La política del espectáculo y el silencio del Congreso

Las sociedades y la política se encuentran atrapadas dentro la sociedad del espectáculo. Si no hay audiencias no hay paraíso y apenas existencia. Así, para evitar que las masas caigan en el tedio más profundo la política se ha convertido en series de sucesos con una coreografía teatral en bucle. Lo que ha tenido como consecuencia que el flujo y contraflujo de informaciones, rumores y fake news políticas cree el efecto de una campaña electoral permanente con el objetivo de capturar, sea como sea, el recurso escaso de nuestro tiempo: la atención.

De toda la teatralidad desplegada en el Congreso de los Diputados alrededor de la elección de Pedro Sánchez como presidente del gobierno de España destacan, en dura competencia por la atención pública las lágrimas de Pablo Iglesias por llegar por fin, suponemos, a donde quería llegar; la retórica naif revolucionaria y la artificial oferta de diálogo mezclada con el desprecio a la gobernabilidad de España de la portavoz de ERC; el incansable cinismo de EH Bildu; el apocaliptismo populista de Vox… Hay quiénes no solo no cambian nunca de opinión sino tampoco de repetir el mismo tema sin que dependa de la ocasión ni el momento.

Pablo Iglesias, Unidas Podemos (Together We Can) leader, and his partner, party member Irene Montero react after Spain's Prime Minister Pedro Sanchez won the parliamentary vote following the investiture debate at Parliament in Madrid, Spain, January 7, 2020. REUTERS/Stringer
Pablo Iglesias, Unidas Podemos (Together We Can) leader, and his partner, party member Irene Montero react after Spain's Prime Minister Pedro Sanchez won the parliamentary vote following the investiture debate at Parliament in Madrid, Spain, January 7, 2020. REUTERS/Stringer
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De entre las intervenciones de estos días en el Congreso la más off the road ha sido la de Ana Oramas, diputada de Coalición Canaria desde 2007. Lo cierto es que en muchas ocasiones lo que no ocurre, lo que no se dice o lo que no se hace es aquello que está cargado de un significado político más profundo. La diputada Oramas primero pidió perdón a su partido por saltarse la disciplina de voto y por, en definitiva, tomar la decisión de votar según su conciencia. Quizás algo que no debería ser tan excepcional si, de verdad, los votantes eligiesen a sus diputados provinciales en lugar de cada partido según probabilidades de salir elegidos.

Aún más significativo es cómo Oramas justificó su estéril disidencia «Ni soy una facha ni los diputados del PSOE y Podemos están con los terroristas» situándose de forma voluntaria y en solitario en el centro exacto del terreno político de nadie. Por eso mismo la diputada Oramas al finalizar su discurso solo obtuvo, de los de los 349 diputados presentes, el silencio como respuesta. Tras horas y horas de aplausos, bronca, pataleos y algo de debate, solo consiguió el silencio indiferente de sus colegas.

Este es el nivel del debate político posinternet: cualquier persona que intente situarse en una posición no partisana, mediando entre voluntades políticas opuestas será considerada, de manera simplista y brutal, como enemigo y se arriesga a ser diana de las descalificaciones más tópicas y groseras. O en el mejor de los casos ser ignorado por exótico como le ocurrió a Oramas.

Ahí radica el arrojo trágico y la dignidad del suicidio político de Oramas, puesto que su decisión tendrá consecuencias negativas para su continuidad como diputada en una próxima legislatura. Y, por lo demás, tampoco podía alterar de forma alguna el resultado de la votación de investidura. Lo que le faltó a Oramas fue algo de épica, acaso, haber citado aquello de Baudelaire ¡Yo soy la herida y el cuchillo! ¡Yo soy la bofetada y la mejilla!... ¡Y la víctima y el verdugo! Porque un suicidio político sin épica es un sacrificio sin memoria ni futuro.

Defender la autonomía personal o, incluso, el sentido común en política puede ser el antisigno de nuestro tiempo donde debido al partisanismo dominante los que no piensan igual, son reducidos a enemigos. El partisanismo es la antesala de procesos de deshumanización colectiva de los otros con graves consecuencias sociales. Una violencia ya muy normalizada en los falsos debates políticos en Twitter o Facebook que a veces estalla en las calles. 

Tras el silencio estrepitoso en respuesta a la decisión de Oramas había dos clases de políticos: aquellos que consideraron sensato el alegato de Oramas pero lo desecharon por políticamente irracional; y aquellos que no entendieron cómo podía tomar esa decisión sin ganar nada a cambio o, peor aún, cuando solo obtendría un provecho negativo. Pero Oramas, de forma impensable, dejó de jugar al juego que todos juegan por la sencilla razón de que todos lo juegan. En el flujo interminable de noticias políticas tiende siempre a ocultarse a la opinión pública el mercantilismo político que implica cada acuerdo y desacuerdo.

¿Cuarenta años de democracia para que siga siendo ubicua la repetición de calificativos como rojos y fachas, comunistas y fascistas? ¿Esto es la cima de algo en nuestra cultura política? ¿La que les ofrecemos como herencia a las próximas generaciones? Si cuatro décadas han desembocado en la ingobernabilidad y discursos políticos tan brutales como simplistas ¿qué podemos esperar de la próxima década? ¿quién va a defender el bien común entre tanto partisanismo y políticas identitarias en conflicto? 

No obstante, ninguna conmoción política dura más de 48 horas, hay mucho apetito por la siguiente, es lo que le dice el personaje de Harold Wilson a la reina Isabel II al final de la tercera temporada de The Crown. 48 horas, claro, era en los años 70 del siglo XX. 

Hay que instalarse en el caos, seguiremos atentos.


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