El postporno llega a la discapacidad

María Llopis, autora del libro ‘El postporno era esto’ (Melusina, 2010), responde de forma concisa a la definición de un término sobre el que ella misma teorizó: “El porno es cultura ‘mainstream’. El postporno es política radical reivindicativa”. Yla Ronson, cineasta presentó en a principios de 2019 ‘Pornodehesario’, lo cataloga de “lenguaje artístico-simbólico de transformación político-sexual”. Gracias a él, aduce, se impulsan “nuevos imaginarios porno y corporalidades subversivas” y se refuerzan “otras formas de placer no binario, creando nuevas visualidades autogestionadas y ‘underground”.

Dentro de estas coordenadas se podría enmarcar la asistencia sexual a personas con discapacidad. O, mejor dicho, la exhibición de ella. Un paso al frente contra ese mutismo ancestral que empieza a tener voz gracias a las obras mencionadas o a documentales como ‘Yes, we fuck’, del realizador Raúl de la Morena y el activista Antonio Centeno. Este proyecto se inició hace años casi sin pretensiones, según cuentan estos dos amigos de Barcelona. “El objetivo era convertir un tabú en un acto político”, sostienen después de que tal rodaje les haya llevado por certámenes europeos o latinoamericanos.

Logo del documental “Yes, we fuck”, del realizador Raúl de la Morena y el activista Antonio Centeno
Logo del documental “Yes, we fuck”, del realizador Raúl de la Morena y el activista Antonio Centeno
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Ni siquiera lo planteaban en términos pornográficos. Simplemente como el destape de una pulsión inherente al ser humano. De la Morena y Centeno comenzaron hace años a indagar sobre este aspecto social “reprimido, silenciado” y vieron que la gente con diversidad funcional “sólo aparecía en historias de superación, no en el ámbito político”. “Daba la sensación de que la opinión la tenían los otros y ellos aprendían como chiquillos o alcanzaban un logro impensable en su situación”, dice De la Morena por teléfono. Ese “ellos”, matizan, se refiere a todo un colectivo de personas con discapacidad mental, física o con una identidad homosexual o transgénero.       

Esta mirada frontal a una intimidad “fuera de lo que el sistema denomina normalidad” les guió por una senda que todavía recorren con cautela. “La sexualidad, tomada desde todos los puntos de vista posibles, nos da la oportunidad de abrirnos a una realidad mucho más rica”, afirma De la Morena. “Nos ha sorprendido ver que no hay un solo caso y que se puede tratar de manera natural”, sopesa quien ya había tenido una aproximación al asunto en ‘Editar una vida’, un testimonio de 2005 sobre cómo variaba la concepción existencial de una persona con diversidad funcional según viviera en una residencia o en un piso tutelado. Lo grabó justo con la entrada en vigor de la Ley de la Dependencia promulgada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. 

La idea ya les rondaba por el verano de 2012. Fue precisamente el año de ‘Las sesiones’, una película de Ben Lewin con Helen Hunt en el papel de asistente sexual de un tetrapléjico que tuvo gran eco comercial. Lejos de pisarles el proyecto, les sirvió de inspiración. También les empujó ‘Fake orgasm’ -producción española dirigida por Jo Sol en 2010 sobre el ‘performer’ Lazlo Pearlman- o las distintas actividades alternativas sobre nuevas sexualidades como Pornoterrorismo, Muestra Marrana o Eyaculación de Coños.

“Al principio no había relación directa, pero después se ha creado una hermandad”, explica Centeno. “Nosotros también queríamos tratar la sexualidad y la diversidad sexual de la forma más explícita posible. No caer en la pedagogía sino ponerlo a la vista”, resume. Esta “grabación/declaración”, añade, subvierte la idea de género y enfrenta al espectador a esas corporeidades que siempre han sido expulsadas por el sistema. 

