Emery y el tóxico legado de Wenger

El, hasta ahora, entrenador del Arsenal, Unai Emery. EFE/MAXIM SHIPENKOV/Archivo
El, hasta ahora, entrenador del Arsenal, Unai Emery. EFE/MAXIM SHIPENKOV/Archivo

Londres, 29 nov (EFE).- Unai Emery, despedido este viernes como entrenador del Arsenal, ha sido víctima del legado de su antecesor, el francés Arsene Wenger.

La época reciente del Arsenal no ha sido precisamente de éxitos. En los últimos 12/13 años, los 'Gunners' se han llevado más sinsabores que otra cosa.

Para remontarse a su última liga, hay que echar la vista hasta la temporada 2003/2004, la de los famosos invencibles. Su última alegría europea, por así decirlo, si no se cuenta la final de la Liga Europa, fue la final de París en 2006 que el Arsenal cedió ante el Barcelona.

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Desde entonces, en Highbury, y más tarde en el Emirates, las expectativas eran altas y los resultados bajos. Solo las copas domésticas parecían sostener en el cargo a un Wenger que se mantuvo 22 años anclado en el sillón londinense.

Acostumbrado a ser la cuarta espada de la Premier, el Arsenal se deshizo del técnico galo hace dos temporadas, terminando un idilio que había acabado en relación tóxica y que amenazaba con enquistarse aún más.

En el norte de Londres se eligió a Emery para sucederle. Un técnico con experiencia europea y nuevas ideas, llamado a revitalizar la estructura.

Así llegó el español a Inglaterra. Sin un gran nivel de inglés al principio, Emery se esforzó por aprender y perfeccionar una lengua extranjera, pese a que los aficionados e incluso los medios de comunicación ingleses se mofaran de manera infantil de él y sus intentos por pronunciar la lengua de Shakespeare.

Emery trató de implantar un nuevo estilo en un club que aún languidecía de los problemas de Wenger. El Arsenal quería ganar a corto plazo, sin caer en la cuenta que no había equipo para ello.

Una gran delantera, formada por Alexandre-Lacazette y Pierre-Emerick Aubameyang contrastaba con el resto del equipo. Mucho jugador joven en el medio del campo apoyado por estrellas en el ocaso como Mesut Özil y jugadores intrascendentes como Granit Xhaka y una defensa incapaz de competir en la Premier.

El Arsenal estaba a años luz de Manchester City y Liverpool y estaba menos hecho que Tottenham Hotspur y Chelsea. De ahí que terminara quinto en su primera temporada con Emery al cargo.

No se dio por mala y la final de la Europa League fue la guinda que se cayó del pastel. Quizás esa final de Baku pudo proporcionar mucho más crédito a Emery, pero perderla fue el primer clavo en su ataúd.

Desde aquello no ha llegado nada bueno. El Arsenal perdió toda la paciencia que tenía durante la época de Wenger, y a Emery se le exigían resultados rápido y sin fallos, en una plantilla cuyo refuerzo defensivo en verano fue David Luiz.

Tras la peor racha de resultados en 27 años, con siete partidos seguidos sin ganar, el consejo directivo del Arsenal tomó la decisión de despedir a Emery.

El español también tiene su culpa de lo ocurrido y en muchas ocasiones pecó de temeroso a la hora de jugar con su tridente más potente, el formado por Aubameyang, Lacazette y el fichaje más caro de su historia, Nicolás Pepé, pero en líneas generales, a Emery se lo llevó por delante las ingentes cantidades de paciencia perdidas cuando Wenger cosechaba decepción tras decepción.

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