Catar: cuando el dinero importa mucho más que el deporte y los deportistas

Luis Tejo
Tres atletas participando en la final de los 100 metros lisos femeninos en el Mundial de atletismo que se disputa en Catar.
Corredoras de la final mundial de 100 metros lisos ante una grada vacía. Foto: JEWEL SAMAD/AFP/Getty Images.

El Campeonato del Mundo de atletismo que se está disputando desde el pasado viernes en Doha, capital de Catar, está dejando imágenes impactantes. No nos referimos a las hazañas puramente deportivas, aunque alguna que otra hay. Tampoco a las condiciones climáticas extremas que se viven en la zona en esta época del año, si bien ese factor sí que tiene algo que ver.

Lo que está llamando mucho la atención a lo largo y ancho del planeta es que en todo un mundial de atletismo, que quizás sea (tras los Juegos Olímpicos) una de las citas deportivas más importantes del panorama internacional, donde se puede ver a los hombres y mujeres más rápidos, fuertes y poderosos... las gradas del estadio Khalifa estén prácticamente vacías. La fotografía que encabeza este texto, en la que se puede apreciar al fondo un mar de asientos de plástico sin espectadores en ellos, corresponde ni más ni menos que a una de las carreras estrella: la final de los 100 metros lisos femeninos.

¿Qué está pasando, por qué hay tan poca gente? En cierto modo es hasta normal. En esta época del año las temperaturas en Doha superan a menudo los 40 grados. Es raro ver una nube que interrumpa un sol de justicia. Sumado a una humedad habitualmente superior al 40%, no es precisamente el ambiente que dé más ganas de acudir a presenciar competiciones deportivas.

Otro factor influyente, no nos engañemos, es la poca tradición deportiva de un lugar como Catar. Se trata de un país de tamaño bastante reducido, con una superficie de unos 11.500 kilómetros cuadrados (comparable a la de la Región de Murcia), y una población de algo más de dos millones y medio de habitantes, de los que en torno al 80% son trabajadores inmigrantes extranjeros. Jamás ha surgido de esta minúscula península en medio del golfo Pérsico deportista alguno que llegara a la élite; las pocas veces que la bandera catarí ha ondeado en el podio de alguna competición importante ha sido gracias a foráneos importados a golpe de petrodólares.

Al público local, a decir verdad, el atletismo le interesa bien poco. Tras su ampliación, en el Khalifa caben 45.000 espectadores. Según cuenta el diario El Mundo, para todo el campeonato (diez jornadas) se han vendido poco más de 50.000 entradas. Poco más del 10% del total disponible. Los cronistas dicen que, a excepción de pequeños grupos de etíopes bulliciosos custodiados por casi más personal de seguridad que aficionados, el silencio en las tribunas es absoluto.

Porque a estas alturas los de Catar ya no engañan a nadie (si bien es cierto que tampoco lo han pretendido). La única razón de que acoja campeonatos de la magnitud del Mundial de Atletismo, o el de balonmano en 2015, o incluso el de fútbol previsto para 2022, es el poderío económico inmenso de una pequeña nación que malvivía de la pesca y del cultivo de perlas hasta que, gracias al descubrimiento de petróleo y gas natural, a los beneficios que obtuvo a raíz de la crisis petrolera global de 1973, y también a la inteligencia demostrada al revertir sus ganancias hacia otros sectores como el financiero o incluso las energias renovables, el que fuera uno de los países más pobres del mundo se convirtió en apenas unas décadas en un lugar con renta per capita superior a 100.000 dólares.

Cambió la abundancia en los bolsillos de la población pero no la forma de gobierno, que sigue estando en manos del emir, de la misma familia Al Thani (pronúnciese “zani”) en el poder desde mediados del siglo XIX. Como en casi todo Oriente próximo, se trata de una monarquía absolutista que controla de forma minuciosa hasta el último detalle de este trozo de desierto. Las garantías democráticas son más bien escasas, y es cierto que están en pleno proceso de modernización y apertura y que no se llega a los niveles represivos de la vecina Arabia Saudí, pero igualmente el respeto a los derechos humanos deja que desear.

