoco nos habría gustado tener que oír.

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Porque Joaquín, tan crudo como suena, es un indigente que, a falta de techo, malvive en un parque de Madrid (ha optado por no especificar cuál). Entre sus escasísimas pertenencias, un ordenador portátil que usa para conectarse y tuitear. Algo que durante este tiempo no ha podido hacer debido a que la biblioteca pública a la que acudía para aprovechar la señal de WiFi ha permanecido cerrada.

“El último tuit lo puse en la estación de Atocha el día que empezó el estado de alarma y la policía me ordenó que me fuese antes de cerrar todo. Desde entonces, no tengo donde encender el ordenador ni donde cargar la batería”, explica Carmona. Aunque estas no son, ni mucho menos, sus únicas privaciones: “He cogido comida de los cubos de basura e, incluso, el colchón en el que duermo lo he encontrado en la calle”.

Pese a ser un experto reputadísimo en atletismo, Carmona no tuvo la oportunidad de vivir gracias a sus conocimientos, sino que iba saliendo adelante con lo que podía. Natural de Zamudio, un pueblo cercano a Bilbao, donde tuvo una infancia difícil como consecuencia de una familia desestructurada (“mi padre era alcohólico y mi madre enfermó muy pronto de manera que la pobre solo podía salir a la calle una vez al año porque vivíamos en un cuarto sin ascensor y costaba lo indecible manejarla”), no pudo completar su educación (“en tercero de BUP, ante la situación que había en casa, una vez que me quedé huérfano lo dejé”).

Emigró a Madrid a los 19 años y fue trabajando en lo que iba saliendo; repartió publicidad, estuvo en las consignas del estadio del Atlético, regentó durante un tiempo un quiosco de helados... pero desde que este último negocio se hundió, su vida se vino abajo. “Me he apuntado a Bolsas de Empleo público y alguna cosa temporal ha salido. de lo poco que he ganado es de lo que voy tirando porque yo no gasto nada. Sólo lo elemental para comer, para subsistir”, explica.

¿Cómo ha acabado en la calle a sus 46 años? “Nunca lo pensé. Siempre había vivido en pisos compartidos. Incluso llegué a alquilar un estudio en Malasaña. Pero uno nunca sabe cuándo se puede torcer todo y a mí se me torció, y desde entonces no sé cómo salir de aquí”. No se ha planteado ir a un albergue porque dice que le han contado “situaciones horribles” a las que no se atreve a enfrentarse.

Lo más sorprendente es que un hombre en una situación vital tan difícil como la suya haya sido capaz, en paralelo, de convertirse en referencia nacional del atletismo, hasta el punto de que competidores profesionales le siguen y se han preocupado por su ausencia. Porque su cuenta de Twitter, hasta su desaparición tan abrupta de hace un trimestre, es un compendio completísimo tanto de información de actualidad como de efemérides y hasta de anécdotas, sin parangón en nuestro país, que solo puede conocer alguien que combine una memoria enciclopédica y una pasión ardiente por este deporte, además siempre con un rigor y una exactitud al alcance de muy pocos.

El inicio de su afición tiene nombre, apellidos y fecha concreta: “Desde que vi ganar a Jarmila Kratochvílová en el 800 en el Mundial de Helsinki 1983”. La atleta de lo que entonces era Checoslovaquia se impuso con una autoridad insultante, con casi dos segundos de margen sobre la segunda clasificada (la soviética Gurina), y estuvo a punto de batir su propio récord del mundo. “Me gustaba todo pero esa carrera se me quedó grabada”.

Twitter, donde lleva ya casi una década, es para él “una terapia que me desahoga de todo esto y que me permite escribir de una de mis grandes pasiones”. Le sirve, además, para reforzar, aunque sea mínimamente, su autoestima en una etapa vital tan dura. “El hecho de saber que en Twitter entretengo a la gente me lleva a pensar que por lo menos estoy haciendo algo bien”. Y tan bien: no solo le siguen tanto profesionales del atletismo como periodistas especializados, sino que sus publicaciones a menudo superan con holgura los varios centenares de interacciones, algo que ya gustaría a muchos community managers profesionales.

La revelación tan dura de su situación actual sirve también, en parte, para desmontar una especie de leyenda que había surgido en torno a su figura, puesto que nadie sabía a ciencia cierta quién había detrás de una cuenta tan popular. Gerardo Cebrián, comentarista de atletismo para TVE y uno de los muchísimos seguidores de Carmona, llegó a pensar que podía ser un seudónimo. “Joaquín es infalible. No se equivoca nunca. No opina. No se mete en líos. Solo da datos, datos contundentes, que son los que marcan la diferencia”, decía con admiración hace apenas un par de días.

Resuelto el misterio de su paradero, ahora el mundo del atletismo debería encontrar una manera de sacar a Joaquín de una situación tan lamentable y aprovechar su talento. Llama mucho la atención que en todo este tiempo que lleva tuiteando con tanto éxito no le haya surgido ninguna oferta laboral (“solo una vez en el maratón de Logroño para hablar en una mesa redonda, pero al final se suspendió”). Alfredo Varona confía en que contar su historia sirva para que tan peculiar caso se dé a conocer y, ojalá, pronto haya una solución para que tan ilustre personaje pueda tener una vida digna.

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