Un equipo ruso hace un homenaje extrañísimo a Lenin con actor incluido

Homenaje a Lenin en el campo del FC Volga Uliánovsk. Foto: Twitter @RussoBCF.
Homenaje a Lenin en el campo del FC Volga Uliánovsk. Foto: Twitter @RussoBCF.

Probablemente no sean demasiados los lectores hispanohablantes que sean capaces de situar correctamente en el mapa la ciudad de Uliánovsk. Esta urbe de algo más de 600.000 habitantes se encuentra en Rusia, a unos 700 kilómetros al sureste de Moscú. El río Volga atraviesa una localidad que vive de la industria del automóvil y la aviación, y que raramente atrae turistas occidentales. Con casi cuatro siglos de historia a cuestas, la antigua Simbirsk vio cómo, en tiempos soviéticos, se le cambió el nombre en homenaje a su hijo más ilustre: Vladímir Ilich Uliánov, un político, filósofo y revolucionario un poco más conocido por su seudónimo Lenin.

Del nacimiento de Lenin en la exótica Uliánovsk se cumplió el 149º aniversario ayer, 22 de abril. No es una cifra redonda, pero sí lo suficientemente importante para que el equipo de fútbol local, el FC Volga, haya decidido rendirle un homenaje. El club, que milita en el grupo Ural de la “Liga Profesional de Rusia” (el tercer nivel del fútbol del país), decidió adornar sus camisetas amarillas y negras con un retrato del primer gran dirigente comunista en el partido contra el Chelyabinsk.

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Pero no solo eso. Alguien tuvo también la feliz ocurrencia de sacar a un tipo disfrazado de Lenin, con el nombre correspondiente (en alfabeto cirílico) y el número 149 a la espalda, para que hiciera el saque de honor. Con un estilo bastante particular, eso sí. No queda claro si era un acto reivindicativo o más bien cómico, a juzgar por los andares tan peculiares del actor que interpretaba al mandatario, cuya grabación está dando la vuelta al mundo.

Parece, no obstante, que la pantomima dio suerte al equipo, que se impuso por 1-0 y se consolida en el tercer puesto de la clasificación, lo que le permite tener todavía aspiraciones de ascenso. Lamentablemente para los coleccionistas, no será nada sencillo hacerse con un ejemplar de esta equipación, puesto que el Volga, cuya página web está íntegramente en ruso, no dispone de tienda online.

En el caso de Uliánovsk es hasta comprensible, ya que, más allá de implicaciones ideológicas, Lenin es para ellos un personaje casi hasta folclórico, y quizás la única forma que tiene la ciudad de ser conocida en la inmensidad de Rusia (no digamos a nivel internacional). Pero no es esta la primera vez que un club profesional se involucra, de forma más o menos sutil, en asuntos políticos. De forma institucional, como entidad; no nos referimos a las ideologías que expresen los aficionados en la grada, algo difícil de controlar.

Es muy célebre, por ejemplo, el caso del Corinthians brasileño, que durante los años ’80, en plena dictadura militar, instauró lo que se vino a llamar “democracia corinthiana”, un sistema en el que (no sin controversia) todos los asuntos, desde la gestión de los despachos hasta las alineaciones y las tácticas sobre el césped, se dirigían mediante votación. El proyecto, liderado por el jugador legendario Sócrates, duró poco, pero algunos analistas dicen que su influencia fue clave para la caída del régimen y la recuperación de la libertad en el país. Sobre él se han escrito incontables artículos y novelas y hay abundantes documentales fácilmente encontrables en la red.

Se sabe, de hecho, que los gobiernos totalitarios de uno u otro signo han utilizado a menudo el deporte para controlar a la población. Los de derechas solían ser más o menos discretos a la hora de decantarse por unos colores u otros, siempre ha habido suspicacias sobre si Franco, Hitler o Mussolini favorecían a tal o cual sociedad, pero es difícil demostrar vinculaciones claras. Sin embargo, en los países que vivieron bajo el comunismo no se disimulaba. Los clubes estaban asociados, sin secretismo, a distintas ramas del poder; así, por ejemplo, los equipos llamados Dínamo, o alguna de sus variantes, en todo el este de Europa, tenían conexiones con agencias gubernamentales como el KGB, la Stasi o sus equivalentes. Especialmente llamativo fue el caso del Dynamo de Berlín, que aprovechó su influencia para hacerse con los jugadores más destacados de la antigua Alemania oriental y ganar el campeonato nacional diez veces seguidas entre 1979 y 1988.

Israel es otro país donde la vinculación entre el deporte y la política se observa con claridad absoluta. Cualquiera que se haya interesado alguna vez no solo por el fútbol, sino por el deporte hebreo en general verá que casi todos los clubes llevan uno de estos dos apellidos: Maccabi o Hapoel. La primera es una organización sionista, cuyo símbolo es una estrella de David, que aspira a agrupar a colectivos judíos de todo el mundo y tiene un posicionamiento más bien conservador, mientras que la segunda surgió como agrupación sindical, lleva una hoz y un martillo estilizados en su emblema, y aún hoy se asocia a la muy decaída izquierda de ese país. Un tercer grupo, Beitar, también tiene carácter derechista, pero es menos poderoso.

Por suerte, y con alguna excepción puntual, en nuestra sociedad los clubes se limitan a lo suyo: el deporte. En España a lo máximo que hemos llegado es a que el Barcelona lance algún que otro mensaje más o menos interpretable sobre el independentismo, o a que algunos dirigentes sin escrúpulos (Gil en el Atlético, Ruiz Mateos en el Rayo) usen sus entidades para promocionar sus propias aspiraciones electorales, o como mucho a que el mandatario de turno compagine el puesto con otros cargos, como hizo Augusto César Lendoiro, a la vez presidente del Deportivo de La Coruña, de la Diputación provincial y concejal en el ayuntamiento local por el PP. Más allá de eso, aquí tenemos más o menos claro que, al menos en lo puramente institucional, mezclar deporte y política no es lo más adecuado. Y que dure, por favor.

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