No parece la mayor preocupación de los habitantes nativos, contentos con el hecho de ser inmensamente ricos y ni siquiera tener que pagar impuestos. Pero a los inmigrantes, que son el grueso de la mano de obra, no les queda otra que ver, oír y callar. Aunque sea a costa de su propia vida. ONGs como Amnistía Internacional han denunciado en varias ocasiones las condiciones laborales precarias que sufren los obreros que trabajan en la construcción de los estadios para el Mundial futbolero del año que viene.

Ya de por sí esto sería suficiente para indignarse. Pero dejando al margen consideraciones sociales y volviendo al deporte puro y duro, la situación tampoco es ni mucho menos ideal. El tiempo, el calor extremo propio de estas latitudes y esta época del año, condiciona absolutamente todo. Para el atletismo, esto quiere decir un sistema de refrigeración imponente para mantener estable un ambiente de entre 23 y 25 grados en un estadio que, por normativa, debe estar al aire libre, con el gasto energético que esto implica; en plena era de Greta Thunberg, no son pocos los que consideran esto un crimen ecológico intolerable.

Pero si no se hace así, practicar deporte de alto nivel es imposible. Bien lo saben los atletas de disciplinas que, por sus características, tienen que disputarse en exteriores, como la maratón o los recorridos de marcha de larga distancia. Un intento peculiar para ponerle remedio ha consistido en retrasar todo lo posible las carreras; de hecho, la maratón femenina tuvo lugar el pasado viernes 27... saliendo a medianoche, la primera vez en la historia de las grandes competiciones que ocurre algo así. Insuficiente para evitar lo que algunas participantes calificaran como la competición en condiciones más duras jamás disputada. El 40% de las corredoras tuvo que retirarse, incapaces de completar los 42 kilómetros debido al sofoco.

El entrenador etíope Haji Adillo Roba llegó a decir que en su país correr así era inimaginable; de hecho son una de las grandes potencias históricas de la disciplina pero ninguna de las integrantes del equipo logró terminar. La maratoniana bielorrusa Volha Mazuronak, que consiguió llegar a la meta y ser quinta, habló de “falta de respeto” a las deportistas. La canadiense Lyndsay Tessier, novena, confesó que durante la prueba sentía pánico de ser la siguiente en caer. Portavoces de la IAAF, la federación internacional de atletismo, explicaron que habían adoptado las medidas necesarias para que el nivel de riesgo fuera “aceptable”, pero no sonó muy convincente. “La humedad te mata, no se puede respirar. Un puñado de dirigentes de rangos altos se reunió y decidió que corriéramos aquí, pero ellos están en lugares frescos y posiblemente a estas horas estén durmiendo”, protestó Mazuronak.

En el Mundial de fútbol de 2020 se ha optado por una solución aún más radical. En lugar de jugarse a principios del verano, nada más acabar la temporada, como es tradicional, se ha optado por retrasarlo a noviembre y diciembre. Las temperaturas máximas son más razonables, entre 25 y 30 grados, pero se interrumpen las ligas más importantes del mundo, causando un perjuicio importante a clubes y aficionados que, además, si quieren asistir al campeonato se verán obligados a un viaje probablemente muy largo y muy caro en fechas bastante incómodas para compaginar con la mayoría de los puestos de trabajo.

Todo son problemas, pero ni la IAAF ni la FIFA se han planteado en ningún momento buscar una ubicación alternativa. Muy poco casualmente, surgieron al respecto acusaciones gravísimas de corrupción: hay informes que aseguran que el gobierno catarí habría pagado 800 millones de dólares (780 de euros) al máximo organismo del fútbol internacional para asegurarse de ser los elegidos en la votación correspondiente. Las investigaciones continúan, y algunos peces gordos, como el ex presidente de la FIFA Sepp Blatter o el de la UEFA Michel Platini, han sido suspendidos de sus cargos.

Visto lo visto, Catar es el ejemplo más evidente de que para los mandamases del deporte mundial la competición en sí misma, o el bienestar de sus protagonistas, son aspectos muy secundarios con respecto al propio lucro. Nada que no sospechara cualquiera que no fuera un ingenuo, dirá algún que otro lector. Que no anda desencaminado. Pero siempre es triste comprobarlo de forma tan brusca.

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