El Barça no es el Milán (todavía)

Dani Senabre
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Ansu Fati of Barcelona gestures during the Liga match between Deportivo Alaves and FC Barcelona at Estadio de Mendizorroza on July 19, 2020 in Vitoria-Gasteiz, Spain. (Photo by Jose Breton/Pics Action/NurPhoto via Getty Images)
Foto: Jose Breton/Pics Action/NurPhoto via Getty Images.

Con la misma precisión quirúrgica y sentido del ritmo que demuestra en un dribbling en el terreno de juego, Leo Messi midió los tiempos perfectamente ayer ante el micrófono de Ricardo Rosety. El mismo micrófono en el que el argentino desató los infiernos unos días antes, encendiendo un fuego que ayer apagó con la elegancia con la que desarma defensas y bate a porteros. Lo tenía todo calculado. Ante Osasuna, además del bochornoso encuentro, pensó que el parte metereológico culé pedía a gritos un poco de tormenta. Ayer, el hombre del tiempo decidió que , dado que vamos a estar quince días sin fútbol, era mejor que reinase la calma.

El mejor futbolista de la historia (y meteorólogo a tiempo parcial) ya lleva décadas marcando el norte en la brújula de este club. Para bien o para mal. Lo hace con sus goles y asistencias, nada nuevo bajo el sol. Últimamente se está aficionando a hacerlo también fuera del verde. Con sus palabras, sus decisiones, sus conatos de follow a otros clubes o sus historias en Instagram. Leo sabe que tiene las llaves del club y que no hay nadie por encima de él. Nadie tiene más autoridad que él. Leo es el Barça.

¿Es eso aconsejable, es ese el mejor modelo del club para una entidad centenaria? No importa si su respuesta es afirmativa - basándose en los méritos del personaje- o negativa -apoyándose en la filosofía de club-. No importa, porque la realidad es que no hay alternativa. En otras épocas tal vez hubiera disyuntivas de liderazgo: Messi o Guardiola, Messi o Laporta. En su momento, incluso hasta Messi o Luis Enrique.

Hoy no hay nadie al otro lado. Ya hace unos cuantos años. Con Setién. Con Valverde. En definitiva, con Bartomeu.

Si no se lo creen, les ruego que agarren nuestra mano y nos acompañen en este viaje. Desde 2017 hasta aquí, coincidiendo con la llegada de Ernesto Valverde al banquillo del Camp Nou, Leo ha marcado todos y cada uno de los tempos del club. Ha pasado de prometer esa linda copita a decir que no nos alcanza para ganar la Champions

Nadie le ha corregido. Nadie ha osado contradecirle. El único que se ha atrevido, el recién llegado Quique Setién, ha salido escaldado. Leo decide cuando es tiempo de traer la cosita (se quedó muy cerca de conseguirlo), cuando es tiempo de alertar sobre el nivel del club para competirla o de , directamente, decir que no van a ganar ni al Nápoles.

Posiblemente ningún capitán de la historia de ningún equipo de fútbol que está disputando la máxima competición continental se atreve a decir que no van a ganar el próximo partido y van a caer en la eliminatoria. Ni el capitán del Basilea. Ni el capitán del Maccabi Haifa. Muy negro lo tiene que ver Leo para lanzar esa bomba y luego quedarse a ver la onda expansiva hasta decidir volver a desactivarla.

El propio culé ha acompañado a Leo en esos bandazos. El aficionado -y la prensa- ha pasado de llenarse la boca con el triplete (justo después de ganar al Liverpool en el Camp Nou) a asegurar que no se puede ganar al Nápoles jugando así. Entre ambas aseveraciones ha pasado únicamente un año.

De la misma manera, el barcelonismo ha pasado de ilusionarse con los fichajes de De Jong o Griezmann a ahora decir que hay que echar a la mitad de la plantilla porque están viejos y no saben correr. Los problemas del Barça son numerosos e innegables y van a tener difícil solución pero nos negamos a hincar la rodilla ante los que aseguran que esto es el Milan y que el Apocalipsis ha llegado para quedarse. Si el Milan (y el United, otro ejemplo que se arroja de malas maneras encima de la mesa) se convirtieron en el cementerio de elefantes que son hoy, varios escalones por debajo de la superpotencia mundial que fueron durante un siglo, fue efectivamente por una política económica y de contratación que Bartomeu parece empeñado en reproducir pero principalmente por una falta de TALENTO JOVEN alarmante. Y de eso, señores, el Barça va sobrado. No pueden decirme ustedes que con Ter Stegen, Riqui, De Jong o Ansu, el futuro del equipo está en el mismo punto en el que lo estaban rossoneri y red devils. Detrás de Maldini y Ryan Giggs, cuyas carreras y contratos se exprimieron hasta límites insospechados, no había casi nada más. Aquí tenemos al mejor portero del mundo y a dos de los centrocampistas más prometedores de toda Europa.

Así que sí, señalemos a los culpables y repartamos responsabilidades. Ahí nos encontraran los primeros porque llevamos años haciéndolo y tenemos cicatrices (y muescas en el revólver) para demostrarlo. Pero no nos hagan creer que la plantilla del Barça es de las peores de Europa o está pasada de moda. Les aseguro que Jurgen Klopp o Pep Guardiola cambiarían a muchos de sus futbolistas por varios de los que hay en el vestuario del Camp Nou. Hasta el Real Madrid campeón de Liga preferiría la delantera del Barça a la suya (la defensa ya es otro tema). Un Madrid que por cierto encadenó varias Copas de Europa seguidas con una columna vertebral de edad parecida a la del Barça actual. Ninguno de los sabios que etiquetan al Barça como un equipo de octogenarios acabados esgrimió ese argumento cuando Keylor Navas, Ramos, Modric o Cristiano se hartaron de ganar orejudas. Tal vez hay que mirar menos el DNI y más las neuronas de la gente que toma decisiones en las altas instancias del club.

En cualquier caso, no importa si ustedes creen que la plantilla azulgrana está repleta de dinosaurios cercanos a la extinción o si, como quien escribe, consideran que el problema está menos en la plantilla y más en la dirección de la entidad.

Tanto si piensan una cosa como si piensan la otra, lo único que nos queda hacer es estar atentos al próximo parte metereológico del hombre del tiempo.

En Agosto. En Lisboa.

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