¿Cómo pudo Casillas sufrir un infarto? Un problema médico que preocupa al mundo del fútbol

Luis Tejo
Iker Casillas durante un partido del Oporto. Foto: Paulo Oliveira / DPI / NurPhoto via Getty Images.
Iker Casillas durante un partido del Oporto. Foto: Paulo Oliveira / DPI / NurPhoto via Getty Images.

La noticia que paralizó ayer el mundo del fútbol, y que por una vez unió a todos los aficionados sin importar sus colores, llegó desde Portugal. Iker Casillas, portero español del Oporto, sufrió un infarto durante un entrenamiento que obligó a ingresarle en un hospital e intervenirle de urgencia. Parece que hubo suerte y le trataron a tiempo, por lo que su vida no corre peligro, pero aún es pronto para saber cuándo podrá volver a jugar… si es que los médicos le permiten regresar al deporte en activo.

Este caso ha sido especialmente relevante por la identidad de su protagonista. Casillas es un mito del fútbol español; fue capitán de la selección que ganó dos Eurocopas y un Mundial entre 2008 y 2012, y consiguió cinco Ligas y tres Champions con el Real Madrid. Pero lamentablemente, está dejando de sorprendernos algo que no deja de ser una anomalía médica: que futbolistas en activo, personas jóvenes (Iker no ha cumplido aún los 38 años), sanas y de vida activa, sufran problemas gravísimos de corazón.

Porque en los últimos años no dejamos de recibir informaciones similares con futbolistas implicados. No hace ni una semana que vivimos una tragedia especialmente llamativa: Papy Faty, jugador de 28 años natural de Burundi, murió tras sufrir otro infarto en pleno partido pese a que su enfermedad cardiaca se conocía y los médicos le habían prohibido jugar. También hace unos días supimos que Nura Abdullahi, defensa nigeriano de la cantera de la Roma de solo 21 años, se ha visto obligado a retirarse porque los exámenes médicos han detectado riesgo alto de que su corazón falle.

Echando la vista un poco más atrás, pero no mucho, vemos otros ejemplos muy dolorosos para las hinchadas españolas. Todos nos acordamos del malogrado Antonio Puerta, defensa del Sevilla que falleció en agosto de 2007, a los 22 años, apenas tres días después de desmayarse durante el primer partido de liga aquella temporada. O de Dani Jarque, capitán del Espanyol durante la pretemporada del verano de 2009, quien fue encontrado muerto en su habitación del hotel de concentración pocas horas después de un entrenamiento.

Hay más casos que han horrorizado a los aficionados de todo el planeta, como el del húngaro Miklós Fehér, del Benfica, que se desplomó inerte durante un partido del campeonato portugués en enero de 2004, a sus 24 años. Quizás el más famoso, por la trascendencia del encuentro que se estaba disputando, fuera el de Marc-Vivien Foé, centrocampista de la selección de Camerún de 28 años que cayó al suelo en plena semifinal de la Copa Confederaciones de 2003. Pero otros muchos, muchísimos sucesos nos han pasado más desapercibidos, por producirse en campeonatos de menor nivel o más alejados geográficamente de nuestro entorno.

Esto es, precisamente, lo alarmante. Que son muchísimos. Y que no solo no le encontramos remedio a una circunstancia tan trágica, sino todo lo contrario: va a más. Revisando las estadísticas puede comprobarse que desde que se empezó a jugar al fútbol de manera profesional, en el Reino Unido de finales del siglo XIX, solo se registran 15 futbolistas en activo muertos por fallos del corazón hasta el año 1990. El primero del que se tiene noticia es David Wilson, un delantero muy joven (23 años) del Leeds que agonizó en el vestuario tras un partido; los médicos vincularon el ataque cardiaco que sufrió a su adicción al tabaco. Los archivos recogen más fallecimientos en el césped, pero por otras causas, a menudo derivadas de los golpes recibidos en el fútbol de la época, mucho más violento que el actual.

