Carlos Alcaraz da el estirón

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Carlos Alcaraz besa su trofeo en Estados Unidos, el que le lleva a ser número uno del mundo. (Photo: Tim Clayton - Corbis via Getty Images)
Carlos Alcaraz besa su trofeo en Estados Unidos, el que le lleva a ser número uno del mundo. (Photo: Tim Clayton - Corbis via Getty Images)

Carlos Alcaraz besa su trofeo en Estados Unidos, el que le lleva a ser número uno del mundo.  (Photo: Tim Clayton - Corbis via Getty Images)

Nada que ver los éxitos cosechados hasta ahora, las emociones sentidas a lo largo del año ni la progresión sin freno durante la temporada con lo plasmado y vivido en el Centro Nacional de Tenis Billie Jean King de Flushing Meadows, donde Carlos Alcaraz dio el salto de calidad definitivo e hizo suyo el Abierto de Estados Unidos a la par que el número uno del mundo.

El peso de uno sobre otro ya es cuestión de criterios y también de gustos. Alcaraz, por si acaso, ya tiene los dos objetivos cumplidos. Un Grand Slam y la cima del circuito.

Nada como la gloria alcanzada por el jugador de El Palmar que a los diecinueve años ha hecho suya esta brutal dimensión en Nueva York. Síntomas de madurez de un adolescente que asume con asombrosa naturalidad la explosión desmedida de su tenis y que quema etapas con una premura fuera de toda lógica.

No ha podido haber plan trazado que haya sido capaz de prever el despegue, la aceleración y el asentamiento de Carlos Alcaraz, convertido en el número uno más joven de la historia de este deporte. Su expansión está fuera de toda lógica.

Mantiene el murciano la frescura de un chico de su edad. Una naturalidad impropia con la magnitud de sus logros que provoca un magnetismo especial con el público. Da sensación de no tener necesidad de asimilar la grandeza ni entender la repercusión del espectáculo. Disfruta en la pista Alcaraz, casi siempre con la sonrisa puesta, que convive con aparente indiferencia con la exposición mediática y el ruido permanente que genera una estrella.

El tenista español ha hecho añicos las predicciones especialistas y también la ley natural del deporte. Su escalada hacia la cima ha sido desproporcionada. Ha relegado, por unas cosas u otras al ‘Big Three’ y ha sobrepasado sin contemplaciones a los cabecillas de la generación intermedia.

Alcaraz, que meses atrás ya fue capaz de derrotar en un mismo torneo, en el Masters 1000 de Madrid a Novak Djokovic y también a Rafael Nadal, ha dejado en evidencia a los herederos.

Puede que nunca lleguen tan arriba tipos que despuntaban desde años atrás y que parecían destinados a terminar con el incontestable y eterno dominio de los tres fantásticos.

La amenaza de Alexander Zverev, ni Stefanos Tsitsipas, Matteo Berrettini, Dominik Thiem o Andrei Rublev se ha quedado a medio camino. Por unas cosas u otras. Solo Daniil Medvedev fue capaz, durante un tiempo, de derribar esa frontera. Pero le ha faltado continuidad. No ha dado el nivel esperado en Nueva York en un torneo que tenía una pinta estupenda para sus intereses.

El ruso llegó en la cima de la que le aparta ahora Alcaraz, alumno privilegiado de una camada prematura que llegó al circuito con determinación.

Igual que Alcaraz está Jannik Sinner o el también italiano Lorenzo Mussetti de los que se habla ya y que darán aún más que hablar.

Pero ninguno de los casos como el español. Precoz para todo desde que echó a andar en el circuito allá entrado el 2019. Hace justo un año, después de impresionar en Flushing Meadows tras llegar a cuartos de final y retirarse en el duelo ante Felix Auger Aliassime, el murciano era el 55 del mundo. Acababa casi de obtener su primer título, en Umag, Croacia, sobre arcilla. Comenzó el 2021 en el 141 y lo cerró en el 32.

El triunfo sobre Casper Ruud, otra de las revelaciones del tenis actual que en Nueva York perdió su segunda final de un Grand Slam, es la 50 en lo que va de temporada. Nadie ha ganado más partidos por ahora que el ya líder del tenis español, por delante, incluso, de Rafa Nadal, habitual líder de la Armada.

El cuarto número uno del mundo que tiene el tenis masculino español tras el manacorí, Carlos Moyá y su mentor, Juan Carlos Ferrero, aparenta estar a gusto con las exigencias de la élite. Asume que es parte del importe de su ambición. La que le han proporcionado este curso los trofeos en Río de Janeiro y Barcelona, los Masters 1000 de Miami y Madrid y ahora, su primer Grand Slam, en el Abierto de Estados Unidos que se le escapó a Ferrero diecinueve años atrás, ante el local Andy Roddick, cuando acababa de aposentarse, precisamente, en la cima del ránking.

Tiene el tenis un nuevo ídolo. Un jugador que llega para quedarse. Un atleta que exprime el esfuerzo en cada bola. Que aliña sus condiciones con una entrega innegociable y que desliza sobre la cancha golpes imposibles y jugadas inviables que embelesan al público y compensan el desembolso de la entrada.

Asentado en la parte alta del ránking ha conseguido Ferrero que su pupilo esté instalado en la realidad. Presume de sus orígenes el tenista de El Palmar, donde se traslada en cuanto puede. Y una y otra vez insiste en el reconocimiento a su equipo, en dedicar los éxitos a los suyos y en disfrutar del privilegio que supone ser uno de los elegidos.

Transita hasta ahora entre los márgenes de la normalidad el número uno más joven de la historia y el segundo campeón más precoz del Abierto de Estados Unidos tras Pete Sampras que ha dado el estirón en Nueva York, la capital del mundo que conquistó y donde redondeó un año impensable para formar ya parte de los predilectos en la historia del deporte.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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