Encuentran un compuesto dopante en las espinacas

Luis Tejo
Woman's hands holding a plate with fresh spinach, top view. (Photo by: Anjelika Gretskaia/REDA&CO/Universal Images Group via Getty Images)
Un plato de espinacas. Foto: Anjelika Gretskaia/REDA&CO/Universal Images Group via Getty Images.

Muchas generaciones de niños en todo el mundo nos hemos criado teniendo como referente un personaje muy peculiar. “Popeye el marino” apareció por primera vez en 1929 como secundario en una tira cómica de un periódico neoyorquino, pero a los lectores les cayó en gracia este extraño navegante que conseguía una fuerza sobrehumana cuando se zampaba una lata de espinacas. Se convirtió en protagonista de la trama, se pasó a los dibujos animados y protagonizó horas y más horas de televisión y hasta de cine; noventa años después, su popularidad sigue vigente y forma parte del imaginario colectivo de buena parte de la población.

Los espectadores siempre sospechamos que había algo turbio en esas espinacas que comía y le transformaban repentinamente en una especie de superhombre. Lo innegable es que Popeye logró que el consumo de la verdura, muy sana pero de sabor no especialmente agradable para el paladar infantil, se multiplicara. No importó que la premisa en la que se basaba, que era el supuestamente muy alto contenido en hierro de estas hojas verdes, en realidad no fuera cierta, sino que procediera de un error en la transcripción de un informe científico que multiplicó por 10 los valores reales.

Hoy, sin embargo, hemos comprobado que algo de verdad había. La Universidad Libre de Berlín ha difundido un estudio en el que asegura que un extracto de espinacas contiene un compuesto que puede mejorar el rendimiento de los deportistas, lo que podría bastar para considerarlo dopaje. Se refiere en concreto a la ecdisterona, una hormona que la planta genera naturalmente para combatir las plagas de insectos. Esta molécula es un fitoesteroide, es decir, un esteroide generado naturalmente en una planta, lo que significa que puede modificar el rendimiento físico de los deportistas.

El producto se evaluó en un estudio de tipo doble ciego, en el que ni los participantes ni los investigadores saben si se está utilizando el producto real o un placebo hasta que ya se han obtenido los resultados, para evitar sesgos que pudieran alterar los resultados. Se hicieron las mediciones a partir del rendimiento de 46 personas que llevaban ya un año practicando entrenamientos con pesas, y a los que se pidió que siguieran ejercitándose durante diez semanas mientras a algunos se les suministraba el esteroide y a otros un sustitutivo inocuo. Y se comprobó que, en los que consumían el extracto, la ganancia de fuerza máxima al final del estudio había sido tres veces mayor.

A partir de estos datos, la autora de la investigación, Maria Parr, del Instituto de Farmacia de la universidad berlinesa, recomienda plantearse la inclusión la ecdisterona en la lista de sustancias que la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) debería prohibir. De hecho, es la propia AMA la que ha colaborado en la obtención de datos, ya que está preocupada por Para Parr los datos obtenidos son “suficientemente relevantes” como para ser tenidos en cuenta, sobre todo ante los “relativamente pocos” estudios efectuados al respecto hasta ahora. Reconoce, eso sí, que falta mucho por indagar; por ejemplo, se han visto los efectos en hombres, pero no se han determinado aún en mujeres.

En cualquier caso no hay que caer en el alarmismo y pensar que un plato de espinacas basta para marcar la diferencia. El propio estudio recalca que el producto evaluado es un extracto, y que para consumir la misma cantidad de ecdisterona y obtener las mismas mejoras físicas habría que llegar a comer cuatro kilos de hojas frescas al día. No se trata, por tanto, de regular la dieta, sino de evitar que los atletas ingieran suplementos con los que obtienen cantidades antinaturales.

Porque este descubrimiento, más allá de lo llamativo de los titulares, reabre el debate sobre dónde establecer los límites del dopaje, qué es lícito y qué no. En este caso, por ejemplo, no hablamos de productos sintéticos creados específicamente para mejorar las prestaciones de los atletas, sino de aprovechar y potenciar las cualidades de algo que ya existe en la naturaleza. Al menos en cuanto al concepto, no parece haber mucha diferencia con respecto a los suplementos vitamínicos que se venden en cualquier farmacia y se toman con normalidad absoluta.

Para determinar precisamente en qué lugar se establece la línea entre lo legal y lo prohibido es para lo que surgió la AMA en 1999 por iniciativa del Comité Olímpico Internacional; diferentes organismos nacionales (la AEPSAD en España) se encargan de aplicar sus directrices en cada país. Hasta entonces, y en algunos casos todavía hoy, eran las distintasfederaciones las que determinaban qué sustancias se consideraban ilícitas. La lucha contra el dopaje es tan antigua como el deporte; de hecho hay historiadores que sostienen que en las Olimpiadas de la Grecia clásica o en las carreras de cuádrigas del imperio romano no era raro el consumo de “infusiones herbales” que incrementaban el rendimiento.

Y aun así, todavía no se ha conseguido acabar con esta lacra. Ni se conseguirá: mientras siga existiendo la competición, y más mientras haya dinero en juego, siempre habrá alguien con menos escrúpulos que los demás dispuesto a buscar esa ayuda extra para ganar. Lo que lleva a debates éticos sobre qué sanciones aplicar, o incluso, como plantean algunos, sobre si, dada la imposibilidad de acabar con él, si no sería más conveniente cortar por lo sano y dar barra libre para, al menos, acercarse a la igualdad de oportunidades. Deportistas, dirigentes y hasta filósofos llevan toda la vida enfrascados en discusiones al respecto que no parece que vayan a resolverse de un día para otro. De manera que, si te gusta, puedes comerte tranquilamente ese plato de espinacas sin cargos de conciencia.

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