Laporte confirma la farsa que son las selecciones nacionales

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Aymeric Laporte sentado en un banquillo
Aymeric Laporte en una convocatoria de la selección francesa con la que no llegó a jugar. Foto: Jean Catuffe/Getty Images.

Si Luis Enrique lo estima conveniente, la selección española de fútbol podrá contar con un refuerzo de lujo de cara a la próxima Eurocopa. Porque ayer mismo conocimos que el Consejo de Ministros ha decidido conceder la nacionalidad española al defensa central Aymeric Laporte, uno de los mejores defensas centrales de Europa: sin ser titular indiscutible, sí es una pieza importante en el Manchester City que acaba de proclamarse campeón de la Premier League inglesa y pronto jugará la final de la Champions. El trámite ha llegado a tiempo para que el seleccionador le incluya en la lista de 26 que disputarán el torneo continental, que debe darse a conocer en las próximas semanas.

Aymeric Jean Louis Gérard Alphonse Laporte es francés. Su nombre no deja lugar a dudas, y basta repasar su biografía para confirmarlo: nació en 1994 en Agen, la capital del departamento de Lot y Garona, en la parte más interior de Aquitania, al suroeste del territorio continental de nuestros vecinos. Allí se crio, pasando toda su infancia y buena parte de su adolescencia, hasta que en 2009 el Athletic Club de Bilbao se fijó en él durante un torneo juvenil y, forzando su propio principio de "solo vascos", le mandó un año a la cantera de un club de Bayona, en la parte de Euskadi que cae al otro lado de los Pirineos, y así tener la coartada moral necesaria para incorporarle. Al año siguiente, ya sin intermediarios, se incorporó a la disciplina rojiblanca, debutó con el primer equipo a las órdenes de Bielsa dos temporadas después y permaneció de rojiblanco hasta 2018, cuando su traspaso al norte de Inglaterra por los 65 millones de su cláusula de rescisión batió varios récords.

Ocho años en España pueden valer como excusa para su arraigo. Además, pese a haber ido convocado en varias ocasiones, no ha llegado a debutar con la selección francesa absoluta (sí jugó muy a menudo con las categorías inferiores). Por tanto, reglamento en mano, el movimiento es perfectamente legal, por mucho escozor que cause en París.

Pero digan lo que digan los papeles, Laporte seguirá siempre siendo francés. No ya desde el punto de vista de la identidad sentida, que en este asunto es irrelevante porque a fin de cuentas la pelota es igual de redonda a ambos lados de la frontera. Se ha criado en Francia y ha aprendido a jugar al fútbol en Francia con métodos franceses, entorno francés y entrenadores franceses, así que su cultura futbolística es eminentemente francesa.

Jugadores de la selección francesa saliendo del túnel de vestuarios.
Laporte (derecha) como integrante de la selección francesa dirigiéndose al banquillo de suplentes durante un partido amistoso en 2017... precisamente contra España. Foto: Xavier Laine/Getty Images.

Eso ni mucho menos es malo. Los distintos clubes de fútbol de todo el mundo llevan explotando las ventajas de las distintas escuelas de talentos gracias al mercado de fichajes. Con contadísimas excepciones (que suelen estar ligadas o bien a falta de recursos económicos o bien a una "filosofía" que como herramienta de marketing queda muy bien pero luego suele ser bastante flexible según las necesidades), la época en la que un equipo solo jugaba con gente de su tierra quedó atrás hace muchísimas décadas. Ya hasta se compran y venden niños.

Se supone que las selecciones nacionales son el último reducto del romanticismo, el único espacio que nos queda en el que el fútbol responde no al negocio sino a los sentimientos de pertenencia. En las selecciones los jugadores representan a su tierra y compiten por el orgullo de sus raíces. O esa es la película que nos intentan vender y que cada vez resulta más difícil de creer.

