El dilema que vive el rugby profesional: jugadores que sufren de demencia a los 40 años

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"¿Crees que el rugby es danza?", preguntó la presentadora Louise Ekland. La bailarina clásica Alice Renavand, designada para sacar bolillas, respondió con una sonrisa. "¿Y por qué no?". Sucedió el lunes pasado en París, en el sorteo del Mundial de Rugby 2023 que se jugará en Francia.

England's Steve Thompson, centre, is by tackled by New Zealand's Jimmy Cowan, left, and Tony Woodcock during their international rugby union match at Twickenham stadium in London, Saturday, Nov. 21, 2009. (AP Photo/Odd Andersen)
Steve Thompson, en el centro. (AP Photo/Odd Andersen)

Renavand contó que también ve "coreografías" en jugadas elaboradas. Pero es difícil imaginar "El lago de los cisnes" mientras el rugby asiste shockeado a las denuncias de ex jugadores de renombre diagnosticados con demencia. Acusan a la propia World Rugby (Federación madre) de no haberlos protegido mejor. De no haber avisado sobre las consecuencias de los repetidos golpes en la cabeza en un juego que, ya profesional a tiempo completo, se ha hecho más físico. Que deja de ser deporte de contacto y se convierte en deporte de colisión. Y que ya no lastima sólo articulaciones, huesos o músculos (que se recuperan), sino que está dañando la cabeza.

La denuncia explotó la semana pasada en Inglaterra. Es el país que ve estos días el drama de la demencia en el difícil y flamante documental "Finding Jack Charlton", el campeón mundial de fútbol de 1966 y luego DT ícono de Irlanda que murió en julio pasado. Charlton aparece en el documental (así lo aprobó su familia), pero no tiene cómo saber que están hablando de su gran obra. "Lo triste de la demencia -dice Gabriel Clarke, director del documental- es que al perder la memoria pierdes tu identidad". Ahora, es el rugby el que está apuntado como causante directo de la enfermedad. Y Steve Thompson, 73 partidos como hooker, en la primera fila del scrum de la selección inglesa, no tiene 80 años como tenía Charlton. Thompson tiene 42. Y no recuerda que hace diecisiete años se coronó campeón mundial en Australia. A veces, olvida hasta el nombre de su esposa.

Alix Popham tackleó como pocos en sus 33 partidos con Gales. Aprendió la máxima de niño: "Si ganas la batalla física, ganas el partido". Hace unos meses, se bajó de la bicicleta y tuvo que llamar a casa. No sabía cómo había llegado allí. Cómo volver. Tiene 41 años. Demencia. Michael Lipman, 10 partidos con Inglaterra, directamente prefiere no salir de casa. Teme perderse. Hoy admite que dos médicos le habían aconsejado el retiro. Jugó tres años más. Tiene 40. Y también sufre demencia. El diario británico The Guardian abrió sus páginas a rugbiers no tan conocidos. Los relatos se repiten: conmociones cerebrales, alucinaciones, desinformación, cambios de humor, ira y ataques de pánico. El abogado Richard Boardman asegura que tiene un centenar de casos similares. Todos jugadores con demencia y diagnóstico probable de encefalopatía traumática crónica (CTE). "Probable" porque la CTE sólo puede confirmarse en una autopsia.

Los médicos dominan la escena. Advierten que la tasa de ex jugadores diagnosticados con demencia supera, y mucho, la media. Y que más del 90 por ciento de las conmociones cerebrales no implican pérdida de conocimiento y el verdadero problema, entonces, es lo que no vemos. Esos incontables impactos subconmocionales que, acumulados en partidos y entrenamientos, y sin tiempo para que el cerebro se recupere, abren la puerta a la CTE. El Centro CTE de Boston revisa cerebros de deportistas fallecidos. "No veo diferencias entre los de jugadores de rugby y de fútbol americano", dice la doctora Ann McKee. Es la comparación maldita. El fútbol americano sólo aceptó el drama tras la denuncia de un médico de ascendencia nigeriana completamente ajeno a su deporte. Y sólo reparó daños (cerca de 1000 millones de dólares) tras la denuncia colectiva de jugadores y familias. También cambió reglamentos para atenuar daños. Pero es difícil ir contra la naturaleza del juego.

También el rugby, Argentina incluida, realiza estudios, modifica reglamentos y es más severo con los infractores. Hoy vemos un juego mucho más limpio. Pero también más violento. Porque tiene otra dinámica. Otros físicos. Thompson y otros jugadores dañados afirman que su denuncia no busca cancelar el rugby, sino hacerlo más seguro. Por ejemplo, limitar el contacto en los entrenamientos, reducir la cantidad de jugadores, permitir tackles sólo debajo de la cintura y obtener imágenes por resonancia magnética más sofisticadas y escaners no sólo cardíacos, sino también del cerebro. "Habrá jugadores de 22, 23 años, que tendrán que jubilarse. Pero, creéme, eso es mejor que terminar como yo estoy ahora", dice Thompson.

El profesionalismo, es cierto, es una parte minúscula en el gran universo del rugby. Pero la prensa británica reproduce hoy informes de médicos que han detectado demencia en amateurs retirados. Y que piden que el rugby deje de ser obligatorio en algunas escuelas. ¿Y la justicia? Si los rugbiers eran conscientes de los riesgos, como podría alegarse, también lo eran entonces las autoridades y sólo ellas podían cambiar reglamentos, no sus jugadores asalariados. ¿Podrán probar los jugadores en sede judicial su denuncia? El periodista Andy Bull, autor de las entrevistas que shockearon estos días al rugby, asiste ahora de otro modo a los crujidos de las colisiones. Dice que ya no celebra. Que piensa inmediatamente en sus charlas con los jugadores que ya no recuerdan. Y que sólo tienen 40 años. Una vida por delante.

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