El Open de Australia da una lección al deporte y al coronavirus

Guillermo Ortiz
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MELBOURNE, AUSTRALIA - JANUARY 26:  Beau Woodbridge sings the national anthem at the Australia Day Ceremony held on Rod Laver Arena on day 12 of the 2018 Australian Open at Melbourne Park on January 26, 2018 in Melbourne, Australia.  (Photo by Mark Kolbe/Getty Images)
Photo by Mark Kolbe/Getty Images

Si el equilibrio social entre normalidad y restricciones ya está siendo suficientemente complicado en todos los sectores, el mundo del deporte se lleva la palma de la irresponsabilidad sanitaria. Es cierto que hablamos de una industria multimillonaria que ha sufrido unas pérdidas enormes, probablemente inasumibles en el medio plazo... pero el riesgo al que han sometido sistemáticamente a sus trabajadores y la falta de ejemplo que se ha dado al resto de la sociedad han sido tremendos, en ocasiones, escandalosos. No hace tanto que supimos de las secuelas en forma de trombosis que ha tenido Diego Costa, el jugador del Atlético de Madrid, y es probable que la cosa no quede ahí. Ante un virus letal y con unas consecuencias desconocidas, prácticamente todos los deportes han preferido seguir pase lo que pase y se contagie quien se contagie. Por qué han aceptado los distintos sindicatos y asociaciones de deportistas este enfoque sin rechistar ya es otra cuestión.

El tenis no ha sido excepción alguna. Es cierto que muchos torneos se han suspendido y que los que han seguido adelante son los más importantes del calendario, con alguna excepción. Aquellos que, por dinero, podían permitirse un mínimo de adaptación o “burbuja”. Ahora bien, hemos visto a jugadores quejarse de la falta de rigor de esas burbujas, hemos visto a Zverev jugar un partido de Grand Slam con fiebre y otros síntomas sin haberse hecho PCR antes y hemos visto en general un intento de adaptar la realidad al deporte, hacer como si nada. ¿Recuerdan cuando volvió la liga alemana y los jugadores no sabían qué hacer para celebrar un gol y seguían guardando las distancias de seguridad? Ahora, esas precauciones ya no se ven en el fútbol ni en el tenis ni en ninguna parte. De todos los sectores de la sociedad, insisto, el deporte es el que más claramente nos ha venido a decir que el coronavirus no es una amenaza, que no pasa nada por seguir nuestras actividades normales y que si te contagias, bueno, ya te curarás. O no, qué más da.

Ese “qué más da” ha funcionado muy bien en Europa y Estados Unidos. Ahora bien, en cuanto el centro polideportivo se ha desplazado a Australia, las cosas han cambiado. En Australia, los deportistas son ciudadanos como cualquier otro y las competiciones deportivas no tienen bula. Más concreto, en el estado de Victoria, cuya capital es Melbourne, se toman esto del coronavirus muy en serio y exigen a todos los visitantes unas cuarentenas completas, se llamen como se llamen y se dediquen a lo que se dediquen. Así, han conseguido contener el virus tras unos primeros brotes en la zona que palidecen en comparación con los que hemos vivido nosotros pero que son suficientes para que ellos no bajen la guardia. Aunque la organización del Open de Australia ha estado intentando buscar atajos para no molestar en exceso ni a los tenistas ni a los demás torneos, las autoridades locales han sido inflexibles: si quieren celebrar el torneo tendrá que ser en febrero... con la condición de que todo el mundo lleve antes quince días metido en una burbuja y en unas condiciones draconianas.

Así, quien quiera disputar el Open, sabe que tendrá que llegar a Melbourne como tarde el 25 de enero. La organización fletará aviones entre el 15 y el 17 de ese mes y la cuarentena empezará a contar a partir del último que llegue al recinto habilitado. Podrán entrenar con solo una persona y tendrán un margen de cinco horas fuera de sus habitaciones. Ni una más. Se entiende que todos sus movimientos -como sucedió en la NBA- tendrán que estar previamente notificados y autorizados. Si a alguien no le gusta, que no vaya. El torneo en sí empezará el 8 de febrero, que es cuando tenía pensado acabar. No sabemos qué va a pasar con el resto de torneos de la gira australiana: la ATP Cup ya está suspendida y en principio también pasará lo mismo con Sydney, Auckland, etc. Otra posibilidad es mover esos torneos a la burbuja como pasó con el Open de Cincinnati, que se disputó en Nueva York el pasado mes de agosto.

De momento, los jugadores no han dicho mucho al respecto. Se pasaron meses hablando de lo mal que les parecía la burbuja del US Open, pero sobre esto no tienen opinión. Es curioso lo que ha pasado con los años con el Open de Australia. En los 60, 70 y buena parte de los 80, era el “patito feo” de los Grand Slam. Nadie quería hacer el viaje hasta tan lejos para jugar el que por entonces era el último torneo de la temporada. Con el cambio de fechas a enero-febrero y un trato exquisito por parte de la organización, se ha ido convirtiendo en el torneo favorito de los jugadores. Prácticamente nadie le pone pegas a nada. Esperemos que ahora suceda lo mismo y se entienda que estas medidas en el fondo les protegen más que otra cosa. Aparte, las dos semanas que se pierden en el calendario pueden servir para un regreso más probable de Roger Federer, quien aún no ha confirmado si jugará el torneo o no tras casi un año de lesión.

En cualquier caso, el ejemplo ya está ahí y ya era hora: se puede compaginar el deporte con la salud si uno acepta rebajar las prisas. Entre los miedos de la organización de perder dinero -se sigue sin saber si podrá entrar público a las gradas ni con qué aforo- y los miedos de las autoridades de provocar una “tercera ola” por estas dos semanas tumultuosas tiene que haber un punto medio y confiemos en que se haya encontrado. Si los demás deportes siguen queriendo poner en juego las carreras de sus profesionales, es cosa suya. El tenis ha dicho basta (o, más bien, las autoridades han dicho basta en nombre del tenis) y es justo el mensaje que llevábamos meses esperando.

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