Porque el caso de Laporte demuestra que todo eso es falso y que en realidad es una cuestión de conveniencia. Él mismo ya había repetido a lo largo de su carrera que su aspiración era jugar para Francia, y de hecho no dudó en aceptar la llamada de Deschamps cuando le invitó a ir con el grupo aunque no le hiciera saltar al césped. El único motivo de que ahora venga con España es que en su patria no le han querido. 

Así, nuestra Real Federación lo que ha hecho es un fichaje en toda regla. Ha detectado una oportunidad y ha puesto en marcha la maquinaria para integrar en sus filas a un foráneo. La única diferencia con lo que hace cualquier club del mundo todas las pretemporadas y todos los inviernos es que el mercado está más regulado y las normas para incorporar gente nueva son más rigurosas.

No es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo. Recordemos que España ganó la Eurocopa de 2008, la que abrió el ciclo glorioso bajo Luis Aragonés y Vicente del Bosque, con el muy brasileño Marcos Senna como eje en el centro del campo. Sus compatriotas Diego Costa y Donato o los argentinos Pernía y Pizzi son ejemplos similares relativamente recientes. Si nos vamos más atrás aparecen nombres muy ilustres como el también albiceleste Di Stéfano o los húngaros Puskás y Kubala.

Diego Costa, jugando con la selección española, manda callar a alguien llevándose la mano a la boca mientras el árbitro discute con un jugador de Países Bajos.
El brasileño Diego Costa (izquierda) es el caso más reciente de nacionalizado en la selección española. Foto: Javier Soriano/AFP via Getty Images.

Tampoco es un fenómeno exclusivamente nuestro. La misma Italia donde el mediocentro habitual es el brasileño Jorginho ganó su último Mundial, el de 2006, con el argentino Camoranesi en el once, e históricamente se ha nutrido de sudamericanos con algún transalpino entre sus ancestros. Abundantes países del este de Europa cuentan con foráneos más o menos disimulados, como el "ruso" Mário Fernandes, el "ucraniano" Júnior Moraes, el "búlgaro" Cicinho Gusmão, el "rumano" Mário Jorge Camora o el "griego" Zeca Gonçalves.

Los patrones suelen repetirse. A menudo se trata de futbolistas que probablemente no tengan el nivel suficiente para jugar donde les correspondería y aprovechan que militan en el equipo de algún país más débil para hacerse con su pasaporte y ganarse con facilidad un hueco en las convocatorias. En algunos casos la historia personal se reviste de tonos emotivos más o menos creíbles a criterio del espectador, como el de Pierre-Emerick Aubameyang, ese francés de Laval que decidió no ir ni con sus bleus nativos ni con la España de su madre... sino con Gabón, la tierra de su padre que él no había pisado más que de vacaciones antes de convertirse en héroe nacional.

Admitir las nacionalizaciones de futbolistas es desvirtuar por completo el concepto de competición entre países que justifica la existencia de las selecciones. Porque de esta manera en realidad el que rivaliza no es el fútbol del territorio correspondiente, no es el talento propio que se ha conseguido criar y desarrollar, sino que se trata de las estrellas que cada uno ha sido capaz de captar. No es una lucha entre naciones, sino entre federaciones nacionales, que no es ni mucho menos lo mismo.

Podemos seguir fingiendo que no nos hemos dado cuenta de la hipocresía, por el bien del espectáculo y del negocio, y porque aun así sigue siendo la forma más eficiente que hemos encontrado para canalizar el espíritu patriotero que muchos mantienen (y que la historia nos dice que puede ser muy peligroso si se escapa de otra forma). Pero más allá de la moralidad, en lo puramente futbolístico es hasta contraproducente, porque importar talento extranjero y ponerle la camiseta propia, aunque a corto plazo dé resultados, a la larga lo que hace es frenar las oportunidades de crecimiento para los jóvenes locales. Sin embargo, como siempre, el beneficio inmediato parece mucho más importante en la mente de quienes toman las decisiones. Cada uno se engaña a sí mismo como quiere.

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