El Viso, un día en el barrio más rico de España

El Viso amanece perezoso. Se intuye el canto de los pájaros. El rugido del nuevo día es un suave ronroneo. Empieza el reguero (ordenado) de coches. Y solo en algunas esquinas se concentran grupos de niños en uniforme. Acuden andando, puntuales, a los colegios de la zona. Imágenes que no llamarían la atención si habláramos de una urbanización nueva de extrarradio. O de un condominio de lujo. Pero estamos en pleno centro de Madrid, a unos metros del Paseo de la Castellana o Avenida de América, donde se amontonan los pitidos y las prisas a la salida del metro.

Sus aceras respiran sosiego. Se observan estampas de teleserie yanqui: jardineros recortando las enredaderas, mujeres con cofia paseando perros, taxis esperando frente a puertas blindadas. Quizás sea esta exclusividad, esta calidad de oasis en medio de la jungla, lo que hace que El Viso se alce como el barrio con mayor renta per cápita de España. Según la estadística sobre riqueza y calidad de vida del Instituto Nacional de Estadística publicada recientemente, cada habitante toca a 42.819 euros anuales de media. Le siguen sus vecinos de Recoletos (40.681 euros) o Castellana (35.816). Ya se sabe: los ricos se juntan. Todos superan casi en 10 veces al último de la lista, con 4.897 euros de renta media anual: el Polígono Sur, en Sevilla.

En medio de un enjambre de edificios empresariales o de pisos funcionales, se asienta El Viso donde afloran los dúplex o los chalets con piscina / Foto: Alberto G. Palomo
En medio de un enjambre de edificios empresariales o de pisos funcionales, se asienta El Viso donde afloran los dúplex o los chalets con piscina / Foto: Alberto G. Palomo
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¿Cómo se describe esta brecha social? Podríamos empezar por los coches. La alta gama prima en las aceras. Algunos tintados. Y con poco trasiego: en contra de las aglomeraciones cercanas, en El Viso es fácil aparcar. Las líneas verdes de residentes brillan con el sol y los parquímetros desconocen las colas. Para el grueso de las personas que empeñan su rutina en este espacio, la movilidad se divide en dos opciones: transporte público para los trabajadores, garaje privado o taxi para los propietarios. También sorprenden las casas: en medio de un enjambre de edificios empresariales o de pisos funcionales, afloran los dúplex o los chalets con piscina. Apenas se ven carteles de venta o de alquiler e inmobiliarias, tan descriptivas de la época actual: los traspasos aquí no se suelen dar en franquicias. El metro cuadrado roza los 6.000 euros, según la web Idealista, aunque puede llegar a los 15.000.

Y eso que depende de la zona: perteneciente al distrito de Chamartín y con unos 17.000 metros cuadrados de extensión, El Viso abarca un rectángulo cuyo perímetro comprende desde la calle Concha Espina al norte hasta María de Molina al sur y Príncipe de Vergara o el citado Paseo de la Castellana en los laterales. Su población oscila alrededor de las 17.000 personas y el paradigma del barrio, su núcleo duro, se encuentra a pocos metros de la fuente de los delfines de la plaza República Argentina. En este pequeño espacio de adosados -construido originalmente entre 1933 y 1936 para la clase obrera- es difícil cruzarse a pie a algún inquilino. El único movimiento lo generan las profesoras de los centros de educación infantil y primaria o los funcionarios del centro de salud o de la Delegación de Área Territorial (DAT) de Educación. Van de un lado a otro, esperan al autobús o apuran la sobremesa en una terraza con un café o una caña.

“Se está muy tranquilo. Está en el centro, pero no lo parece. Hay familias y mucha gente mayor que vive de toda la vida. En general, poco ajetreo”, dice Elena, de 48 años, mientras descarga con su hija bultos del maletero. Prefiere no dar más datos. Entre los vecinos prima el anonimato. Como el que busca la modelo Mar Flores, que responde amablemente en la puerta de una vivienda. “Estoy intermitente, así que no sirvo de mucho. Pero lo mejor es la tranquilidad”, coincide. “Es como si no estuvieras en Madrid”, destaca Enrique, un funcionario de un pueblo de la periferia que se vino a vivir aquí para poder ir andando a su oficina. “La gente es de otro nivel adquisitivo. Hay mucho empresario, mucho con profesiones liberales. Los pisos son de poca altura y no hay casi comercios, solo algún que otro restaurante”, indica después de cinco años en un piso cercano.

La ausencia de comercios es palpable en El Viso y es difícil cruzarse a pie a algún inquilino / Foto: Alberto G. Palomo
La ausencia de comercios es palpable en El Viso y es difícil cruzarse a pie a algún inquilino / Foto: Alberto G. Palomo

La ausencia de comercios es palpable. Destacan colegios como el Estilo, el Santa María del Valle o La Salle Maravillas, las embajadas de Malí, Marruecos o Kenia y alguna academia de idiomas. “Mis clientes son la gente de paso, no los residentes: ellos no vienen porque esto es modesto, no de lujo”, dice la dueña de una tienda de alimentación. Su local es una rareza. “Lo montamos hace ocho años y sentimos rechazo o desprecio. Parece que tienes que estar a sus órdenes. Cuando pasan y hay alguien, no esperan”, añade. Ella se traslada todos los días con su marido desde un pueblo de Guadalajara. Y aguanta unos gastos aproximados de 5.000 euros al mes gracias a “chóferes, sirvientas y funcionarios” que pasan a comprar un tentempié. “El resto te mira por encima del hombro. Y como cuidan su alimentación, no toman ni pasteles”, zanja.

