Los migrantes mexicanos del campo en EEUU, tan maltratados como esenciales en tiempos de coronavirus

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Migrante mexicano recolecta lechuga en California. Reuters.
Migrante mexicano recolecta lechuga en California. Reuters.

La cadena alimentaria en los seres humanos residentes en países privilegiados cuenta con un primer eslabón ineludible: la agricultura, la ganadería y la pesca. Si éste falla, desaparece la comida de los estantes de los supermercados, y si las vitrinas están vacías, ya se sabe lo que sucede. Claro, que éstas también pueden quedar desiertas no por falta de productos, sino por el pánico de unos consumidores que arrasan con lo que ven sin mesura, provocando un colapso del sistema, tal y como se ha podido observar durante la crisis del Covid-19. En estos casos, el primer eslabón debe trabajar a más destajo si cabe para satisfacer las demandas de una sociedad en paranoia constante y completamente dependiente de aquellos que aran la tierra y crían animales. 

En Estados Unidos, este proceso se traduce de manera cristalina: para que sus habitantes tengan varios platos que echarse a la boca cada día, necesitan de unos trabajadores que en su mayoría son mexicanos y centroamericanos, y que laboran bajo unas condiciones infrahumanas porque sus patrones se aprovechan de ellos al no tener los papeles en regla o contar con una visa que no les brinda ninguna protección real. Así las cosas, rebobinemos los acontecimientos de los frenéticos últimos 10 días. 

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Lunes 16 de marzo. El presidente de EEUU, Donald Trump, anunció que suspendía la gestión de visas para los ciudadanos mexicanos hasta nuevo aviso.

Trabajadores del campo durante un receso. Reuters.
Trabajadores del campo durante un receso. Reuters.

“En respuesta a la pandemia global Covid-19, y en línea con el llamado del gobierno mexicano a aumentar el distanciamiento social, la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México y todos los consulados estadounidenses en México suspenderán los servicios rutinarios de visas para inmigrantes y no inmigrantes a partir del 18 de marzo de 2020 y hasta nuevo aviso”.

Es decir, que un 60 por ciento de los temporeros que necesita EEUU para garantizar una necesidad tan básica como la alimentación están privados de la oportunidad (y necesidad mutua) de trabajar en granjas, cultivos y aguas justo cuando empieza la primavera y con el verano a la vuelta de la esquina. En otras palabras, la xenofobia que ha demostrado el Ejecutivo estadounidense durante su mandato hacia el pueblo mexicano y latino en general no ha menguado durante la crisis del Covid-19, todo lo contrario. Y eso, cuando más hace falta una mano de obra esencial en la cadena alimentaria estadounidense. 

La contradicción entre el sentimiento anti-inmigración (a veces maquillado por palabras que no concluyen en acciones como la del embajador de EEUU en México) y la necesidad de contar con temporeros claves para la economía estadounidense que garanticen productos de primera necesidad en tiempos de incertidumbre como los que vivimos forma parte de la idiosincrasia del Gobierno actual. Trump ha defenestrado a los trabajadores mexicanos y centroamericanos desde que llegó al poder y ahora los necesita más que nunca. Y es en este contexto, cuando el gremio demuestra unas cualidades que siempre mantuvo a flote a pesar de los desplantes de los gobernantes y de parte de la sociedad estadounidense: la lealtad, la capacidad de sacrificio, la humildad y la responsabilidad.

Llueva, haga frío o abrase el sol, sus jornadas laborales no bajan de las 12 horas. Muchos son indocumentados y otros cuentan con la visa temporal H2-A, que suele servir de excusa para explotar a los que la consiguen. Los salarios no superan el mínimo, les proveen un poca comida y las condiciones de salubridad, especialmente durante la pandemia, dejan expuestos a unos trabajadores que en algunas ocasiones superan la edad de la jubilación (la edad media es de 45 años de edad). En caso de quedar contagiados por el Covid-19, su acceso al sistema sanitario estadounidense es limitado o nulo. ¿Acaso pueden denunciar su situación? Bajo la amenaza de una posible deportación, no tienen otra opción que bajar la cabeza y seguir formando parte del primer eslabón de la cadena, una labor que, según la Unión de Trabajadores de Granjas están realizando con mucha preocupación.

“La mayoría de los trabajadores agrícolas no sindicalizados con los que estamos hablando, especialmente los que están bajo contrato laboral, no están recibiendo ninguna información sobre el Covid-19. Hemos estado contactando a los trabajadores agrícolas digitalmente, por teléfono y texto, y visitas a los lugares de trabajo. Estamos preocupados... muy preocupados”, escribieron en un comunicado en el que destacaron la conversación que mantuvieron con uno de los campesinos entrevistados, Jesús Zúñiga.

Un supervisor observa a trabajadores recolectando lechuga en California. Reuters.
Un supervisor observa a trabajadores recolectando lechuga en California. Reuters.

“Hasta ahora no hemos sido informados sobre el coronavirus. Estamos trabajando como lo hacemos normalmente. Estoy muy preocupado porque en esta empresa no se preocupan por nosotros, no nos dan ninguna información, ningún entrenamiento. Las escuelas han cerrado sus clases. En nuestra ciudad, varios eventos han cerrado, todos están tomando precauciones para ayudar a combatir esta pandemia y aquí donde trabajamos continuamos como si nada estuviera ocurriendo. Si me enfermo, me quedo a la voluntad de Dios porque no nos ofrecen un plan médico u otros beneficios”, aseguró.

Trabajan en lugares donde el resto de la población está confinada en sus casas para no extender este dichoso virus más todavía. Pero ellos no, siguen al aire libre porque son indispensables. Como lo fueron los ‘braceros’ que durante la Segunda Guerra Mundial acudieron desde México a trabajar las tierras estadounidenses para proveer de alimentos a su ciudadanía en tiempos de conflicto. El que en EEUU se dependa tanto de unos migrantes explotados para el bienestar del país, dice mucho de sus mandatarios y de su sociedad.  

Qué menos que tratar a estos trabajadores tan esenciales como iguales. Brindarles unos derechos fundamentales, unos salarios justos, una protección médica acorde con el riesgo al que están sometidos, unos horarios laborales menos sacrificados, un trato más humano al fin y al cabo. Son los migrantes los que están sosteniendo la economía de este país tan lleno de contradicciones, que no es capaz de premiar a aquellos que ahora desinfectan y limpian para minimizar los riesgos de contagio, aran las tierras, se encargan del ganado, reparten la comida a domicilio o rellenan los estantes de los supermercados que luego quedan arrasados. 

A ellos también hay que aplaudirles porque están sacrificando sus vidas para el bienestar de un país que les ningunea.

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