Basta comprobar su éxito con las alabanzas de María Llopis: “Es una fiesta del porno lésbico, trans y tullido. La peña de ‘Yes, we fuck’ está haciendo un trabajo brutal. ¡Todos mis respetos!”. O visitar su página, que funciona como aperitivo del largometraje. Allí aparecen pequeñas piezas con confesiones de personas ciegas, con síndrome de Down o parálisis cerebral que narran cómo viven el sexo. También hay voces expertas de psicólogos, ecos de Beatriz Preciado o la experiencia de Montse Neira, ‘scort’ y autora del libro ‘Una mala mujer. La prostitución al descubierto’, que realiza este tipo de asistencias sexuales. 

Todo despejado de artificios y con una meta clara: abordar la diversidad como una cuestión política y social. “Parecía que el factor biológico era lo que te convertía en dependiente. Y que no hay un deseo de independencia, de libertad. Eso es lo que significa el sexo: placer, libertad”, remarca Centeno. “La mayoría de discursos pintan una supuesta normalidad en torno al género y a las capacidades físicas y mentales. Y nosotros queríamos hablar de la diversidad no como patología”, concede. 

“Queríamos exponer cómo un cambio corporal reformula la identidad física del sujeto. Te posiciona en un lugar como cuerpo no válido: como cuerpo excluido del sistema capitalista porque no es productivo; del sistema patriarcal porque no es un cuerpo deseable, no es un cuerpo reproductivo; del sistema capacitista porque no es un cuerpo capaz… Y te posiciona en un lugar alejado de las categorías de género hegemónicas, con lo cual cambia tu autoconcepto corporal”, razona de forma más académica la antropóloga Andrea García-Santemases, una de las involucradas en el documental.

Han aprendido en todo el proceso a crear un espacio común que se alimenta a diario de historias sobre “cuerpos disidentes”. “Se ha convertido en una plataforma de intercambio y participación”, apuntan. Los directores recaudaron 12.000 euros en una campaña de micromecenazgo y decidieron dividir el relato en seis historias entre las que están un taller de postporno o la experiencia de un transexual que pasa de ser asistente personal a asistente sexual de Soledad Arnau, investigadora de filosofía moral en la UNED y directora del proyecto piloto de Vida Independiente en Madrid. 

 “No fue fácil”, reconocen ahora los creadores. “Primero, por las reticencias que tenemos a mostrar nuestros cuerpos; segundo, por la estigmatización de estas personas y de las trabajadoras sexuales”, enumeran. Les apoya Mary Fer Montoya: “Sigue siendo un tema muy difícil”. Esta chica mexicana, aquejada de atrofia muscular espinal tipo 2, coincide en que “aún está mal visto por el qué dirán, por los miedos, por los prejuicios”. Asegura que ella no ha recurrido a estos servicios -“soy más de tener un lazo afectivo”, confiesa- a pesar de que su falta de movilidad en las extremidades no indica falta de sensibilidad.

Otro punto de vista es el de las asistentes. “Es un trabajo sexual y muchas no lo consideran como tal, porque pesa mucho el estigma y prefieren considerarse distintas al resto”, comenta Eva Mica, trabajadora sexual de 30 años. “La asistencia sexual parece más digerible socialmente que el resto de la prostitución, y parece más fácil de legitimar porque estás atendiendo a colectivos que diariamente son vulnerados en sus derechos”, arguye.

Imposible obviar que se trata de una relación comercial y, por tanto, no puede considerarse “un acto de altruismo ni una forma de activismo” cuando “estás pactando una compensación económica por tus servicios”. “Estás ofreciendo sexo a cambio de dinero, y hay que ser muy claros con esto”, matiza, “de lo contrario, estamos reforzando el estigma asociado al trabajo sexual, y el relacionado con la discapacidad, ofreciendo servicios ‘especiales’ desde una lógica que es, en sí misma, generadora de exclusión social”.

“El sexo, en este contexto, hay que entenderlo en un sentido amplio, y no se puede limitar a la relación coital. Es cierto que requiere especialización y que no todas las trabajadoras sexuales atienden a todo tipo de usuarios, pero la especialización está presente en todos los ámbitos del trabajo sexual, que engloba muchos”, defiende Eva Mica. Poco a poco, estos diferentes aspectos se van conociendo. Como el de la discapacidad, donde el postporno ha avivado el debate.

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