Está amenazada de muerte por querer ser futbolista profesional

Luis Tejo
Macarena Sánchez, futbolista argentina, en su casa de Buenos Aires con la camiseta del UAI Urquiza, su último equipo. Foto: EFE.
Macarena Sánchez, futbolista argentina, en su casa de Buenos Aires con la camiseta del UAI Urquiza, su último equipo. Foto: EFE.

Se llama Macarena Sánchez. Tiene 27 años y nació en la ciudad de Santa Fe, en Argentina. Vive en Buenos Aires, donde estudia trabajo social, y le gusta mucho el fútbol. No solo verlo, como a la mayoría, sino también jugarlo como delantera. Lo hace muy bien, además: ha militado en alguno de los clubes más importantes de su país y ha participado en varias ediciones de la Copa Libertadores, con actuaciones destacadas.

Sin embargo, no puede decir que se dedica al fútbol. No porque ella no quiera, sino porque el balompié femenino en Argentina no tiene estatus profesional. De cara a la ley su deporte se considera amateur y en muchos clubes, incluso los que también tienen sección masculina y los chicos tienen salarios más que decentes, ellas malviven con sueldos de miseria o incluso sin ver un peso. En ocasiones, de hecho, tienen que pagar de su propio bolsillo el material deportivo necesario.

Sánchez ha dedicado los últimos tiempos a denunciar esta situación, que ella considera un desequilibrio injusto. “Aunque el fútbol sea el deporte más popular de Argentina, las mujeres no pueden jugarlo como profesionales. Los clubes y la Federación no nos reconocen como trabajadoras, no reconocen nuestros derechos. Nuestra sociedad sigue siendo retrógrada y machista”, dijo en declaraciones a la revista italiana LFootball, especializada en fútbol femenino.

Lamentablemente, sus protestas han tenido el resultado contrario al deseado, aunque era de esperar tal como está la situación. El último club en el que ha jugado, el UAI Urquiza, en el que llevaba desde 2012, ha decidido repentinamente prescindir de sus servicios y dejarla sin ficha. Al hacerlo a mitad de campeonato, además, le impide la posibilidad de fichar por otro equipo hasta por lo menos dentro de seis meses. Y esto no es lo peor: ha recibido mensajes muy intimidatorios, que incluso prometen acabar con su vida porque las denuncias han causado “muchas personas enojadas”.

Por supuesto, mensajes de este tipo sobrepasan lo tolerable y deben ser condenados sin reservas; hay que confiar en que las autoridades tomarán las medidas oportunas para perseguir estos comportamientos mafiosos y criminales. Ojalá, además, el fútbol femenino en Argentina, y en todo el mundo, mejore su situación, se reduzcan los desequilibrios y las jugadoras tengan la oportunidad de ganar salarios decentes.

¿”Merecen” ser profesionales?

Eso sí, hay que ser muy cuidadosos con el lenguaje. La palabra es “decentes” y no “justos”. Porque, desde el momento en el que hablamos de profesionalismo, de un espectáculo que el público decide ver o no según sus gustos y preferencias, no cabe hablar de más justicia que la que otorguen los propios espectadores con el dinero que decidan pagar o dejar de pagar en concepto de entradas, derechos de televisión, venta de productos relacionados o cualquier otra fórmula de rentabilidad que se acabe inventando.

Puede parecer triste, allá cada uno con su opinión, pero es evidente que el fútbol femenino, actualmente, no ha conseguido captar la misma atención que el equivalente masculino. Casos como el de San Mamés hace algunas semanas, donde se juntaron casi 50.000 personas para ver un partido de las mujeres del Athletic de Bilbao contra las del Atlético de Madrid, son extremadamente excepcionales; lo habitual, como se puede comprobar cada fin de semana, es que se juegue en campos de pequeño aforo que habitualmente ni siquiera se llenan aunque el precio de las localidades roce lo testimonial.

Habrá mil motivos para justificarlo, cada cual que elija el que más le guste. El más manoseado es la poca promoción mediática, aunque sea tan fácilmente desmontable como ver los datos de audiencia cuando sí que se retransmite en abierto algún partido. Lo que no procede es hablar de “merecer”. El deporte profesional es entretenimiento, es enganchar a la gente ante las pantallas, es tener poder de convocatoria para que estén dispuestos a desplazarse para presenciar la competición. Por supuesto, las mujeres tienen todo el derecho del mundo a jugar, faltaría más, pero los aficionados no tienen la obligación de verlas, sino la posibilidad. Si quieren.

En sus orígenes el fútbol no era más que un juego que se practicaba por puro amor al arte, independientemente del sexo de la persona que pateara la pelota. Desde el momento en el que empezó a meterse por medio el dinero, se abandonó este espíritu puramente lúdico y se asumieron como válidas las reglas del capitalismo. De ahí que, incluso en el fútbol masculino, unos equipos (los que “juegan mejor”, los que tienen jugadores más talentosos, los que logran que más gente se sienta identificada con ellos) capten más atención que otros y por tanto cobren más que otros, aunque los jugadores de unos y otros se esfuercen por igual.

¿Fútbol femenino profesional, en Argentina y en todas partes? Ojalá más pronto que tarde. Sería una excelente noticia. Pero porque se lo ganen, no por decreto. Porque ellas consigan generar afición suficiente para que el negocio sea rentable. La parte buena para ellas es que tienen un modelo excelente en el fútbol masculino para aprender a hacerlo, ya que ellos hace un siglo que lo consiguieron. La mala, que la competencia será difícil. Nadie quiere perder su parte del pastel.

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