El mensaje que está mandando el deporte con el coronavirus roza lo perverso

Guillermo Ortiz
·5 min de lectura
Sarunas Jasikevicius and Nikola Mirotic during the match between FC Barcelona and CSKA Moscow, corresponding to the week 1 of the Euroleague, played at the Palau Blaugrana, on 01st October 2020, in Barcelona, Spain. (Photo by  Joan Valls/Urbanandsport/NurPhoto via Getty Images)
Photo by Joan Valls/Urbanandsport/NurPhoto via Getty Images

El pasado martes, el Khimki, multimillonario equipo ruso, viajó a España para disputar sus dos partidos de Euroliga contra el Real Madrid y el Baskonia. Lo hizo sin sus estrellas Alexei Shved y Stefan Jovic, ambos lesionados... y sin otros cinco miembros de la plantilla -entre ellos, nombres conocidos como Jordan Mickey o Jonas Jerebko- por haber dado positivo en la prueba del coronavirus. En otras circunstancias, lo lógico sería pensar en un aplazamiento... pero el Khimki se las apañó para juntar a ocho profesionales, que es el requisito puesto por la Euroliga para disputar un encuentro, y sumar a unos cuantos canteranos para dar minutos de descanso.

¿Por qué tanta preocupación en presentarse como fuera? Bueno, pues porque según el reglamento de la Euroliga, si no consigues ocho fichas de primer equipo para jugar un partido, ese partido lo pierdes automáticamente 0-20. ¿Cómo casa ese reglamento con una pandemia? Mal. ¿Están trabajando para cambiarlo? Sí, pero un poco tarde. Hasta el momento, ya hay seis partidos suspendidos por brotes de coronavirus en los equipos y la sensación que da es que unos se lo van contagiando a otros según juegan en un intento no sé si premeditado de conseguir una “inmunidad de grupo” baloncestística cuanto antes y ya tirar para adelante.

Viendo el escándalo, parece que la nueva idea de la Euroliga es que esos partidos aplazados realmente se jueguen otro día y no se den por perdidos al no compareciente. Se lo podían haber dicho al Khimki antes de viajar, la verdad. O podrían haber sido más comprensivos en su momento con equipos como el Zenit de San Petersburgo o el Asvel Villeurbanne de Lyon. Equipos que se encontraron con estallidos en su propio vestuario que impidieron, entre positivos y cuarentenas, desplazamientos al lugar del encuentro. La manera en la que ha afrontado la máxima competición del baloncesto europeo -la Eurocup ha funcionado de forma similar, pero con menos casos y menos focos- es significativa de lo que está siendo el enfoque generalizado del deporte ante la Covid-19: el espectáculo debe continuar, caiga quien caiga.

Es disparatado que la reglamentación privada de una competición choque con las normas sanitarias básicas de un país. ¿Cómo es posible que un equipo que comparte vestuario y sudor en canchas cerradas tenga que competir obligatoriamente cuando hay un positivo en sus filas? Todos los jugadores deberían guardar cuarentena y someterse a tests. Es básico. Sin embargo, no se hace. No en la Euroliga, desde luego. El pasado martes, sin ir más lejos, el Barcelona saltaba a la cancha del Valencia Basket sin Nikola Mirotic, que había dado positivo horas antes. Aparte del perjuicio deportivo que puede causar al equipo blaugrana, que a estas alturas de competición es mínimo -de hecho, el Barça ganó su partido-, ¿qué sentido tiene que los compañeros de Mirotic estén jugando aún en período de cuarentena contra otros tantos jugadores de otros equipos?

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La sensación que da la Euroliga -y no solo- es que no ve a sus deportistas como personas sino como conejillos de indias en ese intento de inmunidad de grupo. Que se contagien, que total no pasa nada. Es un mensaje horrible para la sociedad, que ve cómo sus estrellas dan positivo pero más o menos siguen vida normal. Contrasta, además, con el protocolo de la Liga Endesa, mucho más estricto y comprensivo: si hay casos de Covid, partido suspendido sin represalias. La burbuja que se utilizó en junio pasado para acabar la competición fue un ejemplo de cómo deben hacerse las cosas.

El problema es que esto no es cuestión solo de la Euroliga, aunque el número de casos se cebe especialmente con ellos. Estos días estamos viendo positivos de futbolistas y ciclistas por todo el mundo, pero sobre todo en Italia. Vivimos un momento de segunda ola europea que no sabemos adónde nos va a llevar, pero que no pinta nada bien. Sería, quizá, momento de parar y reflexionar. Abrir el paraguas y esperar a que escampe. No. Hay que seguir. Como sea. Cumplir contratos televisivos y cruzar los dedos por que nadie acabe en una UCI o con secuelas de cualquier tipo. El momento más ridículo que hemos vivido estos días fue cuando el Nápoles se vio afectado por un brote, las autoridades sanitarias ordenaron cuarentena a todos los jugadores coincidiendo con un partido de Serie A en Turín y no solo la Juventus no sintió la más mínima empatía y se presentó a un estadio vacío, sino que las autoridades deportivas le han dado el partido por perdido al Nápoles y le han quitado un punto.

No se puede hacer más el ridículo y no se puede mandar peor mensaje a los ciudadanos de a pie, insisto. Se castiga al enfermo. Se premia al que obvia los protocolos de salud pública. Estupendo. Sin salir de Italia, tenemos el caso del Giro, que continúa estos días por el país transalpino sin dos de los equipos que empezaron la ronda en Sicilia: el Jumbo-Visma y el Mitchelton-Scott. En ambos equipos hubo suficientes positivos durante la jornada de descanso como para que decidieran retirarse. Nadie les expulsó, ojo, no fue un protocolo de la organización. Ellos mismos se dieron cuenta de que eran un peligro público y cogieron las maletas. Ahora bien, más allá de ese día de descanso, no sabemos nada. No ha habido más casos en los demás equipos bajo sospecha y no se sabe de nuevos tests hasta el próximo lunes.

La situación es suficientemente grave como para tomársela tan a la ligera. Todos entendemos las necesidades económicas de unas industrias que mueven cientos de millones de euros, pero, ¿qué valores está transmitiendo ahora mismo el deporte europeo? “Chavales, contagiaos, si sois jóvenes y el mundo es vuestro”. Como si hiciera falta insistir en un mensaje ya tan instalado desgraciadamente en nuestras sociedades. En vez de proteger a sus trabajadores, los expone conscientemente. Dan por hecho que son inmortales. Y si se equivocan, pues nada, se ficha a otro y al siguiente partido.

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