Este Barça destila perfume de tristeza

Este Barça destila perfume de tristeza
Este Barça destila perfume de tristeza

Si un aficionado del Barça mira la clasificación, es feliz. Si mira el juego de su equipo, no puede serlo. El equipo de Valverde remontó y ganó en casa del colista con dos goles de pelota parada - cinco de sus últimos seis tantos son acciones a balón parado-, y mantiene el liderato. Desde el prisma de la eficacia, nada que objetar. El fútbol profesional es ganar. Eso sí, desde el punto de vista de la segunda premisa de un equipo de la dimensión y presupuesto del Barcelona, obligado a ganar pero también a gustar, el equipo deja cada día más dudas. Los entrenadores sostienen que los periodistas no tenemos ni idea de fútbol. No es retranca, es realidad. Lo preocupante para los profesionales del balón llega cuando hasta los periodistas, que debemos reconocer nuestro estatus de ilustres ignorantes, captamos la permanente vulgarización de un conjunto de estrellas que, a cada partido que pasa, mengua como equipo.

No es que el presente del Barça sea apocalíptico, porque cualquier otro firmaría sus puntos y su posición, pero el fútbol del equipo empieza a ser preocupante. Ya no es noticia. Tampoco lo es que este Barça, después de las millonadas invertidas en el último lustro, depende cada día más de Messi. Él siempre ha tirado del carro. Lleva años haciéndolo, pero cada día que pasa está más solo. Una vez más, el Barça demostró una fragilidad extrema fuera del Camp Nou. Ya no es anécdota, es categoría. Y denunciarlo ya no es un capricho periodístico, sino una obligación. Durante una hora larga, Aguirre le cantó “las mañanitas” a Valverde. La receta del mexicano fue eficaz: repliegue, intensidad, orden y contragolpe. Nada del otro jueves, pero suficiente para que el líder pareciera el colista y el colista, el líder. Y aunque los periodistas no tengamos la pericia futbolística que sí tienen los entrenadores, eso se percibió durante un primer tiempo en el que Valverde pareció hacer lo posible y lo imposible para perder. Lo peor para los aficionados del Barcelona es que ya no sorprende. No es algo puntual. Ya es tendencia.

Algo pasa cuando el lenguaje corporal de Griezmann es el de un jugador que sufre y no disfruta. Algo pasa cuando Messi debería gozar en cada partido y cada día tiene más peso en la mochila. Algo no va bien cuando tienes los mejores centrocampistas de la Liga y sueles prescindir de ellos sin motivo. Algo no está bien cuando el Barça, partido a partido, se desnaturaliza cada día más. Algo falla cuando un equipo que jugaba como los ángeles cada día se toma más días libres. Algo tiene muy mala solución cuando un equipo que divertía al aficionado neutral empieza a aburrir a sus propios hinchas. Y nada bueno espera a un equipo que destilaba fragancia de buen fútbol y ahora desprende perfume de tristeza. El Barça pasó años conjugando los dos verbos mágicos del fútbol: ganar y gustar. Ahora sigue ganando, pero cada día gusta menos. Eso lo ve cualquier periodista. También cualquier aficionado. Mal asunto. Y no se trata de fustigar al Barça con gratuidad, sino de poner de manifiesto algo realmente sencillo: este Barça, aunque gane, destila perfume de tristeza. Y eso es un pecado capital teniendo a Messi.

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Rubén Uría


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