La doble mentira de Leo Messi cuando no queda nada a lo que agarrarse

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Unai Bustinza trata de parar a Leo Messi con un placaje. (Foto LLUIS GENE / AFP) (Photo by LLUIS GENE/AFP via Getty Images)
Unai Bustinza trata de parar a Leo Messi con un placaje. (Foto LLUIS GENE / AFP) (Photo by LLUIS GENE/AFP via Getty Images)

El ritmo era plomizo, enfangado. El estadio, un páramo. La posesión anodina y sedante del Barça de Quique Setién trataba de desgastar al rival, pero el conjunto azulgrana no circulaba el balón con la precisión y velocidad necesarias para superar a un Leganés meticuloso en el repliegue. Entonces, apareció el de siempre. Ante la duda, Messi. Ante el aburrimiento, Messi. Ante cualquier rival, Messi. Porque cuando no queda nada a lo que agarrarse y el resto de jugadores llamados a marcar la diferencia como Antoine Griezmann se desvanecen, el argentino siempre se erige como un resorte en forma de respuesta más fiable.

Leo, que se miraba el partido desde la derecha al inicio, decidió entrar en contacto con el balón para incrementar las pulsaciones de un partido que apuntaba a drama desde el principio. Tac, tac, tac. Ivan Rakitic compensaba sus movimientos sin balón, así que Messi empezó a zarandear el sistema de ayudas del Leganés de Javier Aguirre al crear superioridades por donde merodeaba. El ‘10’ azulgrana, apoyado en la anarquía, buscó socios, pero Griezmann se escondía entre los centrales rivales y Arthur Melo giraba sobre sí mismo. No se sabe a ciencia cierta si con la empresa de despistar al rival o a él mismo.

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Leo Messi ocupa posiciones de interior para subsanar la falta de fluidez en la posesión azulgrana.
Leo Messi ocupa posiciones de interior para subsanar la falta de fluidez en la posesión azulgrana.
El argentino dirige la salida de balón entre centrales como un centrocampista más.
El argentino dirige la salida de balón entre centrales como un centrocampista más.
Leo Messi se ve obligado a retrasar su posición ante la imposibilidad de recibir entre líneas en la mediapunta.
Leo Messi se ve obligado a retrasar su posición ante la imposibilidad de recibir entre líneas en la mediapunta.

Hasta que dio con la banda izquierda, donde un extremo hiperactivo como el Demonio de Tasmania de nombre Ansu Fati no dejaba de encarar a su rival. El canterano miraba a los ojos a su defensor y le retaba a muerte en la plaza del pueblo. Una situación que se repite a cuentagotas en una plantilla descompensada donde el desborde recae principalmente en los pies de un jugador que el próximo 24 de junio cumplirá 33 palos. Messi, entusiasmado ante la posibilidad de aligerar la responsabilidad regateadora, se desplazó hasta la izquierda para agitar el árbol que contenía más frutos, el de Ansu Fati. Precisamente ahí, a raíz de una combinación con Junior Firpo, el guineano recogió un balón manso para inaugurar el marcador.

El '10' del cuadro catalán empieza a virar hacia el costado izquierdo para sobrecargar la zona de Ansu Fati.
El '10' del cuadro catalán empieza a virar hacia el costado izquierdo para sobrecargar la zona de Ansu Fati.

El caso es que Messi nos volvió a mentir. Por partida doble, para colmo del espectador. El primer embuste se dio en la primera parte y aunque ya lo habíamos visto en muchas ocasiones, nos lo estuvimos a punto de volver a tragar. El ‘10’ azulgrana trató de hacernos creer, a través de su supremacía en el juego, que el Barça había sido superior al Leganés por el simple hecho de contar con Leo. Pese a las dificultades colectivas para conectar las piezas, el ritmo procesionario del balón o las múltiples ocasiones de gol que había tenido el cuadro pepinero.

Sin embargo, la segunda trola fue peor. Inexcusable. La crueldad del enredo no tiene perdón de Dios ni aunque la estafa sea perpetrada por una divinidad futbolística. Se dio en el minuto 68 de partido. El rosarino examinó el horizonte e instintivamente se zafó del primer rival en su camino con un leve gesto de cintura. Rápidamente otros acudían a apresarlo. Todas las alarmas se encendieron, pero no repararon en que ya era demasiado tarde.

El balón iba pegado a la bota como una prolongación más de su extremidad y los defensores chocaban contra el argentino sin fortuna. Se resbalaban como pastillas de jabón y Messi avanzaba a trompicones. La congoja se traspasaba entre los rivales ante el origen de una acción que ya ocupa un sitio en holgado catálogo de jugadas imposibles del argentino. Así forzó la pena máxima y así llegó el 2-0. Por momentos, Messi nos engatusó. Menos mal que al rato pudimos mirar el documento de identidad del argentino y comprobar su edad, aunque su fútbol se esfuerce en camuflarla.

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