El pasado turbio de Carlos Aranda, uno de los supuestos cabecillas detenidos por amaños

Luis Tejo
Osasuna's Carlos Reina Aranda, right, is congratulated by teammate Juanfran Torres after scoring a goal against Valencia during their La Liga soccer match at the Mestalla stadium in Valencia, Spain, on Monday Dec. 13, 2010. (AP Photo/Alberto Saiz)
Aranda (derecha) celebra con Juanfran un gol para Osasuna en 2010. Foto: AP Photo/Alberto Saiz.

Oikos es la nueva palabra de moda en el fútbol español. El término, que en griego antiguo aludía al concepto de “casa” como forma de organizar la sociedad en comunidades familiares (y que, actualmente, el público quizás asocie más a una marca de yogures), se está vinculando últimamente a la corrupción en el balompié. Porque la Policía, siempre tan ocurrente, le ha dado este nombre a la operación con la que pretende desmontar una trama de amaño de partidos en Primera, Segunda y Tercera División, aprovechando la excusa de que el supuesto líder de la red, Raúl Bravo, jugó durante un tiempo en equipos como Olympiacos, Veria o Aris de Salónica.

Por haber sido también integrante del primer equipo del Real Madrid y hasta haber ido a la Eurocopa de 2004 con España, Bravo se está llevando buena parte del protagonismo y está eclipsando a otros implicados con trayectorias notables. Por ejemplo, entre los detenidos está Carlos Aranda, antiguo futbolista profesional retirado en 2015. Su trayectoria daría para una enciclopedia; en este artículo intentaremos resumirla.

Carlos Reina Aranda, que es su nombre completo, nació en Málaga en 1980 y se crió en el barrio de El Palo, que tiene fama de ser uno de los más conflictivos de la capital de la Costa del Sol. De niño tuvo que afrontar el abandono del padre y la muerte de la madre por problemas de drogas; se quedó al cuidado de sus abuelos y comenzó a jugar en el club local, donde despuntó como delantero hasta que el Real Madrid se fijó en él y le incorporó a su cantera, dirigida en aquellos tiempos por Vicente del Bosque.

Quizás fuera en su etapa blanca donde se gestara lo que más tarde se convertiría en una organización criminal que manipulaba partidos de fútbol para obtener beneficios en las apuestas, porque varios de los implicados (incluido el propio Raúl Bravo y Borja Fernández) coincidieron en las categorías inferiores madridistas. Aranda, de hecho, llegó a prosperar, a convertirse en el típico atacante ‘tanque’ grande (1,85) y corpulento, y a jugar un par de partidos con el primer equipo, aunque en la Champions League: la Liga no le llegó a ver de blanco.

Se marchó cedido al Numancia, en Segunda, donde no lo hizo mal. Captó la atención del Villarreal, que en aquellos tiempos todavía trataba de consolidarse en Primera; con los amarillos logró, por fin, debutar en la máxima categoría. Aunque por poco tiempo, puesto que enseguida volvió a préstamo a Soria, y luego al Albacete. Le fichó el Sevilla, donde no tuvo la confianza de los entrenadores y quedó relegado a un segundo plano tras Saviola y Kanouté. Y así, fue pasando de equipo en equipo durante años. Real Murcia, Granada 74, Osasuna, Levante, Zaragoza, Granada CF, Las Palmas y un par de regresos al Numancia completan su currículum antes de volver a su barrio, a El Palo, a retirarse en 2016.

Semejante cantidad de mudanzas le permitió batir un récord de lo más curioso: es el hombre que ha jugado en más equipos distintos de Primera División, un total de ocho. Extrañamente, nunca defendió la camiseta blanquiazul del Málaga, el club más importante de su ciudad (con cuya afición no se lleva demasiado bien: alguna vez se ha definido como “malagueño pero no malaguista”). Tanto movimiento da una idea de su carácter, que le vio implicarse en alguna que otra polémica extradeportiva.

De Sevilla, por ejemplo, no salió de buenas maneras. Los hispalenses llegaron a apartarle del equipo acusándole de indisciplina y de excederse en sus escapadas nocturnas, a lo que el jugador replicó quejándose de que el club no buscaba más que dañar su imagen y manifestando su deseo de largarse. Años más tarde, el Zaragoza también se deshizo de él por “incumplimiento de contrato”, al aprovechar el fallecimiento de su abuela para ausentarse de la convocatoria... y acercarse a Granada, por quienes tenía intención de fichar.

Aranda también había tenido abundantes problemas fuera del deporte. Su perdición es la noche: alguna que otra vez ha sido detenido por participar en reyertas callejeras. Le ocurrió en su época en Albacete, en 2004, y más tarde, en 2015, en su Málaga natal, en una pelea en la que hubo hasta botellazos y tres heridos, tras la que le tocó pasar una noche en los calabozos de una comisaría.

Antes de la Oikos, su nombre apareció en otra operación policial sonada: la Chavo. En 2007, cuando jugaba en el Granada 74 de Segunda División, se le apresó acusado de formar parte de una red que había diseñado un “complejo entramado de sociedades en paraísos fiscales” vinculadas al sector de la parafarmacia con el objetivo de cometer blanqueo de capitales procedentes del tráfico de drogas. Las autoridades intervinieron un millón y medio de euros en cuentas corrientes y productos financieros, y hasta 19 inmuebles por valor de “decenas de millones”. No obstante, en una decisión judicial muy controvertida, todos los implicados fueron puestos en libertad tras el pago de fianzas de escasa cuantía.

La operación Chavo, a su vez, deriva de otra anterior, la Ocho, en la que se detuvo a otros tantos integrantes de un clan familiar en El Palo y se incautaron más de 40 kilos de cocaína, además de armas y abundante dinero en efectivo. El clan en cuestión, casualidad, es el de los Aranda, y coincide con que la familia del futbolista tiene mucho arraigo en el barrio. De hecho, el cabecilla de la banda no era otro que su tío Salvador. Según la investigación, la implicación del futbolista no iba más allá de poner su nombre en contratos falsos para que pareciera que había sido él quien había comprado una finca en la localidad de Rincón de la Victoria, cuando en realidad el dinero procedía de las actividades ilícitas de Salvador. No es poca cosa, pero insuficiente para encarcelarle.

Un entorno familiar complicado, una infancia dura, un carácter fuerte y mucho, muchísimo dinero son los ingredientes que pueden explicar que un hombre que ha llegado a la élite, que tenía la vida resuelta, se haya metido en un lío semejante. Por supuesto, explicar no significa justificar. Ahora es trabajo de jueces e investigadores determinar hasta qué punto tiene responsabilidad en los amaños recién descubiertos y cómo debe pagar por ellos.

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