Bernal, Pogačar, Evenepoel y la amenaza de un futuro perdido

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Colombian Egan Bernal of Team Ineos wearing the yellow jersey pictured in action during the final stage of the 106th edition of the Tour de France cycling race, from Rambouillet to Paris Champs-Elysees (128km), France, Sunday 28 July 2019. This year's Tour de France starts in Brussels and takes place from July 6th to July 28th. BELGA PHOTO DAVID STOCKMAN        (Photo credit should read DAVID STOCKMAN/AFP via Getty Images)
DAVID STOCKMAN/AFP via Getty Images)

El 18 de mayo de 1939, Gino Bartali terminaba su participación en el Giro de Italia en una frustrante segunda posición, justo detrás de Giovanni Valetti, quien revalidaba así su triunfo del año anterior. A dos meses de cumplir los 25 años, Bartali era con mucho el mejor corredor del planeta: doble ganador del Giro (1936 y 1937) y vigente vencedor del Tour de Francia (1938), solo la irregularidad le había privado de una tercera corona en su carrera favorita. Valetti se agarró en las contrarrelojes a un triunfo improbable frente a un rival exultante: cuatro triunfos de etapa para Gino, incluida la etapa final con llegada a Milán, un triunfo de coraje y rabia.

En el fondo, no era tan grave. Estaba en plena juventud y a ese nivel caerían Giros y Tours con facilidad durante el siguiente lustro. Era ley de vida. El resto, ya lo imaginan: Italia le declaró a Francia la guerra en junio de 1940 como apoyo a la invasión nazi... y no volvió a haber un Tour de Francia hasta 1947. Bartali, encargado de labores de suministro durante la guerra, volvió con hambre a la competición: en 1946, ganó la primera edición del nuevo Giro y en 1948 se impuso en el Tour, diez años después e su primera victoria, ya con 34 años. En 1949, no le quedó más remedio que rendirse ante Fausto Coppi y entregar el relevo.

Tanto la carrera de Bartali como la de Coppi han quedado como los grandes ejemplos de “lo que pudo ser y no fue” en el mundo del ciclismo. Ambos habrían estado en su mejor estado de forma justo cuando el mundo paró en seco. Desde entonces, no se había tenido que volver a suspender una gran vuelta por etapas. Desde aquel 1947 en el que Giro y Tour se disputaron con normalidad, ningún campeón se vio condenado a la espera y la adrenalina salvo por motivos obvios de lesiones o sanciones por dopaje.

Una pandemia no es una guerra. Esto se repite mucho últimamente, entre otras cosas porque antes se había repetido mucho lo contrario. Lo que sí tienen en común es que no sabemos las consecuencias; por no saber, no sabemos ni cuándo acaba. Por mucho que la organización del Tour de Francia insista en mantener las fechas de su edición de 2020 aunque sea sin público en las cunetas, lo cierto es que nadie con sentido común puede imaginar que a principios de julio, Europa esté como para organizar tal evento de masas.

De hecho, entre todos los deportes profesionales, el ciclismo es el que más complicado lo tiene para salir de esta crisis con una cierta premura: todo lo que se pueda desarrollar en una sola sede tendría prioridad. Si hay que jugar finales a 8 o finales a 16 de otras competiciones, se hará... pero, ¿que se hace con un grupo de 190 corredores más técnicos más masajistas más doctores más mecánicos, organizadores, publicistas... que van de un lado del país a otro durante tres semanas? ¿Quién cubre el riesgo de que cualquier caso asintomático se detecte cuando ya haya pasado por cinco o seis ciudades distintas?

En ese sentido, si en el mundo del tenis ya contemplan dar 2020 por acabado, no deberían ser más optimistas los aficionados al ciclismo. Puede que algo se corra, pero, ¿el qué y cuándo? Imposible saberlo. Un año perdido parece poca cosa en las circunstancias actuales pero puede ser decisivo para aquellos que estaban llamados a dar un salto importante de calidad esta misma temporada. Si por un lado, se puede argumentar que los Roglic, Dumoulin, Quintana, Thomas o Froome tienen más urgencia porque tienen la retirada más cerca, también es obvio que para los Bernal, Pogačar, Evenepoel... cada año de progresión truncada es un año más de espera.

Pocas veces en la historia reciente del ciclismo habíamos visto tantos corredores con tanta calidad a tan temprana edad: solo en el titular de este artículo tenemos al vigente campeón del Tour de Francia, al tercer clasificado de la Vuelta 2019 y al último ganador de la Clásica de San Sebastián y campeón europeo contrarreloj. Ninguno de los tres tiene más de 23 años (Bernal los cumplió en enero). En lo poco que se pudo disputar de la temporada, Pogačar demostró ser el mejor en Valencia y en Emiratos, aunque la cancelación del evento le pilló en segunda posición; Evenepoel, por su parte, se impuso en San Juan y el Algarve.

No son ellos los únicos jóvenes que no quieren pasar por lo que pasaron Coppi o Bartali. El abanico de jóvenes campeones es enorme: ahí tienen a Sergio Higuita, a Iván Sosa, a Pavel Sivakov... encerrados en su casa dándole al rodillo como locos. Con un futuro así por delante, es normal que todos queramos que llegue cuanto antes, la organización del Tour incluida, pero no tiene pinta. Un año de espera es algo razonable. Si algo nos ha enseñado esta crisis es que ponerse en lo peor no le hace mal a nadie.

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