Paradojas de la manifestación irresponsable de 'Black Lives Matter' en Madrid

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Manifestación en Madrid con el lema, Black Lives Matter.
Manifestación en Madrid con el lema, Black Lives Matter.

Europa mira hacia Estados Unidos y no duda en sacar a la calle su propia indignación por el fallecimiento de George Floyd. Sectores de la población en las principales capitales europeas se han sentido identificados con la causa racial, y así, este fin de semana, miles de personas en Londres, Roma, Berlín, París, Bruselas, Copenhague o Budapest han desafiado a la pandemia para luchar por los derechos de la ciudadanía de raza negra, con unas aglomeraciones preocupantes desde el punto de vista sanitario. Madrid no se ha quedado atrás. Se trata de la misma urbe que hace unas semanas vivió manifestaciones en contra del Gobierno de Pedro Sánchez por parte de los llamados ‘Cayetanos’ y también ha seguido la estela de estas movilizaciones multitudinarias que han puesto en riesgo a todos aquellos que han formado parte de ellas. 

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Sale a relucir entonces un doble rasero, el de los que criticaron las protestas que comenzaron en la calle Nuñez de Balboa y se extendieron a otros puntos de Madrid y España por ser una irresponsabilidad en tiempos de Covid-19, y ahora no expresan la misma indignación cuando la causa es otra. También el de aquellos que no sólo denunciaron las caceroladas originadas en los barrios más pudientes de la capital, sino que ahora participan bajo las consignas de ‘Black Lives Matter’ como si ya no existiera la pandemia. La motivación de ambas movilizaciones es diametralmente opuesta, sin embargo, el riesgo de salir a la calle en masa es idéntico; como también lo es la falta de respeto a los sanitarios que han estado batallando en primera línea contra un virus que ha puesto patas arriba el sistema de salud, la economía y que se está saldando con más de 27 mil víctimas mortales. Muchos de ellos son profesionales que intentaron salvar la vida a otras personas.

La contradicción ‘Made in Spain’ sigue su curso. Primero fueron los ciudadanos indignados envueltos en banderas de España que golpeaban las cacerolas al grito de “Gobierno, dimisión”. Ellos mismos fueron los que culparon a los gobernantes de politizar las manifestaciones del 8 de marzo en el Día de la Mujer, de no frenar la concentración y de ignorar los reportes y evidencias de otros países. Sin embargo, en el momento en que se comenzaron a relajar las medidas de confinamiento, y siendo plenamente conscientes de la magnitud de la pandemia, aquellos que fueron críticos con ese foco de infección, decidieron salir a la calle a pesar del riesgo a generar otro. Legítimo e irresponsable a partes iguales.

Y ahora, más de lo mismo. Aquellos que se hartaron de clamar contra los manifestantes cansados del Gobierno, ahora callan e incluso pueblan las calles cuando la causa es otra. Es así como la insensatez se acumula sobre la base del absurdo. Si la derecha que participó en las caceroladas fue tildada de inconsciente, ahora la izquierda que enarbola el “I can’t breathe’ como símbolo de la injusticia mundial que existe contra la población negra está siendo igual de imprudente e impulsiva. Sus protestas también son legítimas e irresponsables a partes iguales. 

Y todo esto aderezado con la clásica hipocresía de no tratar cada asunto con el mismo rasero, con esa falsía que distancia la palabrería de la acción. Eso sí, a la hora de aplaudir, bien que salían a los balcones las dos Españas a formar parte del homenaje a los sanitarios. Unidos por la solidaridad, por el sentir, por el duelo y por el respeto. Pocas semanas después, quedaron separados por unas ideas y unos principios capaces de nublar la razón. ¿Será que para reconocer a los médicos y a los enfermeros hace falta más que la simbología vacía de unos aplausos? No hay duda, porque eso de arriesgar una segunda ola de contagios, por la razón que sea, no es de recibo. 

Esto ha quedado evidenciado e identificado por aquellos que ladean con moderación de uno u otro lado, por los que optan por la mesura y por no poner sus vidas y las de otros en riesgo por justa que sea la causa que defienden, incluso por los que están en el centro de este fuego cruzado contemplando atónitos un espectáculo plagado de gente equivocada que no es capaz de darse cuenta de los peligros de protestar sin guardar la distancia de seguridad entre personas para evitar males mayores. 

Lo visto este fin de semana en casi todas las capitales de Europa, incluida Madrid, es subestimar el potencial del virus más complicado que ha sufrido Occidente en 100 años. La lucha pacífica contra el racismo en la sociedad es necesaria, pero el corazón no puede imponerse al raciocinio. Salir a la calle en la actualidad puede tener unas consecuencias brutales en caso de producirse una segunda oleada de contagios. Precisamente, esas minorías por las que protestan miles de personas son las que más sufrirían si se produjera un retroceso en la desescalada, ya que serían las más desfavorecidas en caso de que la economía volviera a congelarse. Es otra de las paradojas de los que luchan por un mundo mejor en plena pandemia, que en caso de otro repunte, su causa acabaría afectando a aquellos por los que protestan.

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