Pero desde ese mismo 1990 hasta ahora, la cantidad de víctimas en el fútbol ligadas directamente a problemas de corazón se ha multiplicado por cuatro. Y eso sin contar a los jugadores que han llegado a sufrir episodios y se han recuperado, ya sea continuando con su carrera (como Antonio Cassano, Nwankwo Kanu o Miguel de las Cuevas) o dejando el fútbol por precaución (así tuvieron que abandonar el deporte Rubén de la Red o Fabrice Muamba). Y nadie sabe con certeza por qué.

De hecho, aplicando la lógica debería ocurrir todo lo contrario, puesto que los mecanismos de diagnóstico están cada vez más y mejor desarrollados. Los médicos de los clubes hacen rutinariamente todo tipo de controles y están alerta ante cualquier anomalía potencialmente peligrosa que puedan detectar. De ahí que se consiga evitar el riesgo en situaciones como la de Abdullahi. O que, antes de que las cosas vayan a más, los jugadores decidan cortar por lo sano: fueron sendos reconocimientos médicos antes de sus fichajes por nuevos clubes, en los que se vieron malformaciones, los que acabaron con las carreras de Lilian Thuram o del también portero Manuel Almunia.

En medicina se usan diferentes términos para hablar de las afecciones concretas que acaban con las vidas de los jugadores. Uno de los más comunes es la conocida como miocardiopatía hipertrófica, consistente en el agrandamiento anormal de una de las paredes del músculo, lo que afecta al flujo de sangre por el organismo; se cree que la causa de esta dolencia es genética. Por su parte, se produce un infarto (lo que ha sufrido Casillas) cuando la arteria que abastece de sangre al órgano se atasca, por lo que el tejido deja de recibir nutrientes y se produce muerte celular; suele ocurrir en personas de edad avanzada, con hábitos poco sanos (tabaquismo, alcoholismo, obesidad), por lo que no es muy habitual verla en deportistas de élite. También hay muchos otros factores que pueden generar arritmias, es decir, alteraciones del ritmo normal de latidos, que en algunos casos pueden terminar con la vida.

Precisamente, causa estupor que haya tantos problemas de corazón en profesionales que trabajan con su cuerpo, que se someten a todo tipo de pruebas y que cuidan sus hábitos de vida hasta el último detalle. Se debe insistir en que, aunque algunos estén tentados a buscar explicaciones fáciles (hay quien lo asocia a la mayor exigencia física del fútbol actual con respecto al de otros tiempos, los más conspiranoicos dicen que puede tratarse de la consecuencia de alguna forma de dopaje), de momento no se conoce la razón ni se puede achacar a una causa concreta. Los especialistas siguen investigando; allá por 2009 un estudio del laboratorio español Genetest indicó que, debido a la naturaleza dinámica de este deporte, con cambios de ritmo frecuentes y periodos de alta intensidad, el músculo cardiaco tiende a desarrollarse más, lo que podría facilitar la aparición de anomalías en personas predispuestas por genética. Se cree, también, que a veces pueden producirse sobreesfuerzos que lleven a lesiones, como en cualquier otro músculo, pero mucho más sensibles en este caso por tratarse de un órgano imprescindible para mantenernos vivos.

Es improbable que se descubra una solución universal, considerando la variedad de patologías que suelen presentarse, con síntomas y consecuencias similares pero orígenes muy variados. A corto plazo, lo único que se puede hacer es prevenir: la federación inglesa (FA) lleva ocupándose del tema desde 1997, cuando puso en marcha un programa de revisiones obligatorias para futbolistas adolescentes que incluye exámenes a los 16, 18 y 20 años. Con estos tests se ha determinado que se produce muerte súbita en uno de cada 15.000 jugadores.

Lo más alarmante es que en bastantes casos los chequeos no fueron capaces de detectar anomalía alguna, puesto que en no pocas ocasiones un futbolista que muere por fallos cardiacos jamás había presentado anteriormente un solo síntoma. Además de que el exceso de celo en la prevención plantea un dilema ético: que se encuentre una malformación no implica necesariamente que la persona que la tenga vaya a sufrir problemas más adelante, y prohibirle jugar basándose en un riesgo incierto puede truncar sin necesidad alguna carrera prometedora. Dadas las circunstancias, la única certeza es que la ciencia médica tiene aún mucho trabajo por delante.

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