Balseros cubanos: jugarse la vida por el sueño americano de las Grandes Ligas

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Niños jugando al beisbol en La Habana. Foto: Getty Images.
Niños jugando al beisbol en La Habana. Foto: Getty Images.

Quizás es un tanto complicado hablar del sueño americano en los tiempos que corren. Parece difícil pensar que, viéndose lo que se ve por televisión y lo que inunda las redes sociales, haya alguien dispuesto a jugarse la vida por llegar a Estados Unidos en busca de algo mejor de lo que ya tiene en su país. Pues imaginen qué es eso que tienen… La vía de entrada (ilegal) en territorio del tío Sam por el sur del país es una aventura que algunos pueden contar, pero que también se cobra víctimas constantemente, algunas sin que jamás sean conocidas. Los largos y costosos papeleos pueden acabar en forma de green card -una residencia permanente que es renovada cada 10 años- o visado, pero en la mayoría de los casos no es así, dando paso a la desesperada mentalidad del llegar a toda costa o quedarse en el camino. Jugársela puede significar estar un paso más cerca de la gloria y uno más lejos del sufrimiento, pero también arriesgarse a desaparecer para siempre, sin una despedida digna. Algo que han hecho a lo largo de la historia muchos jugadores de béisbol cubanos, que han huido de su país para probar suerte en la tierra prometida de la pelota.

Hasta 2017, año en que fue abolida, los inmigrantes indocumentados que llegaban a Estados Unidos desde Cuba se acogían a la ley de ‘pies secos, pies mojados’, que diferenciaba a los que eran capaces de llegar a tierra y los que eran interceptados por la guardia costera antes de lograrlo. Los que pisaban suelo estadounidense, se podían quedar legalmente en el país y solicitar una tarjeta de residencia permanente pasado un año y un día de la fecha de llegada a Estados Unidos. Los que eran detenidos o bien eran devueltos a su país o, si solicitaban asilo político, se les reubicaba en ‘países amigos’. Un tipo de inmigración que no hacía ninguna gracia en Estados Unidos, pero a la que no se prestaba atención cuando se trataba de personas cualificadas para realizar un trabajo, normalmente mal pagado, o brillar ante los focos del entertainment norteamericano. En el segundo caso los visados volaban, las puertas se abrían de par en par y la sociedad y la política estadounidense esperaban para dar el mayor de los abrazos con el que la doble moral puede recibir a cualquiera… sobre todo si es un deportista.

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Hasta 28 peloteros cubanos tenían el puesto asegurado en las Grandes Ligas de cara a la temporada 2020 que todavía está en el aire por culpa de la pandemia mundial por coronavirus. Cada uno con su propia historia. Desde la de ‘El Duque’ Hernández y su hermano Liván, contada magníficamente en el documental de ESPN Brothers in Exile, a la del lanzador con un misil por brazo Aroldis Chapman, pasando por las de dos iconos del béisbol cubano de los últimos años.

El indomable carácter cubano

“Todos los periodistas que se vayan a mamar un huevo”. Estas palabras, fruto de la inmadurez y la falta de adaptación al medio, marcaron la primera temporada de Yasiel Puig en las Grandes Ligas. El espectacular pelotero cubano, que brilló en sus primeros años en Los Angeles Dodgers y cuyos batazos dieron paso a una celebración por parte del locutor oficial del conjunto californiano en forma de “¡Viva Cuba! ¡Viva Puig!”, es uno de esos desertores cubanos que persiguieron el sueño americano y lo encontraron. Su camino hasta USA fue de película.

En 2011, después de dar sus primeros pasos como profesional en el béisbol cubano, Puig trató de desertar aprovechando su participación en un torneo internacional que se disputaba en Holanda, pero no lo consiguió y fue castigado sin jugar durante la siguiente temporada. Un año sin tocar pelota en partido oficial podría suponer el final de una carrera que casi no había hecho más que empezar, así que se la jugó nuevamente y se embarcó en una balsa que tenía Miami como destino. Sin embargo, y muy a su pesar, una patrulla de la Guardia Costera de Florida interceptó el bote a pocas millas marítimas de la costa. Su segundo intento de escapar de Cuba tampoco fructificaba, aunque dejaba para la posteridad una anécdota de lo más particular. El intérprete del barco estadounidense entabló cierta relación con el pelotero durante las más de 24 horas que tardaron en repatriar a los integrantes de la patera, y pidió a Puig que le firmase dos pelotas de tenis que andaban vagabundeando por el navío. “Por si se convertía en alguien famoso algún día, ya que todos decían que ese joven era muy bueno”, explicó sin mostrar su cara el policía en una entrevista con ESPN. Un año después la misma rúbrica sería estampada en incontables bolas de béisbol.

