Erdogan, el gran beneficiado de la polémica racista en la Champions League

Luis Tejo
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Erdogan jugando un partido de fútbol con la camiseta del Basaksehir.
Recep Tayyip Erdogan jugando con el Basaksehir en 2014. Foto: Burak Akbulut/Anadolu Agency/Getty Images.

El partido de Champions League de anoche entre el París Saint-Germain y el Basaksehir de Estambul parecía que iba a ser un mero trámite, toda vez que los turcos ya estaban eliminados y para los franceses la posibilidad de quedarse fuera era remotísima; el único misterio era ver si pasaban a octavos como primeros o como segundos de grupo. Con tan escasos alicientes el balón empezó a rodar en el Parque de los Príncipes, y todo transcurría con relativa y anodina tranquilidad hasta que un hecho insólito lo puso todo patas arriba. Un supuesto insulto racista del cuarto árbitro hacia un integrante del cuerpo técnico del equipo oriental acabó derivando en la negativa a jugar por parte de ambas plantillas y la suspensión del partido, que se deberá reanudar hoy con jueces distintos.

El asunto está pendiente de esclarecerse, algo para lo que, entre otras cosas, hace falta conocer la versión de todos los implicados. La UEFA, organizadora de la competición, deberá investigar lo sucedido y, si procede, establecer las sanciones oportunas y depurar responsabilidades. De momento, hay una persona que ha aprovechado la confusión para lavar su imagen: Recep Tayyip Erdogan.

El presidente de la República de Turquía no tardó en publicar un tuit muy contundente al respecto que le ha hecho quedar muy bien:

Condeno enérgicamente los comentarios racistas hechos contra Pierre Webó, uno de los miembros del equipo técnico de nuestro representante Başakşehir, y creo que la UEFA tomará las medidas necesarias. Estamos incondicionalmente contra el racismo y la discriminación en el deporte y en todos los ámbitos de la vida.

Aunque es muy poco probable que haya habido premeditación y que a nadie se le hubiera ocurrido intencionadamente montar este escándalo justo ahora, lo cierto es que el momento no ha podido ser más adecuado. En los últimos meses Erdogan ha estado en primera línea de la actualidad por su posición muy beligerante contra el gobierno francés, y en particular contra el presidente Emmanuel Macron, por lo que él considera represión del islam en territorio europeo, y que desde el ejecutivo galo presentan como medidas para evitar que el fundamentalismo musulmán se extienda y cause tragedias como el asesinato de un profesor que había mostrado a sus alumnos caricaturas de Mahoma el pasado octubre.

El hecho de que el episodio haya ocurrido justo en París, la capital de su nuevo archienemigo, da un carácter simbólico extra a un Erdogan que ha tardado poco en posicionarse como defensor de la tolerancia y enemigo de la discriminación. En efecto, el mandatario turco hoy mismo no ha dudado en cargar contra Francia, país del que dice que “se ha convertido en un lugar donde se refuerzan los discursos racistas”.

Futbolistas del Basaksehir alineados antes de empezar un partido.
Equipo del Basaksehir alineado antes de empezar el partido contra el PSG. Foto: Xavier Laine/Getty Images.

Es una estrategia comprensible, considerando que a Erdogan no le viene nada mal cualquier cosa que pueda servir para justificar un nuevo ataque verbal contra Macron y Francia, y de paso identificarse como antirracista y lavar su imagen autoritaria, casi dictatorial. Su partido, Justicia y Desarrollo, es de ideología islamista, algo que contrasta y causa no pocas fricciones en un país que, desde la caída del Imperio Otomano, se enorgullece de su carácter laico. Y si por algo se ha caracterizado el mandato del dirigente, presidente desde 2014 y antes primer ministro desde 2002, es por su respeto más bien escaso a la libertad de expresión y de prensa y su poco apego por los derechos humanos.

Precisamente con respecto al racismo tampoco debería hablar demasiado alto Erdogan. Uno de los principales focos de conflicto en Turquía es la minoría kurda, que se estima entre 15 y 20 millones de personas (redondeando, casi un 20 % de la población total) y se concentra sobre todo en el este del país. Si bien la represión de su cultura y su idioma ha sido prácticamente una constante en el estado turco moderno desde hace un siglo, Erdogan no solo no ha hecho nada para aliviarla, sino que se ha posicionado claramente contra ellos en el conflicto de la vecina Siria, donde también hay una bolsa de población kurda muy numerosa.

