Por qué España ha perdido el interés en su selección nacional

Luis Tejo
·10 min de lectura
Futbolistas de Grecia, equipo arbitral y España alineados para escuchar los himnos antes de empezar un partido, mientras les graba una cámara de televisión
Jugadores de la selección alineados escuchando el himno antes de jugar contra Grecia. Foto: Fran Santiago/Getty Images.

Circunstancias como la pandemia del coronavirus y la elección de una sede tan exótica como Catar, con temperaturas altísimas que impiden jugar en verano, han trastocado el calendario de la fase de clasificación para el próximo Mundial de fútbol. Sabiendo que se disputará en 2022, en condiciones normales a estas alturas ya tendría que estar casi finiquitado el proceso para determinar quién va y quién no, y sin embargo lo que estamos haciendo ahora es empezar. El parón de selecciones de marzo es testigo de los tres primeros partidos de cada grupo en la región europea.

España, por supuesto, participa con la intención de acceder al torneo una vez más; desde 1978, incluido, no se ha perdido ninguna edición. El equipo nacional, la Roja que bautizó Luis Aragonés, es el orgullo de un país de más de 47 millones de habitantes en el que el balompié no es solo afición, sino auténtica pasión. La hinchada sigue con fervor ardiente las andanzas de los jóvenes defensores de la patria que aspiran a alcanzar la gloria.

O quizás no. O más bien, ya no. Porque poco queda del inmenso tirón popular que alcanzó el combinado hace apenas una década y que llevó a tanta gente a seguir incondicionalmente a sus representantes en el césped. Basta repasar alguno de los últimos datos de audiencia de los partidos: según Vertele, el encuentro contra Georgia del pasado domingo lo vieron poco más de 2.100.000 personas, apenas un 18,4 % de los televidentes en ese momento, y eso que se emitía en abierto por TVE. La cifra está muy por debajo, por ejemplo, del programa especial de Telecinco sobre Rocío Carrasco, que superó holgadamente los tres millones e hizo un 27,4 % en su franja horaria. Los datos del enfrentamiento contra Grecia de tres días antes son mejores en números absolutos (3.123.000), probablemente debido a que se celebró en pleno prime time y no a media tarde, pero peores en cuanto a cuota de pantalla (18,1 %) y muy por detrás de espacios de otra temática como La isla de las tentaciones o Pasapalabra.

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¿Qué ha ocurrido? ¿A qué se debe que la selección ya no sea capaz de despertar el interés que sí que tenía antes? Más allá de la voluntad siempre volátil del público y de modas puntuales que resten protagonismo, es fácil constatar que hay desencanto con el combinado rojo. Y a esto contribuye una serie de factores.

El más obvio, por supuesto, es que el espectáculo no prometía ser demasiado atractivo. Por mucho que se trate de partidos oficiales, y con todos los respetos, ni Grecia ni Georgia ni Kosovo son rivales especialmente potentes que, de por sí, generen expectación. Influye también que estemos al principio de la fase de grupos, con muchas jornadas aún pendientes y bastante margen para corregir cualquier error, con lo que lo ocurrido tampoco es tan trascendente.

Ojalá eso bastara para justificarlo. Pero no: hay mucho más. La prueba es que partidos igual de irrelevantes hace unos años conseguían resultados mejores. Un vulgar España-Liechtenstein de 2016 pasaba sin problemas de tres millones y medio de espectadores y del 26 % de cuota de pantalla. En cifras similares se podía mover un encuentro contra Noruega de 2019. La explicación fácil es tentadora pero insuficiente.

¿Qué más hay? A primera vista detectamos otra razón muy clara: la bajada de nivel del equipo ibérico. Entre 2008 y 2012, a las órdenes primero del Sabio y luego de Vicente del Bosque, España era inigualable; lo confirman las dos Eurocopas consecutivas y el campeonato mundial logrado en Sudáfrica. Semejante éxito, como jamás se había visto y posiblemente jamás volveremos a ver, hizo subirse al carro de la Roja a muchos que quizás no eran seguidores habituales, a lo mejor incluso ni siquiera les gustaba el fútbol, pero como había triunfos que celebrar, se sumaban a la fiesta.

