Conor McGregor: la historia de un juguete a punto de romperse

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Conor McGregor tras su derrota contra Khabib Nurmagomedov en octubre. Foto AP Photo/John Locher
Conor McGregor tras su derrota contra Khabib Nurmagomedov en octubre. Foto AP Photo/John Locher

Robo con violencia y conducta criminal. Esos son los cargos de los que se acusa a Conor McGregor, luchador profesional de artes marciales mixtas, y por los que ha pasado unas horas en el calabozo y ha tenido que pagar 12.500 dólares de fianza para eludir una condena mayor. Los hechos lo merecen: en Miami (Florida, Estados Unidos), cerca de un hotel, un aficionado le vio por la calle y quiso hacerle una fotografía con su teléfono, pero la reacción de McGregor fue arrebatárselo de las manos, tirarlo al suelo, pisotearlo, y además quedárselo e irse con él.

En su defensa, Conor se mostró colaborador con la policía ante lo que su abogado considera “un pequeño altercado”. Teniendo en cuenta el muchísimo dinero que ha ganado por ahora como luchador, no parece que la multa que se le ha impuesto suponga un problema para él. Lo que sí es más grave es el daño a su imagen que puede hacerle este suceso… y otros similares en los que se ha visto implicado en los últimos tiempos.

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Porque no es, ni mucho menos, el primer conflicto que protagoniza el combatiente irlandés a lo largo de su carrera. Sin ir más lejos, su última pelea, el pasado mes de octubre contra el ruso Khabib Nurmagomedov (que perdió McGregor), estuvo plagada de incidentes. Meses antes del combate las relaciones entre ambos contendientes, antes cordiales, se enturbiaron debido a una pelea en un bar ruso entre amigos de ambos. Con la tensión a flor de piel, a Conor no se le ocurrió otra cosa que acercarse a una comparecencia de prensa de Khabib y, al no poder pasar, atacar al autobús que transportaba a los luchadores estampando una valla de obra contra una ventanilla, entre otros objetos contundentes que dejaron varios heridos.

Eso fue antes de subirse al octógono. Justo después se vio involucrado en una gresca con el equipo de Nurmagomedov, que le valió una suspensión de medio año en el campeonato UFC y 50.00 dólares de multa. Se consideró que, en este caso, su rival fue el que inició las hostilidades, por la que la sanción que recibió Khabib fue mucho mayor.

Pero hay más. En noviembre de 2017 le atraparon circulando a 160 kilómetros por hora en un tramo limitado a 100 a las afueras de Dublín y la juez estuvo a punto de emitir una orden de arresto contra él, ya que se ausentó de hasta dos comparecencias a las que había sido citado. Ese mismo mes, también en Irlanda, estaba en un combate como espectador; el ganador fue un amigo suyo y a él le apeteció meterse en la jaula para celebrarlo, algo que no hizo mucha gracia al árbitro, que intentó echarlo… y Conor, irritado, trató de agredir al juez. La cosa no pasó a mayores porque la seguridad se metió por medio para separarlos.

Y la lista sigue. Es casi tradicional que antes de un combate, ante la prensa, protagonice encontronazos sonados con sus rivales. Bien lo saben Nate Díaz, que lo sufrió allá por 2016 (se llevó numerosos insultos y lanzamiento de objetos) o José Aldo un año antes (el brasileño, como campeón vigente, se presentó con el cinturón.. y Conor se lo arrebató de las manos ante los periodistas, estando a punto de iniciar una trifulca).

Hay que reconocer que McGregor se ha creado un personaje altivo y fanfarrón que ha funcionado muy bien. No en vano se hace llamar The Notorious, un término que se puede traducir como “célebre” o “famoso” pero aporta un matiz de mala reputación. Durante un tiempo sus bravatas hacían las delicias del público que le adoraba y contribuían, como ningún otro, al gran incremento de popularidad de un deporte como las artes marciales mixtas, sin demasiada tradición con respecto a otras formas de combate y rechazado por muchos por su extrema violencia (el reglamento prohíbe los golpes bajos y picar en los ojos y en orificios corporales; casi todo lo demás está permitido). Tal como indica César Cepeda, antiguo boxeador profesional que hoy regenta una escuela en Móstoles (Madrid), “quizás sea muy prepotente, pero muchas veces es solo un papel de cara al público. Es un gran deportista, un tío muy sacrificado, que no rehuye nada y que en sus entrenamientos lo da todo”.

Pero claro, a McGregor el rol de chico malo le funcionaba mientras el éxito deportivo le acompañaba. Y es cierto que durante bastante tiempo ambas cosas iban de la mano. De hecho, su registro era bastante bueno: solo perdió dos combates al principio de su carrera, todavía en Irlanda, y las victorias se iban sucediendo una tras otra, casi siempre por KO. A José Aldo, hasta entonces invicto, le humilló venciéndole en apenas trece segundos dejándole inconsciente con un gancho de izquierda. Contra Nate Díaz perdió, pero luego se tomó la revancha y recuperó su cinturón de campeón. A finales de 2016 sumaba 21 victorias y solo 3 derrotas.

Entonces se le ocurrió pasarse al boxeo. Un movimiento que desde el punto de vista deportivo no parece la mejor idea: para César Cepeda “no tiene mucho que hacer, lleva muchos años en MMA y cambiar de disciplina cuesta mucho”. Y de hecho, en su único combate, contra Floyd Mayweather Jr., perdió por KO técnico en el décimo asalto. Suficiente para llevarse una bolsa de 30 millones de dólares, que puede que sea la clave de todo. “Pasó de ser pobre a rico, de vivir con su familia en un barrio pobre a tener una mansión, y eso es muy difícil de llevar. Le gusta el lujo y no se priva de nada. Pero se lo ha ganado a pulso: le pagan mucho porque realmente es muy bueno y lo vale”, matiza Cepeda.

Tras el fracaso en el boxeo volvió a la MMA, a intentar recuperar el título de campeón que le habían retirado por inactividad, con la nueva decepción contra Nurmagomedov. Y así está ahora mismo: derrotado, lejos de la gloria y manchado con los escándalos que continúa protagonizando. Con solo 30 años está a tiempo de volver a ser el que era, pero puede que, como cree Cepeda, “su tiempo en MMA también haya pasado” y que en pocos años, con el ritmo vertiginoso de la sociedad actual que crea y consume héroes a toda velocidad, nadie se acuerde de él salvo para reír sus desgracias. Falta ver si tiene la cabeza suficientemente amueblada como para, al menos, no derrochar una parte de sus ganancias y permitirse una vida futura digna. Confiemos en que no se convierta en un caso más de leyenda caída; todavía tiene en sus manos evitarlo y dar un paso adelante hacia la madurez.

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