Basaksehir, instrumento del régimen

En toda esta historia no es desdeñable el detalle de que el club turco implicado en los acontecimientos sea el Basaksehir. Normalmente se podría decir algo así como que Erdogan es del equipo, refiriéndonos a que es uno de los (escasos) aficionados que lo apoyan, pero aquí es más bien al revés: el equipo es de Erdogan, en el sentido de que está concebido y funciona como herramienta propagandística.

A muchas personas que estén un poco interesadas en el fútbol internacional pero no se hayan involucrado a fondo en su evolución reciente en Turquía les sorprenderá que el protagonista no sea el Galatasaray, el Fenerbahçe o el Besiktas. Estos tres colosos han sido siempre los grandes dominadores del balompié nacional y los únicos que han alcanzado cierto renombre fuera de sus fronteras. Pero en los últimos tiempos se ha metido por medio un nuevo actor.

El nombre de Basaksehir alude al distrito de Estambul en el que se encuentra asentado, en el lado europeo de la ciudad. Pero, al contrario que otros, su fundación es reciente y la entidad está ligada desde el principio a la administración. De hecho, nació como ISKI SK, que es el acrónimo en lengua turca de la compañía municipal de distribución de agua potable, en 1990; apenas cuatro años más tarde, Erdogan se convertiría en alcalde de la urbe.

La entidad, con escasa hinchada pero con respaldo inequívoco de las autoridades, fue creciendo y escalando niveles en el fútbol turco para, primero, asentarse en la máxima categoría, en la que llevan desde 2007 (salvo por un descenso en 2013 rápidamente arreglado al año siguiente), y después convertirse en una de las grandes potencias, capaces de hacer sombra a los gigantes históricos. Hasta el punto de que, tras un par de subcampeonatos en años anteriores, el curso pasado por fin lograron coronarse como los ganadores de la Superliga turca.

La vinculación del Basaksehir con el poder es pública y notoria. Uno de los principales patrocinadores de la entidad, que durante un tiempo hasta le dio su nombre, es Medipol, cuyo fundador, el doctor Fahrettin Koca, ostenta hoy el cargo de ministro de Sanidad. Los altos cargos de la entidad se relacionan o bien directamente con alguna rama de la administración o bien con Justicia y Desarrollo... o con ambas cosas a la vez. Para la lista de casualidades se puede sumar que el presidente del club, Göksel Gümüsdag (antiguo dirigente de la federación nacional de fútbol), está casado con una sobrina de la esposa de Erdogan.

Por estos motivos el club despierta recelos entre los hinchas de los equipos más históricos, que lo ven como un advenedizo aupado únicamente por sus lazos con el régimen y hasta lo apodan despectivamente “FC Erdogan”. No es casualidad que club y partido coincidan en sus colores oficiales: naranja y azul marino. Y el presidente tampoco se corta a la hora de apoyarlos,

Siendo muy aficionado al fútbol (en su juventud llegó a semiprofesional), Erdogan puso todo tipo de facilidades para construir el nuevo estadio del club, el Fatih Terim, llamado así en homenaje al mítico entrenador turco que aún sigue en activo... y, de hecho, dirige actualmente a los rivales del Galatasaray. En el campo caben más de 15.000 espectadores, aunque antes del coronavirus raramente iban más de 5.000. Salvo en ocasiones excepcionales, como el día de la inauguración del recinto en 2014... en el que el propio presidente se puso la camiseta y jugó un partido amistoso. A sus 60 años, le dejaron marcar un hat trick y el club retiró para siempre la camiseta con el número 12 que usó durante ese rato.

El Basaksehir es uno más de los instrumentos de promoción política de Erdogan. Y lo ocurrido ayer en Francia le ha venido maravillosamente para poner la maquinaria en marcha. Teniendo en cuenta que por fin, de cara a las elecciones de 2023, la oposición a su régimen tiene un candidato fuerte para derrocarle en la figura del socialdemócrata Ekrem Imamoglu, que el año pasado consiguió arrebatarle al erdoganismo la alcaldía de Estambul, cualquier promoción que refuerce internamente la popularidad del todavía hombre fuerte de Turquía es más que bienvenida. Venga de donde venga y como venga.

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