Futbolistas de la selección española lamentándose
Jugadores españoles lamentándose tras la eliminación contra Rusia en la tanda de penaltis del partido de octavos de final del Mundial de 2018. Foto: Juan Mabromata / AFP via Getty Images.

Desde 2013, sin embargo, España ha ido de derrota en derrota. Ese mismo año cayó con contundencia contra la anfitriona Brasil en la Confederaciones. Inmediatamente después, en el Mundial de 2014, hizo el ridículo con dos derrotas humillantes en la fase de grupos que mandaron a la defensora del título a casa mucho antes de tiempo. Las eliminaciones en octavos de final tanto en la Eurocopa de 2016 como en el Mundial de 2018 también pueden tildarse de fracasos. Y, aunque tenga menos relevancia, la actuación en la primera edición de la Liga de las Naciones de la UEFA a finales de ese mismo 2018 tampoco fue muy brillante. Así las cosas, todos los que se subieron al barco cuando el viento soplaba a favor no han tardado en bajarse al llegar la marejada.

No les podemos culpar. Porque además, ahora cuesta encontrar referentes en el equipo con los que identificarse. Figuras poderosas y carismáticas como Casillas, Iniesta, Xavi, Fernando Torres, que caían bien a (más o menos) todo el mundo independientemente del club al que apoyaran, han ido viviendo el declive propio de la edad y, finalmente, desapareciendo de las convocatorias. De la época gloriosa apenas queda Sergio Ramos, futbolista extraordinario pero que no despierta simpatía unánime ni siquiera en su Real Madrid (no digamos entre otros aficionados) y, hasta no hace demasiado, el extremadamente controvertido Gerard Piqué.

Sin ir más lejos, repasemos la última convocatoria. Con un puñado de excepciones, está repleta de jugadores jovencísimos, que no han tenido tiempo de convertirse aún en ídolos ni siquiera en sus propios equipos, siendo por tanto bastante difícil que generen ninguna pasión que trasladar al combinado nacional. Muchos, además, directamente militan en campeonatos extranjeros y son casi desconocidos para la afición local. En otros países es una fórmula habitual y normalizada, y desde el punto de vista puramente futbolístico probablemente tenga sentido... pero los seguidores españoles no están habituados en absoluto, y tampoco parece que les apasione.

Citábamos hace un par de párrafos a Piqué, y él mismo basta para desarrollar otro de los grandes motivos del desafecto: la crispación política. Ha querido la casualidad que el declive de la selección coincida con el auge del procés soberanista de Cataluña, que ha llevado a que un porcentaje notable de habitantes de esa comunidad autónoma (la misma que, fundamentalmente vía FC Barcelona, aportó muchos y muy importantes jugadores al plantel campeón de antaño) hoy se identifiquen como independentistas y no quieran ni oír hablar de nada que represente a España.

La reacción tampoco se ha quedado corta: un despliegue exaltadísimo de patriotismo, patrioterismo más bien, que han monopolizado casi en exclusiva las formaciones en el lado más conservador del espectro. Lo que, naturalmente, es visto con recelo por posiciones más progresistas. No entraremos aquí en debates sobre qué punto de vista es más acertado; lo que nos interesa ahora mismo es que la tensión se trasladó al fútbol sobre todo a través de la figura del número 3 culé, a quienes algunos ubican, con contundencia pero no necesariamente con razón, en el separatismo catalán. El defensa central, sin discusión uno de los mejores del mundo, ha llegado a recibir abucheos mientras jugaba en la Roja.

Tenemos, entonces, a buena parte de los catalanes que en los últimos años han desarrollado alergia a España. También a las facciones más derechistas que durante bastante tiempo, hasta la salida de Piqué (por voluntad propia) a mediados de 2018, mostraban hostilidad hacia el equipo. Y tenemos a los izquierdistas que han dejado de tener simpatía por los símbolos patrios, al considerar que sus enemigos políticos se los han apropiado. Es la mezcla perfecta para que, los unos por los otros, el apego a la Selección haya menguado.

