El presidente del PSG es un monstruo creado por los que hoy le insultan

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Retrato de Nasser Al-Khelaifi llevándose la mano al pecho.
Nasser Al-Khelaifi, presidente del PSG. Foto: Carlos Costa/AFP via Getty Images.

Como si no tuviera suficientes jaleos internos entre la trayectoria deportiva irregular que está sufriendo este año, los incontables conflictos extradeportivos, la agonía económica consecuencia tanto del coronavirus como de una gestión al menos cuestionable y el estrés derivado del proceso electoral, ahora parece que el Barcelona se ha buscado un nuevo gran enemigo externo. En el fondo no es mala idea, porque con tanta división de puertas para adentro viene hasta bien tener un frente común de unidad, aunque se base en la hostilidad contra alguien de fuera. La víctima responde al nombre de Nasser Al-Khelaifi y, aunque en su juventud tuvo una carrera más bien poco brillante como tenista profesional, hoy por lo que se le conoce es por su faceta como presidente del París Saint-Germain.

El dirigente, catarí de nacimiento, ha sido increpado a su llegada a Barcelona al frente de la delegación francesa de cara al partido de octavos de final de la Champions League que enfrentará a ambos clubes. Entre otros insultos menos reproducibles, destaca la frase "deja a Messi, ladrón" que le dedicó algún hincha culé cuando se disponía a entrar en un hotel de la ciudad catalana.

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El contexto es sabido: ante la muy convulsa situación de Leo Messi en el Barcelona, incluyendo el amago de salida que protagonizó el verano pasado, los de la capital gala son los mejor posicionados para ficharle si finalmente se marcha. La prensa del país vecino, particularmente France Football, llevan tiempo insinuando la posibilidad e incluso vistiendo al argentino en portada con la camiseta rojiazul y el escudo de la torre Eiffel. Y eso, claro, no hace ni pizca de gracia a la afición azulgrana, temerosa de perder a su superestrella.

Que buscan desestabilizar teniendo en cuenta la eliminatoria que enfrenta a ambos bandos. Que no es ético tantear a jugadores con contrato en vigor. Que el número 10 es un icono del barcelonismo y robárselo sería un ultraje. Estos argumentos, u otros similares, son los que usan los seguidores azulgranas contra Al-Khelaifi y contra el PSG en general. La idea se refuerza porque los parisinos tienen mucho, muchísimo dinero; no en vano el mandatario es poco más que el representante de los verdaderos propietarios de la entidad, es decir, la familia real de Catar a través del fondo soberano de inversión que gestiona los beneficios de la explotación del petróleo que tanto abunda en aquellas tierras.

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Parémonos un momento a analizar esto último. El problema, aparentemente, es que el PSG tiene ahora el capital por castigo y se puede permitir realizar inversiones multimillonarias tanto para fichar jugadores de primer nivel como para pagar los sueldos tan abultados que reclaman. Es decir, que se imponen por puro poderío económico. En castellano tenemos una frase hecha para esta situación: "a golpe de talonario".

Y si en nuestro idioma existe una expresión consolidada para esta circunstancia, es porque es un hecho que ocurre a menudo. En el fútbol, los ricos no han tenido reparos en esquilmar a los rivales más modestos, que se veían obligados a vender o bien por su propia precariedad económica o bien porque el futbolista en cuestión, seducido por los cantos de sirena que llegaban desde los grandes coliseos de nuestro balompié, exigía que se concretara el traspaso. Y si no, se pagaba la cláusula de rescisión correspondiente y se acababa cualquier discusión.

Braithwaite salta al campo mientras Griezmann se va al banquillo.
Cambio en un partido del Barça la temporada pasada: se fue Griezmann, entró Braithwaite. Foto: David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images.

¿Será casualidad que el Barcelona, que tanto se queja ahora, sea uno de los clubes que más han recurrido, dentro de España, a estas artimañas para reforzarse sin importarles lo afectados que se puedan ver los equipos de origen? Hay antecedentes para aburrir, pero por no irnos demasiado atrás en el tiempo podemos citar dos muy recientes. Uno es Martin Braithwaite, delantero que hasta hace justo un año militaba en el Leganés. Los azulgrana sufrieron la baja de Dembelé en su frente ofensivo y no dudaron en compensarla pescando en el sur de Madrid: soltaron los 18 millones de la cláusula, poca cosa para ellos, una fortuna para los pepineros, y el atacante danés cambió de camiseta en un momento. ¿Que los blanquiazules perdieron su principal referencia en ataque y acabaron bajando a Segunda? A nadie en el Camp Nou le importó.

Aquella operación al menos fue rápida y, aunque las consecuencias para el Leganés fueron permanentes, el dolor de la agresión duró poco. Sin embargo, los culés no siempre han obrado tan rápido. Bien lo saben en el Atlético de Madrid, que tenía en Antoine Griezmann a su principal estrella. De rojiblanco fue protagonista durante cinco temporadas, ganó títulos, llegó a ser Balón de Bronce y creció tanto que, en paralelo, fue el líder de la selección francesa campeona del mundo. Pues dos cursos completos tuvieron que sufrir los rojiblancos de rumores, dimes y diretes sobre su posible marcha a Barcelona, incluyendo un documental más bien vergonzoso, sobre todo visto en perspectiva, para anunciar que "se quedaba" en 2018, y un rendimiento discreto durante buena parte de la campaña siguiente. Todo para que al final, clausulazo mediante, acabara embarcando en el puente aéreo y aterrizando en El Prat sin billete de vuelta en el verano de 2019. Quizás Bartomeu se sentía culpable y por eso solo un año después le regaló a los colchoneros a todo un Luis Suárez...

Es el mercado, amigos. Así está montado el negocio del fútbol, y casi todos los demás en la vida. El pez grande se come al chico, quien tiene dinero se lleva a las grandes figuras, y no necesariamente lo hace con las mejores formas. Es la base del sistema de fichajes desde sus orígenes. Y precisamente quienes han trabajado para que funcione de esta manera son los ricos, como el Barça, porque siempre les ha resultado conveniente. Ahí está su sala de trofeos para acreditarlo.

Los culés quizás no contaban con que en algún momento iba a llegar alguien con más músculo financiero que ellos. El PSG se ha convertido en una especie de grano que les causa mucho escozor, como ya se comprobó con el fichaje de Neymar allá por 2017, y lo de Messi puede hacer que la irritación sea insoportable. Pero enfurecerse porque alguien se aprovecha de la estructura que ellos mismos han contribuido a montar, y de la que tanto se han beneficiado en el pasado, es como mínimo incoherente, y también bastante hipócrita. 

Eso sí, aviso a navegantes: no conviene reírse de las desgracias azulgranas actuales, porque el sistema es igual para todos y la codicia del PSG y de Al-Khelaifi probablemente no se frene con Messi. Hay que recordar que aquí nadie está libre de peligro, aunque no tenga rayas en su camiseta. El monstruo puede reventar el mercado, sí, pero lo hará usando las mismas estratagemas que han empleado durante años todos los demás.

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