Cuarenta años de la tragedia que cambió el mundo del boxeo

(Original Caption) 11/13/1982-Las Vegas, NV- Ray Mancini, 134 3/4, lands a vicious right hand to the head of Duk-Koo Kim in the 14th round of their scheduled 15-round World Boxing Association lightweight title fight in Las Vegas. Kim, 134 1/4, was knocked out by the punch and was hospitalized without regaining consciousness. Mancini retained the title.
Ray Mancini golpea a Duk-Koo Kim en el decimocuarto asalto de su combate en Las Vegas

Ceasar´s Palace de Las Vegas. Tarde del 13 de noviembre de 1982, con una temperatura más que agradecida en un multitudinario evento al aire libre. Ray "Boom Boom" Mancini, el pequeño italoamericano que solo ha perdido un combate como profesional a sus 21 años, defiende su título de campeón del mundo de los pesos ligeros ante el corajudo coreano Deuk-Hoo Kim, de 27. El público de Nevada apoya claramente al joven prodigio y así se lo hace saber al principio de cada asalto, que se recibe con una oleada de expectación y griterío, esperando el momento en el que por fin Kim caiga y Mancini pueda volver a colocarse su cinturón.

Solo que Kim no cae. Resiste como si fuera Rocky y se estuviera jugando el prestigio de un país o vengando a un amigo. Mancini ataca y ataca, golpes arriba y abajo, pero el coreano se protege como puede y encaja, no deja de encajar. Los ojos hinchados, los labios amoratados. Así hasta el decimocuarto asalto, es decir, el penúltimo. Por entonces, los campeonatos mundiales seguían decidiéndose a quince asaltos en vez de a doce, como el resto de combates. "Los asaltos de campeonato", como se llamaba a esas tres últimas rondas en las que el cuerpo, castigado, sustituye cualquier táctica por el instinto y la supervivencia.

El asalto empieza con Kim ocupando el centro, mostrándose ofensivo, pero las tornas cambian de inmediato: a los seis o siete segundos de sonar la campana, Kim vuelve a agachar la cabeza, pero no se protege lo suficiente. Mancini golpea con un gancho en la cara del asiático, que retrocede aturdido. Es el momento: "Boom Boom" le persigue para atraparlo contra las cuerdas y por el camino, tal vez para no caerse, Kim separa los brazos y se queda sin guardia. Mancini aprovecha para un puñetazo final que tira a su rival a la lona. El público grita con entusiasmo. El árbitro coge del suelo a Kim, que sigue tambaleándose y da por acabado el combate.

Lo que pasa a continuación son las imágenes de una tragedia: Mancini, eufórico, se sube a hombros de sus preparadores, la cara también destrozada. Cuando va a consolar a su rival, su rival no responde. Poco después, cae derrumbado de su propia silla. Las asistencias médicas, casi inexistentes, intentan reanimarlo sin éxito. Desvanecido, le sacan del ring, pecho descubierto, en una camilla que vence hacia los lados. En el hospital, le inducen el coma. A los cuatro días, justo hoy hace cuarenta años, muere producto de los golpes recibidos.

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La historia de Deuk-Hoo Kim es la historia de un hombre que murió demasiado joven, justo cuando las puertas del circuito estadounidense se abrían para él. Pero hay mucho más. Hay un reguero de desgracias que cambiará para siempre la manera de entender el boxeo y de competirlo. Mancini, el campeón del futuro, viajó a Corea del Sur para el funeral y cayó de inmediato en una grave depresión que acabó de hecho con su carrera como boxeador, aunque lograra volver con cierto éxito a finales de los ochenta.

La madre de Kim se suicidó tres meses después del combate, incapaz de soportar el dolor de la pérdida de su hijo. También lo hizo el árbitro del combate, Richard Green, en julio de 1983. Se sentía culpable. Tendría que haber terminado con todo eso antes, pero no lo hizo. Nadie le culpó en su momento, pero no hizo falta. En cualquier caso, la culpa no era de Green ni mucho menos de Mancini. La culpa era de un deporte que presumía de épica llevada al extremo y que movía millones de dólares utilizando a los luchadores, normalmente de clase humilde, como peones.

La culpa era de las federaciones y su manía de los quince asaltos. Todos sabían que eso era inhumano, pero se negaban a cambiarlo. El espectáculo, ya saben. Eran los años en los que Ali se arrastraba por los rings y los platós mostrando una afasia más que preocupante que derivó en un párkinson temprano. La WBC, organizadora del combate, cambió de inmediato la regla y volvió a los doce asaltos. No tardó ni dos meses. Mucho más tardaron sus competidoras, la WBA, la WBO y la IBF, que esperaron hasta 1989.

¿Qué les llevó a darse cuenta tan tarde de la urgencia de reducir el sufrimiento físico de los boxeadores? La desgracia. En solo tres meses de 1988, murieron en el ring dos sudafricanos: Brian Baronet y Daniel Thelele. Eso no quiere decir que todo sea ahora color de rosa. Ni mucho menos. Entre julio y octubre de 2019, murieron cuatro boxeadores por sus heridas en el ring: el ruso Maxim Dadashev, el argentino Hugo Santillan, el búlgaro Boris Stanchov y el estadounidense Patrick Day. Aún queda mucho por hacer para evitar muertes y lesiones de por vida. Si para ello hay que atenuar el "espectáculo", que así sea. En cuarenta años, las cosas siguen tan mal como siempre.

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