Por si faltaba algún ingrediente, la gestión que ha hecho de todo esto la Real Federación Española de Fútbol es, en el mejor de los casos, muy mejorable. El último capítulo es la renovación de la imagen corporativa, sustituyendo el antiguo logo, inspirado en el trabajo de Joan Miró, por una pieza mucho más minimalista, y rediseñando también el escudo que se verá en las camisetas en el futuro cercano. Es una decisión de marketing que quizás tenga sentido desde el punto de vista comercial, pero que a la afición no ha hecho ni pizca de gracia, como suele ocurrir en casos como este en los que se cambian emblemas consolidados sin explicar la necesidad real de hacerlo.

Pero no pasa de ser una batallita anecdótica si la comparamos con otros episodios esperpénticos que hemos vivido en los últimos años, relacionados sobre todo con el inquilino del banquillo. Del Bosque se marchó en 2016 y en su lugar entró Julen Lopetegui, quien, pese a los recelos iniciales por su currículum escaso, hizo un buen trabajo durante la clasificación para el Mundial de 2018. Sin embargo, apenas unos días antes de comenzar el torneo y con la expedición ya en Rusia, el técnico vasco fue cesado porque se anunció que tenía firmado un compromiso con el Real Madrid para la siguiente temporada; el presidente federativo Luis Rubiales se sintió "traicionado". ¿Quién tiene razón? ¿De quién fue la culpa? Hay tantas opiniones como aficionados; lo cierto es que la sensación que se transmitió fue la de chapuza vergonzosa y, aunque el interino Fernando Hierro hizo lo que pudo, el rendimiento se resintió.

A la vuelta de Moscú asumió el cargo Luis Enrique, en otra decisión también bastante polémica dado el carácter marcadamente antimadridista de su personaje. Ganó ocho de sus primeros diez partidos, con lo que las críticas se calmaron, pero de pronto llegó la fatalidad: se vio obligado a dejar el puesto por motivos personales. Más tarde descubriríamos que se trataba de una tragedia tan terrible como la muerte de su hija debido a una enfermedad.

Rubiales, Luis Enrique y Molina sujetan una camiseta roja con el nombre de Luis Enrique
El presidente de la RFEF, Luis Rubiales (izquierda) y el director deportivo José Francisco Molina (derecha) flanquean a Luis Enrique durante la presentación de su segunda etapa como seleccionador, el 27 de noviembre de 2019. Foto: Gabriel Bouys/AFP via Getty Images.

El asunto se trató con la discreción necesaria, no hubo reproche alguno, y ascendió a la jefatura de la selección Robert Moreno, un desconocido que hasta entonces ejercía como su segundo. Él se encargó de terminar la fase de clasificación a la Eurocopa de 2020 (la que se ha aplazado a este verano), que solventó con facilidad. Pero inmediatamente después del último partido del grupo, que se saldó con una victoria de 5-0 sobre Rumanía en noviembre de 2019, se anunció que Luis Enrique iba a regresar con carácter inmediato, pese a que parecía que iba a ser el catalán quien dirigiera al equipo en la fase final. 

El cruce de versiones no deja claro si Moreno se enrocó en su posición de mantenerse a toda costa o si fueron los dirigentes de la Federación quienes le hicieron una jugarreta turbia para apartarle. El hecho es que Robert salió por la puerta de atrás y que, de nuevo, la imagen que dio la selección española fue la de guerra interna y de descontrol impropio de la élite internacional. En el fondo da igual quién sea el responsable: no hay reputación que aguante tantos episodios lamentables tan seguidos.

Sumando todo esto, se comprende que, en un país como España en el que la gente tradicionalmente ha sido más devota de su propio club que del conjunto nacional, la afición haya perdido el interés. ¿Lo recuperará? Visto lo visto, lo tiene muy difícil... salvo que se dé una circunstancia concreta: que Ramos alce la copa al cielo de Wembley el próximo 11 de julio y volvamos a tener excusa para fiestas como las de antaño (que además, si todo fuera bien y el ritmo de vacunación avanzara lo suficiente, más o menos podría coincidir con el fin de las restricciones de la pandemia). Pocos son los expertos que apostarían ahora mismo por que eso ocurriera, pero una de las cosas que hacen al fútbol tan popular es su carácter imprevisible.

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