A la tercera fue la vencida. Yasiel Puig abandonó la isla y pudo llegar a México, donde tramitó sus papeles de residencia y fue captado por los ojeadores de Los Angeles Dodgers. La franquicia estadounidense le ofreció un contrato de siete años y 42 millones de dólares. El pelotero cubano no se lo pensó y en 2013 se convirtió en una de las sensaciones de la MLB. Los Dodgers pasaron de ser el peor equipo de la Liga a convertirse en el conjunto con el mejor balance de victorias y derrotas. La combinación de productividad y espectacularidad de la que hacía alarde Puig le colocó en el candelero, pese a varias salidas de tono. Yasiel no tenía prácticamente trato con la prensa y desconfiaba de ella. El cubano manejaba sus propias reglas dentro del vestuario y en el terreno de juego, provocando reacciones de rabia entre sus rivales y siendo venerado por los fans. Cuando fue traspasado a los Cincinnati Reds en 2019, el público latino lamentó especialmente su marcha. Ahora trata de encontrar su sitio en los Cleveland Indians.

Aguas de doble filo

La historia de Yasiel la comprarían muchos cubanos con aspiraciones de peloteros. Como también lo harían con la del tristemente fallecido José Fernández, cuya aventura hasta pisar suelo estadounidense le marcó dese muy joven. Con 21 años se erigió como una las estrellas de la MLB. Su sonrisa encandilaba a los medios y los fans, mientras que su impresionante brazo y sus eléctricos lanzamientos atemorizaban a sus rivales, tanto que ya en época colegial apodaron a su bola curva ‘The Defector’ (‘La desertora’). Aunque su mayor virtud era la de contagiar a todo el mundo de su pasión por el béisbol y la forma en la que se divertía desde que llegaba al estadio. “El día que pierda la sonrisa y deje de divertirme jugando pelota no tendrá ningún sentido seguir”, me contó años atrás antes de un partido.

Sin embargo, el camino de Fernández hasta Estados Unidos tampoco fue fácil. Intentó desertar en tres ocasiones sin éxito, yendo a prisión en cada una de ellas, y lo consiguió a la cuarta con tan solo 16 años, allá por 2008. “Nunca pensé en tirar la toalla. No tenía vida en Cuba. Todo lo que amaba hacer me lo habían quitado porque me prohibieron jugar pelota tras ser detenido, así que dije que o llegaba o no contaba la historia”, me confesó sin ni siquiera titubear. Siguió los pasos de su padre, que desertó en 2005, tomando una balsa junto a su hermana y a su madre, a la que rescató del agua cuando ésta cayó a mar abierto. “Como era el deportista del grupo, mi trabajo consistía en ayudar a la gente si tenía problemas de ese tipo”, explicaba el joven, que no supo que la mujer que estaba a la deriva era su progenitora hasta que estuvo junto a ella en el agua.

Después de este sobresalto, Fernández llegó a Cancún y desde allí atravesó la frontera entre México y Estados Unidos por la zona de Texas. La parte más dura de la aventura había quedado atrás. “El consejo que daría a los chicos que están en una situación como en la que estaba yo es que se aseguren de que, si van a salir de Cuba, lleguen a Estados Unidos y a Grandes Ligas”. Precisamente eso fue lo que hizo José. Tras su paso por el instituto y las Ligas Menores, el lanzador cubano debutó con los Miami Marlins en abril de 2013. Con sólo 21 primaveras, su primera temporada en la MLB fue catalogada como histórica. Su bola rápida rozó constantemente los 160 km/h y disputó el All-Star Game en su primer año como profesional, representando no sólo a Miami, sino al barrio de la Pequeña Habana y a toda Cuba. Un país del que Fernández recordaba muchas cosas buenas (“las malas las he olvidado”), pero del que echaba mucho de menos a su abuela… hasta que se reencontró con ella en la ciudad de Florida, gracias a la intervención de la franquicia para la que jugaba, el día en el que la Liga le consideraba el mejor novato de la competición y la comunidad cubana de Miami un héroe nacional. Lamentablemente, José Fernández nos dejó demasiado pronto, cuando falleció a los 24 años al sufrir un accidente en lancha, perdiendo la vida en las mismas aguas en las que años atrás se lo había jugado todo, como tantos que no llegan y de los que nunca se hablará.

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