El castigo de usar sujetadores (y la fantasía de deshacernos de ellos)

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La nuevas tecnologías de ropa íntima han permitido la comercialización de sujetadores sin aros y sin costuras. (Getty Images)
La nuevas tecnologías de ropa íntima han permitido la comercialización de sujetadores sin aros y sin costuras. (Getty Images)

Mi niñez terminó el día en que usé mi primer sujetador.

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Tendría unos 9 años cuando mi madre me compró aquella incómoda prenda a la que le encontraba utilidad. No amortiguaba los dolorosos golpes en el pecho al lanzarme jugando al suelo. Y lo peor, me exponía a que mi hermano estirara sus ligas para darme un cintarazo.

Fui adolescente en una época en que no existían tallas especiales para la ropa interior. El 32 me quedaba pequeño, el 36 era enorme, así que debía acomodarme en un 34B que siempre me apretaba las costillas.

La cosa empeoró cuando se pusieron de moda los push-up. Eso de "entrar en el aro" nunca se ha adaptado a mi personalidad ni a mi cuerpo, y sufría horrores con los refuerzos metálicos que ayudan a levantar artificialmente una parte del cuerpo que está diseñada para colgar.

Mi rechazo nada tiene que ver con la idea feminista de que el sujetador es una muestra del dominio patriarcal sobre nuestros cuerpos. No me gustan porque me causan dolor físico. La asimetría de mi cuerpo deforma el más anatómico de los diseños y, luego de unas cuantas lavadas, el hilo metálico atraviesa la tela y termino con la punta clavada a un costado de mi seno derecho.

La primera vez que me ocurrió tendría unos 28 años y ni un gramo de sobrepeso. Cambiaba de talla, les colocaba parches para reforzar las costuras, pero tarde o temprano llegaba a casa con la camisa machada de sangre porque el aro metálico del sostén se había salido otra vez.

A los 50 no hay fuerza en el mundo que me obligue a gastar dinero en prendas que me causan malestar. Para mi fortuna, los diseños y la tecnología de industria de la moda han evolucionado y es posible conseguir sujetadores sin aros ni rellenos, cosa que tampoco me resulta agradable.

Me sentí reflejada en las palabras de Jennifer R. Povey, quien escribió para Medium: "Son incómodos. Son caros. No se pueden meter en la secadora. Pero la mayoría de las mujeres se niegan a andar sin sujetador, especialmente en público. Para muchas de nosotras es sólo un hábito. Vaya, tengo puesto un sujetador en este momento por ninguna otra buena razón que es lo que estoy acostumbrada a hacer. No tiene aros (una batalla constante) pero es un sujetador".

Buenas intenciones

Los sujetadoras modernos fueron creados a comienzos del siglo XX para sustituir al corsé, prenda que se ajustaba con lazos al torso y estaba diseñada para moldear la figura femenina, reduciendo la cintura, acentuando los senos y marcando la curva de las caderas.

Su creadora, Mary Phelps, tenía la ilusión de asistir a los bailes neoyorquinos de 1914 sin el agobio de un corsé. Pero su verdadera utilidad se demostró en las casas, donde las mujeres ya no tenían que desamarrarse el corpiño para hacer las tareas domésticas, sino que podía respirar tranquilas con un ligero sujetador.

Los sujetadores mejoraron al ritmo de las exigencias femeninas, con variaciones en el tamaño de las copas para adaptarse a la variada anatomía de los senos. Para finales del siglo, la popularidad de los brassieres se disparó con el surgimiento de la firma de ropa íntima Victoria Secret, la creación de los sujetadores deportivos y el estrellato de Madonna, quien primero se atrevió a mostrar las tiras de sus sostenes colgando sobre sus hombros y luego reinterpretó el uso del corsé como una prenda de sexualidad y empoderamiento femenino.

Y aunque para algunas es una prenda fundamenta, el sujetador también tiene detractoras. Un grupo de mujeres feministas manifestaron contra su uso mientras se realizaba el concurso de Miss América en 1968, alegando que la naturaleza restrictiva del brassiere era un "instrumento de tortura femenina".

Cuentos de camino

La revista Medical News Today compiló varias investigaciones sobre los beneficios y problemas del uso de los sujetadores sin llegar a resultados concluyentes. Usar un sostén no te va a matar pero tampoco te ayudará a tener senos más firmes cuando la edad y la gravedad comiencen a hacer su trabajo.

La flacidez de los senos puede ser causada por el proceso natural de envejecimiento, por factores genéticos, por el exceso de peso. Pero no hay pruebas científicas que aseveren que las mujeres que no usan sujetadores tendrán los pechos más caídos.

Otro mito sin fundamento es que reducirás las probabilidades de sufrir de cáncer de mamas si evitas los sujetadoras. Esa hipótesis surgió de la idea de que los brassiere afectan el drenaje linfático, un proceso que ayuda a eliminar toxinas y desechos del organismo. La Sociedad Anticancerosa de Estados Unidos ha declarado que no existe una vinculación entre el uso de esta prenda y el cáncer de mamas.

Sobre el uso de sujetador de noche y la interrupción del sueño tampoco hay pruebas definitivas. Los investigadores han encontrado que la presión nocturna por el uso de prendas ajustadas puede aumentar la temperatura corporal y reducir la melatonina, que es la hormona que ayuda a regular el ciclo vigilia-sueño. Pero la muestra de pacientes era pequeña y los resultados pueden resultar sesgados.

Lo que sí es importante es usar el sujetador del tamaño adecuado. No porque te puedes enfermar sino porque te sentirás más cómoda y sufrirás menos. Las mujeres con los senos grandes creen que el uso del brassiere del tamaño justo le ayuda a mejorar la postura y reduce sus dolores de espalda. Lo mismo ocurre con las corredoras, quienes sufren menos dolores y se sienten más cómodas al hacer ejercicio con un sujetador deportivo del tamaño indicado.

Yo uso cómodos modelos de algodón a donde quiera que voy. Sin aros, sin relleno, sin nada que me apriete. Para mí lo primero es bienestar. Nada de eso que para ser bellas hay que ver estrellas y menos si eso implica una zona tan sensible como los senos.

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