Carlos Alcaraz: el sucesor de Nadal que no se parece en nada a Rafa

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NEW YORK, NEW YORK - SEPTEMBER 05: Carlos Alcaraz of Spain celebrates his victory over Peter Gojowczyk of Germany in the fourth round of the men's singles at the US Open at the USTA Billie Jean King National Tennis Center on September 05, 2021 in New York City. (Photo by TPN/Getty Images)
Photo by TPN/Getty Images

De tener que fechar la eclosión de Rafa Nadal en el tenis profesional, todo el mundo citaría la eliminatoria de semifinales de Copa Davis contra Francia de septiembre de 2004, con dieciocho años recién cumplidos, cuando ganó sus dos puntos y fue clave para el acceso a la final. Una final, por cierto, en la que ganó ni más ni menos que a Andy Roddick para asegurar el primer punto de la serie que llevaría a España a la segunda ensaladera de su historia.

Sin embargo, como la Copa Davis es una competición aparte, llena de sorpresas y de héroes de un día, a mí me gusta retrasar un poco la explosión de Nadal hasta enero del siguiente año, octavos de final del Open de Australia de 2005 contra el local Lleyton Hewitt. Me gusta citar ese partido porque no se disputaba sobre tierra batida, Rafa no jugaba de local en medio de una exaltación constante, y el rival era mayúsculo: ni más ni menos que el tres del mundo. Aquel fue un partidazo sensacional y el adolescente puso contra las cuerdas a la estrella consagrada, cediendo solo en el quinto set. Ahí fue cuando quedó claro que el chico iba en serio. Cinco meses después, levantaría el primero de sus trece títulos en Roland Garros.

Algo parecido le pasó a Carlos Alcaraz en este US Open, solo que una ronda antes: el rival, Stefanos Tsitsipas, también número tres del mundo; el desenlace, aún más agónico, tie-break del quinto set. La diferencia es que Alcaraz ganó, como ganó esta madrugada su partido de octavos de final también en cinco mangas. A falta de saber lo que hará el murciano a partir de ahora -Felix Auger-Aliassime y Daniil Medvedev acechan en su camino a la final-, diría que el parecido con Nadal se acaba ahí: dos talentos tremendamente precoces capaces de sacar su mejor versión en los escenarios que más cuentan.

De tanto repetir lo que ha conseguido Alcaraz en Nueva York, se nos va a acabar olvidando hasta qué punto es histórico. Hablamos de récords que tienen casi sesenta años de antigüedad que y van cayendo uno a uno a su paso. No solo tiene dieciocho años sino que los tendrá durante ocho meses más. Su cara llena de acné nos recuerda que en muchos aspectos es aún un niño; sus gestos sobre la cancha, con ese dedo índice al aire después de cada gran golpe, nos hablan de la enorme confianza en sí mismo y el destino que él mismo se ha exigido.

En ese sentido de jugador probablemente histórico -desde luego, al menos, en lo que respecta al tenis español- es razonable hablar del "nuevo Nadal", pero hasta cierto punto hay ahí un malentendido enorme. Sería como coger a Carlos Moyà en su momento y llamarle "el nuevo Bruguera" porque ambos ganaron en París. No, Alcaraz comparte con Nadal el "timing" y comparte la euforia pero su juego es completamente distinto. En sus primeros años, cuerpo aún sin formar, Rafa abusaba de la adrenalina y la táctica. Cada partido contra Nadal era un suplicio porque sabías que te iba a devolver todas las pelotas por mucho ángulo que buscaras... y porque podía pasarse horas tirándote liftados a la línea de fondo sin dejarte tomar nunca la iniciativa.

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Alcaraz no es así. Alcaraz necesita mandar todo el rato y manda como siempre se ha mandado en tenis: a estacazo limpio. Por supuesto, es una táctica a perfilar aún porque tiene sus límites y, sobre todo, porque, en un mal día, te complicas la vida contra cualquiera. Por ejemplo, en el partido de octavos contra Peter Gojowczyk, perdió su servicio cuatro veces en el primer set y aún tuvo que salvar bola de break en dos de sus siguientes tres saques. Su número de errores forzados superó en los tres primeros sets con mucho el de ganadores, algo que difícilmente veríamos en Rafa. Alcaraz juega al "todo o nada" y confiar en que siempre vaya a mostrar su mejor versión es mucho confiar.

Ahora bien, dicho esto, su mejor versión es arrolladora. Tanto ese revés plano a dos manos que recuerda en cierto modo al de Marcelo Ríos como la derecha sin apenas bote que puede remitir a un Andy Roddick o incluso a su mentor, Juan Carlos Ferrero, son un espectáculo. La regularidad se la darán los años. Uno no puede aprender a ser buenísimo, pero sí puede aprender a serlo durante cada vez más tiempo seguido. De momento, hay mucho en Alcaraz de moneda al aire y eso no es bueno ni malo: es normal a los dieciocho años. Como es un jugadorazo, le va bien, nada que objetar al respecto.

También hay que decir, y esto es una opinión personal, que su juego es más divertido. Menos épico, desde luego, pero siempre gusta ver a tu jugador dominar el partido. Puede ser desesperante por momentos, pero verle correr a Tsitsipas a derechazos fue un espectáculo. Alcaraz es una amenaza constante para el rival, que acaba intentando jugar a lo mismo, lo que convierte el duelo en una batalla de talento en la que el murciano suele salir mejor parado. Con Rafa, incluso con el Rafa de dieciocho-diecinueve años, uno se sentaba y sabía lo que esperar: una roca imposible de derribar. Con Alcaraz, tendremos que acostumbrarnos a la incertidumbre. Pero, ¿acaso no es la incertidumbre uno de los atractivos del deporte?

Habrá que moderar también las expectativas. Cuando uno se convierte en el jugador más joven en llegar a cuartos de final del US Open en 58 años es porque estamos hablando de algo muy improbable. Lo normal es que llegue Auger-Aliassime (solo tres años mayor) y le derrote en cuartos... sin necesidad de llevarse las manos a la cabeza ni hablar de decepción. A la generación de los Zverev, Medvedev, Tsitsipas, Shapovalov y compañía les ha costado muchísimos años establecerse como dominadores... y aun así, entre todos, no han ganado ni un solo torneo de Grand Slam. Solo lo ha hecho Dominic Thiem y ya ha cumplido veintiocho. 

El tenis siempre había sido un deporte de estrellas precoces pero se atascó con la llegada del "Big 4" y habrá que esperar para ver por dónde tira ahora. Saltarse todo el escalafón y suceder a Djokovic desde la adolescencia parece una marcianada. Pidamos menos. Pidamos que llegue Australia y que Alcaraz repita resultado, que poco a poco se vaya acostumbrando a la alta competición y que baje revoluciones y que alcance algo parecido a la serenidad en la pista. Al menos, cuando la serenidad sea precisa. Mientras, disfrutemos del chaval como lo que es: un crío. Perdonemos los errores y alabemos los aciertos. Soñemos sin que el sueño se convierta en una exigencia. Solo así, seremos todos felices.

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