El fútbol demuestra el caos legislativo que existe en España respecto a la pandemia

Luis Tejo
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Público en Riazor viendo el partido del Deportivo de La Coruña ayer. Foto: Twitter @RCDeportivo
Público en Riazor viendo el partido del Deportivo de La Coruña ayer. Foto: Twitter @RCDeportivo

La pandemia de coronavirus que lleva azotando el mundo entero desde marzo ha traído innumerables consecuencias negativas, pero si eres aficionado al fútbol probablemente te hayas dado cuenta de una en particular. No puedes ir al estadio a ver a tu equipo favorito. Con el sistema sanitario cerca del colapso, las vacunas aún en fase de desarrollo y la infección extendiéndose de forma difícil de controlar, lo más sensato es que los partidos, cuando se puedan jugar, lo hagan a puerta cerrada y las gradas permanezcan vacías.

Así se lleva haciendo en casi todas partes desde hace ya más de medio año. Hay lugares donde la evolución de la enfermedad ha permitido ir abriendo la mano poco a poco y que, al menos de forma parcial, los hinchas puedan ir volviendo. En España, sin embargo, las cosas siguen regular tirando a mal, de manera que nuestro fútbol ha estrenado la nueva temporada igual que acabó la anterior: sin público.

O eso creíamos. Porque muchos se han llevado una sorpresa este fin de semana al contemplar imágenes, procedentes de distintos puntos del país, como la que encabeza este artículo. Corresponde a Riazor, el campo en el que el Deportivo de La Coruña ganó al Salamanca con unos 3.000 seguidores presentes en las gradas (de una capacidad total de algo más de 32.000). No es el único sitio: en Santander otros 3.000 racinguistas ocuparon en proporción más localidades (en El Sardinero caben 22.000) para ver al equipo de la capital cántabra empatar contra el Portugalete.

¿Cómo es posible? ¿Por qué en Vitoria, Zaragoza, Sevilla o Las Palmas de Gran Canaria no hubo gente en las tribunas (pese a que los artefactos gráficos y sonoros de la retransmisión de la tele pudiera hacer pensar lo contrario) pero en esos otros campos sí? El motivo es sencillo: se debe a que la obligación de cerrar las puertas está vigente para el fútbol profesional, es decir, Primera y Segunda División. Dépor y Racing, con sus estadios de gran tamaño y su notable masa social, están actualmente en Segunda B, que no tiene estatus de profesionalismo y por tanto no se ven afectados por esta medida.

Mientras que en las divisiones inferiores es cada comunidad autónoma la que tiene potestad para imponer sus normas, en categorías nacionales (Segunda B y Tercera) el protocolo lo establece el Consejo Superior de Deportes. Con carácter general se recomienda una limitación de 1.000 espectadores como máximo independientemente del tamaño de la grada. No obstante, los gobiernos regionales tienen potestad para ampliar el margen si lo estiman conveniente en función de las circunstancias.

Se dan así paradojas extrañísimas como la ocurrida durante el fin de semana en Vigo. El sábado, en Primera División, el Celta recibió al Atlético de Madrid sin un alma ocupando ninguna de las 29.000 localidades de Balaídos. Sin embargo, apenas un día después, el Coruxo pudo abrir O Vao para que pasaran 750 de los 2.800 aficionados que caben normalmente para ver el enfrentamiento en Segunda B contra el Zamora. Es difícil encontrar una justificación sanitaria para que en un recinto pudiera entrar gente y en otro a apenas cinco kilómetros de distancia, que además es mucho más grande y permite mantener más fácilmente la distancia de seguridad, no estuviera autorizado.

Gradas del estadio de Balaídos vacías durante el partido entre el Celta de Vigo y el Atlético de Madrid.
Balaídos totalmente vacío durante el partido entre el Celta de Vigo y el Atlético de Madrid el pasado sábado. Foto: José Manuel Álvarez/Quality Sport Images/Getty Images.

Por supuesto, los clubes de Segunda B y divisiones inferiores que meten gente en sus estadios están en su derecho de hacerlo. Además, aunque haya quien opine que deberían hacer un ejercicio de responsabilidad y mantenerse cerrados, su postura es comprensible: ante la situación de crisis económica brutal que vivimos, todo ingreso es más que bienvenido, e incluso resulta fundamental para garantizar la pura supervivencia. Si hay que reprocharle algo a alguien, es a las autoridades correspondientes que lo permiten estando como estamos.

Porque, más allá de lo oportuno o no de autorizar reuniones multitudinarias en plena segunda ola de la epidemia, lo que no es razonable y no pueden entender los aficionados es la disparidad de criterios. No tiene sentido que unos estadios puedan acoger público y otros no. Ni tampoco resulta demasiado lógico que unas comunidades autónomas tengan baremos diferentes a otras, aunque lo de la gestión descentralizada y los conflictos entre administraciones da para un debate mucho más profundo que excede los límites de la sección de Deportes.

En cualquier caso, la incoherencia no es exclusiva del fútbol, ni mucho menos. En otros deportes como el baloncesto llegamos a alcanzar tintes surrealistas. Pongamos como ejemplo lo ocurrido en Zaragoza. El equipo femenino del Casademont pudo jugar el pasado día 15 contra las tinerfeñas de La Laguna con 300 hinchas en las gradas, lo máximo que permiten las autoridades sanitarias de Aragón. Sin embargo, ayer mismo, apenas tres días después, exactamente en el mismo pabellón Príncipe Felipe, la plantilla masculina del mismo club no tuvo gente en las gradas apoyándola en su partido de ACB contra el UCAM Murcia.

De nuevo se trata de un conflicto de competencias entre distintos mandatarios. De nuevo, el perjudicado es el hincha (si se considera que debería autorizarse que entrara público en todos los partidos) o la salud pública (si se cree que lo adecuado sería que, al menos de momento, todo siguiera cerrado). Cada uno que decida hacia qué lado habría que tirar. Lo que no puede ser es que no haya un mínimo de organización en este sentido, porque lo que vamos a acabar pensando los aficionados es que en el deporte español, más que con la pelota, están jugando con nosotros y con nuestra paciencia.

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