Cientos de barcos pesqueros chinos amenazan todos los años la biodiversidad de Galápagos

Javier Peláez
·3 min de lectura
Imagen vía satélite de la gran flota pesquera china cerca de Galápagos | MarineTraffic
Imagen vía satélite de la gran flota pesquera china cerca de Galápagos | MarineTraffic

Más de cien islas de diferentes tamaños, diseminadas por el Océano Pacífico y a unos mil kilómetros de Ecuador, componen el archipiélago de las Galápagos, uno de los santuarios más ricos y protegidos del planeta. A finales de la década de 1950, las islas fueron declaradas Parque Nacional, y en 1980 el mar que rodea a las islas también fue declarado reserva marina. Por su parte, la Unesco otorgó a Galápagos el estatus de Patrimonio de la Humanidad y, posteriormente, aumentó su protección en 2001, ampliando su declaración también para la reserva marina.

A pesar de esta aparente protección, la biodiversidad que fascinó a Darwin y a tantos naturalistas en los últimos dos siglos, parece tener un enemigo incansable que, año tras año, se traslada desde China para la pesca a gran escala. Desde el jueves pasado, efectivos de la Armada de guerra de Ecuador vigila de cerca los movimientos de una gran flota pesquera procedente de China y compuesta por más de 260 barcos.

La situación es preocupante no solo por el riesgo inherente que estas grandes flotas pesqueras suponen para la biodiversidad de estas ricas aguas, sino porque no es un hecho aislado. En realidad, los pescadores chinos repiten una y otra vez todos los años sus intentos de pesca, sin importarles demasiado las leyes y acuerdos internacionales. “Es una flota depredadora”, afirmaba el comandante de la Armada ecuatoriana, tras comprobar en 2019 que los pesqueros chinos regresaban a esquilmar los recursos acuáticos de las ricas aguas de Galápagos.

En 2017, las fuerzas armadas de Ecuador capturaron en aguas protegidas de la reserva un buque de bandera china con unas 300 toneladas de tiburones en sus bodegas, muchos de ellos pertenecientes a especies protegidas como los tiburones martillo o sedosos.

En 2018, nuevamente un gran grupo de pesqueros chinos con más de 250 barcos, realizaron durante algo más de una semana prácticas de “pesca ilegal, no declarada y no reglamentada”, volviendo a poner en jaque a la Armada de Ecuador.

En 2019, los pescadores chinos volvieron al ataque, en esta ocasión de manera repetida en diferentes meses. Primero en abril, reuniendo una flota de 60 barcos, y más tarde en julio de ese mismo año, con 170 barcos pesqueros, con la consecuente reacción de las autoridades de Ecuador que finalmente obligaron a la flota china a alejarse del límite de la zona económica exclusiva de las islas Galápagos.

Y llegamos a 2020. En esta ocasión, la flota forma un enjambre de 260 barcos en un sector del océano equidistante entre el archipiélago de Galápagos y las costas continentales de Ecuador, que ha vuelto a poner en guardia a los guardacostas y efectivos navales de su armada para monitorizar los movimientos de los barcos chinos en aguas internacionales.

Cuando un evento se repite literalmente todos los años deja de ser un hecho aislado, preocupante pero aislado, para convertirse en una amenaza sistemática, un ataque programado contra el medio ambiente al que, desafortunadamente, pocos quieren poner fin. Una vez más, y siempre que atañe a la todopoderosa China, la comunidad internacional se muestra tibia y débil. Salvo detenciones y castigos individuales a los pesqueros capturados por prácticas ilegales, las sanciones ante este desafío constante son prácticamente inexistentes… por lo que, mientras les salga rentable, volverán el año que viene.

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