Después de seis finales de la NBA, Draymond Green sigue sin saber controlarse

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BOSTON, MASSACHUSETTS - JUNE 08: Draymond Green #23 of the Golden State Warriors argues with referee Scott Foster #48 in the second quarter during Game Three of the 2022 NBA Finals against the Boston Celtics at TD Garden on June 08, 2022 in Boston, Massachusetts. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and/or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. (Photo by Maddie Meyer/Getty Images)
Draymond Green protesta efusivamente al árbitro durante el tercer partido entre Boston Celtics y Golden State Warriors (Photo by Maddie Meyer/Getty Images)

Negar la importancia de Draymond Green en las seis finales de la NBA que han jugado los Golden State Warriors durante los últimos ocho años sería absurdo. Green, en sus buenos momentos, es capaz de gestionar un ataque complejo con sus pases y su movimiento de balón, es capaz de parar al mejor jugador del equipo contrario y es un as de las ayudas defensivas, lo que le convierte en un jugador con números modestos pero de una importancia brutal en el juego. Eso no quiere decir que los años no hayan pasado en balde. A los 32 años, no es el mismo jugador que a los 26. Menos explosivo, menos omnipresente, se ve obligado a recurrir (aún más) a todo lo que no es exactamente "juego sucio" pero se le parece.

Si alguien no demasiado aficionado a la NBA tuviera que asociar a Draymond Green con la historia de las finales, mencionaría aquel cuarto partido de 2016, cuando los Warriors del 73-9 en temporada regular se enfrentaban a los Cleveland Cavaliers de LeBron James y Kyrie Irving. Aquel encuentro lo ganaron los de Oakland y pusieron un 3-1 que se antojaba definitivo, más aún teniendo en cuenta que, de los tres posibles partidos restantes, dos los jugarían en casa. Sin embargo, hubo una jugada en ese encuentro que marcó el resto de la serie...

A falta de menos de tres minutos y con los Warriors diez arriba, James y Green empezaron a empujarse y a combatir por un espacio que no existía. La cosa fue a mayores: James casi pisó a Green cuando este cayó al suelo y, como respuesta, Green soltó el puño para darle en la entrepierna a la estrella de los Cavs. El propio James alertó a la liga de la jugada, conocedor de que, si se decidía que era una flagrante (el equivalente a la antideportiva en el baloncesto FIBA), Green tendría que perderse el siguiente partido. La NBA le hizo caso, Green tuvo que cumplir la suspensión y los Warriors acabaron perdiendo los tres encuentros restantes.

Aunque la jugada en cuestión levantó muchas polémicas -y es lógico que así sea, porque, en fin...- nadie puede excusar a Green de haber llegado a ese momento con tal acumulación de flagrantes y de técnicas. Hay veces que algo forma parte de tu juego y te hace mejor... y veces que se vuelve en tu contra. Con Green, en ese sentido, cada día puede ser una sorpresa. En estos playoffs, y sobre todo en esta eliminatoria final, hay veces que parece haberse convertido en una caricatura de sí mismo, y eso ni le conviene a él ni le conviene a su equipo, que pierde 2-1 contra los Boston Celtics.

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En los tres partidos de la final, hemos visto tres versiones distintas de Green. En el primero, apenas se le vio. Estuvo poco activo, desubicado en defensa y, aunque ayudó en el rebote, como siempre, acabó el partido con dos de doce en tiros y seis faltas personales. La frustración de la derrota llevó a Green a mostrar una cara bien distinta en el segundo partido: tras unos primeros minutos de dominio de los Celtics, decidió llevar el juego al barrizal. Green se pasó el resto del encuentro rozando el juego sucio, coqueteando con una segunda técnica que le expulsara del mismo y provocando a cada jugador de los Celtics con el que se encontraba.

Funcionó. Eso es innegable. Tras el partido, tanto Jaylen Brown como Al Horford salieron para decir un par de cosas sobre Green, muestra de que les había afectado. La reacción de Green fue ridícula: "Me he ganado un trato distinto por parte de los árbitros". La afirmación, además, era ambigua, porque hace poco había dicho eso mismo para quejarse y ahora parecía hacerlo para reivindicarse. Hay veces que no hay manera de saber lo que pasa por la cabeza de Draymond Green, pero ya tiene edad y experiencia suficiente para saber que hablar en público de por qué los árbitros no te han pitado una segunda técnica no te va a ayudar en el siguiente partido.

Y así fue. En el tercer encuentro de la serie, disputado en Boston, a Green no le permitieron nada de su juego duro, ni de sus empujones, su continua turra o su intimidación. En los treinta y cinco minutos que estuvo en la cancha, apenas lanzó cuatro veces a canasta (anotó una) y, como era de esperar, le pitaron seis faltas y acabó expulsado. Hay veces que parece que Green vive en un complejo mundo interior a lo Dennis Rodman en los 90, pero sin la capacidad que tenía Rodman (al menos el Rodman de Pistons y Bulls) para regular sus excesos de intensidad en los momentos clave.

A Green le vemos demasiado en entrevistas, en podcasts, en redes sociales. Hablando de cosas que a veces tienen que ver con el baloncesto, pero que sobre todo tienen que ver consigo mismo. Se mete en unos jardines tremendos en vez de estar centrado en su profesión y en el que puede ser su cuarto anillo. El problema, además, es que los Warriors le necesitan... pero no necesitan al bocazas, necesitan al organizador. Necesitan al hombre sobre el que hacer pivotar el ataque y la defensa. El hombre centrado e inteligente. A lo mejor, Green cree que ha hecho carrera en la NBA a base de intensidad y lucha, pero se equivoca. Ha hecho historia con sus pases, con sus robos, con sus tapones y con sus rebotes. Que vuelva a eso y se deje de majaderías o los Warriors lo van a pagar caro.

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