El reto de enterrar a los muertos: ¿Qué pasa con los rituales fúnebres en una pandemia?

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Trabajadores funerarios usaban equipos de protección para trasladar los féretros en el Cementerio Monumental de Bérgamo, en Lombardía, Italia, el 16 de marzo de 2020. El ejército ahora lleva los cuerpos en camiones militares hacia otros cementerios cercanos luego de que el de Bérgamo copara su capacidad (Foto Piero Cruciatti / AFP) (Photo by PIERO CRUCIATTI/AFP via Getty Images)
Trabajadores funerarios usaban equipos de protección para trasladar los féretros en el Cementerio Monumental de Bérgamo, en Lombardía, Italia, el 16 de marzo de 2020. El ejército ahora lleva los cuerpos en camiones militares hacia otros cementerios cercanos luego de que el de Bérgamo copara su capacidad (Foto Piero Cruciatti / AFP) (Photo by PIERO CRUCIATTI/AFP via Getty Images)


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Las pandemias han alterado los rituales funerarios a través de los siglos y el COVID-19 no es una excepción.

Los habitantes de Bérgamo, en la norteña región de Lombardía, miraban asombrados cómo una fila de camiones militares sacaban de la ciudad los féretros de las víctimas del coronavirus. El cementerio local se quedó sin plazas y las autoridades ordenaron incinerar los restos en otros municipios de Italia.

Los cantos colectivos en los balcones para darse ánimo se han transformado en un luto colectivo ante la magnitud de una enfermedad que cobra 55 muertes diarias en esa ciudad de 120 mil habitantes. Italia lamentaba el jueves el deceso de 475 personas en 24 horas para llegar a los 3000.

El mismo desconcierto albergaba a los familiares de los 169 españoles que murieron por COVID-19 el 17 de marzo y los 767 desde el inicio de la crisis

Algunos familiares han denunciado que no les han permitido realizar el velatorio y los cuerpos han sido incinerados en contra de sus creencias católicas que exige la inhumación de los cuerpos.

La prioridad de las funerarias españolas es preservar a la familia, al personal e impedir la generación de nuevos focos de contagio. Los velatorios se realizan con los féretros cerrados, una modalidad poco común en una sociedad que acostumbra a abrazar y besar a sus muertos.

Otra costumbre que ha sido suspendida es la música en vivo que incluyen los paquetes de seguros funerarios luego de que un concurrido sepelio realizado en Vitoria, capital del País Vasco, fue el lugar de contagio de varios casos positivos al comienzo de la epidemia del COVID-19 en España.

Aunque se han extremado las medidas sanitarias en los velatorios, nada en las normativas extraordinarias de la pandemia indica que los españoles no pueden dar un último adiós a sus muertos.

Según el procedimiento para el manejo de cadáveres de casos de COVID-19, publicado el 13 de marzo, "antes de proceder al traslado del cadáver, debe permitirse el acceso de los familiares y amigos, restringiéndolo a los más próximos y cercanos, para una despedida sin establecer contacto físico con el cadáver ni con las superficies u otros enseres de su entorno o cualquier otro material que pudiera estar contaminado".

Nada de flores ni trajes negros. Las personas que entren a ver a un fallecido deben tomar las mismas precauciones de transmisión por contactos y gotas que con los contagiados vivos y usar "una bata desechable, unos guantes y una mascarilla quirúrgica".

La normativa permite elegir entre la incineración o el entierro de los restos.

Y hasta los británicos, que se mostraron relajados y flemáticos hace unos días, están construyendo una edificación temporal para almacenar 112 cuerpos, junto a la Morgue de Westminster, en Londres. Su intención es mantener “la dignidad y seguridad” de los habitantes en estos tiempos difíciles

La plaga de Londres

Las medidas extraordinarias para reguardar a la población sana durante una pandemia no son recientes sino que datan de la Edad Media.

Con la llegada de la llamada "Plaga Negra" en 1348, Londres comenzó a cambiar el hábito de enterrar a los muertos juntos a las iglesias, que también eran el centro de la vida comercial y social de las comunidades, explicó la publicación Vice.

Aunque la plaga no se contagiaba por el contacto directo con cadáveres, las pulgas y los piojos que se acumulaban en los cuerpos eran una fuente de transmisión de la enfermedad.

La epidemia de 18 meses exterminó entre un tercio y la mitad de la población de Londres.

Los cementerios tradicionales fueron insuficientes para enterrar a las decenas de miles de cadáveres y fue necesario delimitar terrenos baldíos para sepultar a los muertos.

La Plaga Negra puso fin a la costumbre ubicar los cementerios junto a los mercados y los lugares de culto religioso.

La pandemia olvidada

La Gran Gripe, también llamada la Gripe Española, mató entre 30 y 50 millones de habitantes, o una quinta parte de la población mundial en 1918.

El impacto de la gran gripe fue tan devastador que los historiadores aseguran que mató a más gente que la Primera Guerra Mundial, aunque los investigadores han señalado que los ibéricos poco tuvieron que ver con la propagación del mortal virus.

Al cruzar el Atlántico, la gripe golpeó a la población estadounidense con fuerza y le costó la vida a unas 675.000 personas.

Las ciudades rápidamente excedieron su capacidad de enterrar las víctimas de la enfermedad. Las autoridades se vieron forzadas a decretar medidas que emergencia sanitaria que incluían entierros en fosas comunes que desmoralizaron a una población que deseaba entierros más dignos para sus seres queridos.

Pero los estadounidenses no recuerdan ese episodio en su memoria colectiva.

Alfred Crosby, en su libro la Pandemia Olvidada de Estados Unidos, explicaron que la naturaleza de la enfermedad y las características epidemiológicas incitaron a su olvido en las comunidades afectadas. "La enfermedad se propagó muy rápido, llegó, floreció y se fue antes de que mucha gente tuviera el tiempo de comprender la magnitud del peligro que vivieron".

Miedo al Ebola

En marzo de 2014, Guinea fue el centro de una de las epidemias más aterradoras de los últimos años por su elevada mortalidad, al comparar los 11.300 muertos con los 28.000 infectados.

El problema de los países africanos sacudidos por esa epidemia no era dónde enterrar a los muertos sino cómo diseñar un mecanismo que incluyera las recomendaciones del personal sanitario y las costumbres funerarias africanas.

El ebola no se transmite con tanta facilidad como el COVID-19 sino que es necesario el contacto humano directo. Y eso incluye las despedidas a sus muertos. Los africanos honraban a sus muertos lavándolos, tocándolos y acariciándolos y eso aumentaba sus oportunidades de transmisión.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) cree que al menos 20 por ciento de los contagios ocurrió durante entierros de pacientes con ebola. Y hasta determinó que el primer paciente de este brote transmitió el virus a sus amigos durante su funeral en Guinea.

Luego de una fuerte resistencia de los habitantes, la OMS puso en práctica protocolos seguros y los entierros son realizados por personal funerario capacitado mientras respetan los sentimientos de los deudos.

 

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