“Es gente de nivel. Se nota muchísimo”, comenta Sonia, de 44 años, mientras tira de dos niñas con uniforme. “No hay mezcla”, dice otra cuidadora que viene de Barrio del Pilar, al norte, “y solo se ve a mujeres llevando a los niños (generalmente filipinas) y locales muy bien decorados”. Acompaña tres horas y media a los hijos de una pareja que tiene además a una interna. “Cuando te mueves, hay diferencia con otras zonas más ‘cutrillas”, apunta Borja Núñez, estudiante de 19 años. Va con Lidia García, de 22 años y nacida en Soria. Ambos están aquí por la residencia militar en la que viven. “El trato, la ropa y las tiendas son un distintivo”, anotan. “Si no fuera por el precio de las cosas”, afirman, “nos encantaría vivir aquí”.

Como hace “de toda la vida” la pareja formada por Enrique, de 65 años, y Cecilia, de 62. “Somos gente normal”, sintetizan antes de despedirse bruscamente. “La mayoría vive como en un pueblo. Y son muy uniformes. Son más protocolarios, menos castizos y graciosos que en otros sitios”, cuenta un señor de la zona que lleva viniendo año y medio como empleado. “La diferencia de estatus es la clave. Por la mañana hay mucha trabajadora del hogar y mucho jardinero”, explica Cristina García, educadora infantil de 23 años. “Nada más bajarte aquí sabes que hay dinero. Por ejemplo: no se ve inmigración sudamericana o africana. Si acaso, europeos que trabajan en bancos o empresas”, reflexiona. Es el caso de Carol, una francesa de 38 años que eligió el sitio por la proximidad a su despacho. “Es muy residencial y está limpio. Eso nos gustaba a mi marido y a mí”, responde rápidamente, sin especificar ni la profesión ni lo que paga por el alquiler.

En este barrio la diferencia de estatus es la clave. Por la mañana hay mucha trabajadora del hogar y mucho jardinero / Foto: Alberto G. Palomo
En este barrio la diferencia de estatus es la clave. Por la mañana hay mucha trabajadora del hogar y mucho jardinero / Foto: Alberto G. Palomo

La mayoría busca un anonimato que solo se rompe con la compra en alguna firma de la llamada Milla de Oro o con la visita personal a El Corte Inglés. Es extraño ver charlas de banco en las zonas verdes o las conversaciones superficiales de un supermercado al uso. Félix, un portero de 63 años encargado de cuidar cuatro viviendas, poda una enredadera subido a una escalera. Viene por días desde Carabanchel, su barrio, y no tiene mucho conocimiento de la gente que le paga. “Para el de fuera es igual que cualquier otro lado”, responde. “Me gusta que no haya tráfico”, argumenta A., de 32 años, que no quiere decir su nombre completo. Este joven se desenvuelve con amigos del mismo barrio desde la infancia. No encuentra diferencia con otros distritos, aparte de que El Viso es un fortín del Partido Popular: en las últimas elecciones dominó con más del 50% de los votos. Y en 2015 fue elegido por hasta el 82% del censo. Integrante de “medios de comunicación”, A. valora el silencio como un tesoro de urbanita refinado: “Se oyen hasta los pájaros. Eso es impagable”.

Solo se les empaña esta calma los días de partido en el Santiago Bernabéu o de actos deportivos, como el maratón o la carrera de San Silvestre, que abarrotan las calles. Si no, la serenidad manda. Lo saben en la tienda Taste of America, dedicada a productos de Estados Unidos. S. L. P., dependienta de 26 años, atribuye la continuidad del negocio gracias a “la capacidad de gastarse de repente lo que en otros sitios sería un tercio del sueldo”. “Aquí el todo el día es igual, pero a lo mejor viene algún futbolista, presidente de un club o de alto standing que vive cerca y compra mucho”, explica sin querer dar ningún nombre, ni siquiera el suyo. Ella, que vive en el barrio de Salamanca, también acaudalado, asegura que percibe el cambio.

Le falta bullicio. Tienes que irte a alguna de las calles principales para que haya algo más que colegios o chalets”, protesta después de cuatro años tras el mostrador. “Vamos, que esto es solo para los de aquí. En El Viso están los de El Viso. No hay nadie de fuera que venga a ver cosas o dar una vuelta”, concluye. Las guías se lo saltan, a pesar de ubicarse a unos minutos de los buses turísticos o las tiendas de ‘souvenirs’. Esta existencia al margen solo se consigue a costa de una renta inalcanzable en otro barrio español. En Madrid, los oasis se pagan.

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